Una noche, acostado junto a su esposa, Nasrudín advirtió que un ladrón se movía por el techo.
Entonces le dijo a ella:
—Anoche quise entrar en casa, recité esta oración y bajé por la chimenea sobre los rayos de la luna.
Y recitó una oración que el ladrón pudo oír desde arriba. Al poco rato el hombre repitió esas palabras e intentó bajar por la chimenea, apoyándose en los rayos de luna. Cayó de cabeza.
Nasrudín, que seguía despierto, se levantó enseguida y lo sujetó del cuello de la ropa.
—¡Rápido! ¡Enciende una vela! ¡Atrapé a un ladrón! —le gritó a su esposa.
—No se apure, Nasrudín —respondió el ladrón con humor—. La fuerza de esa oración fue demasiado para mí. Por eso me caí aquí abajo.


