Nasrudín fue otro día a visitar al bey, que lo llevó de cacería. Le dio un caballo que apenas servía para andar.
Durante la caza empezó a llover. Todos pudieron alejarse con sus caballos, menos Nasrudín: el suyo casi no se movía. Entonces se desnudó, juntó la ropa y se sentó encima.
Cuando paró la lluvia, se levantó, se vistió y fue a reunirse con el bey.
—¡Qué raro que no te hayas mojado! —le dijo este.
—Es que me tocó un caballo tan veloz que salió volando conmigo. Así escapé de la lluvia.
El bey le creyó todo.
Otro día salieron de nuevo a cazar. Esta vez el bey montó aquel caballo y Nasrudín recibió otro. Quiso Dios que volviera a llover. Todos escaparon lo más rápido que pudieron; el bey quedó atrás y al fin llegó a su casa avanzando despacio, como una grulla.
Estaba furioso. Al día siguiente le dijo a Nasrudín:
—¿Te parece bien haberme mentido así, y hacer que terminara empapado por la lluvia que mandó Dios?
—¿Por qué te enojas conmigo? —respondió Nasrudín—. ¿Por qué no tuviste el buen sentido de sacarte la ropa y sentarte encima, como hice yo? Cuando dejaba de llover, te vestías y venías.


