José y su esposa contemplan un collar de perlas junto a un gran rodaballo sobre la mesa.

Tradición literaria judía · Gerald Friedlander · edición estadounidense de 1920 · Relato tradicional

José, el que amaba el Shabat

Relatos judíos en la versión de Gerald Friedlander

6 min de lectura10+ años · edad orientativa
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En Ascalón vivía José, un vendedor ambulante de pocos recursos. Su mayor alegría era recibir el Shabat, el día de descanso de la tradición judía. Ahorraba parte de lo que ganaba durante la semana para preparar una buena mesa y ropa distinta de la de trabajo.

Los viernes por la noche y los sábados, las personas pobres eran bienvenidas en su casa. Había un mantel blanco, una lámpara encendida, pan, vino, carne y pescado. José y sus invitados cantaban y agradecían el descanso. A él le gustaba imaginar que recibía a una reina. Por eso lo llamaban el que amaba el Shabat.

José canta con una copa en la mano ante la mesa de Shabat, donde su esposa sirve pan a cuatro invitados pobres.

Su vecino era rico, guardaba todo lo que podía y no compartía la fe de José. Un sábado lo reprendió por no trabajar.

—Pierdes un día entero. Por eso eres pobre. Yo, en cambio, tengo más de lo que necesito.

Después habló con desprecio de quienes no tenían dinero, como si todos fueran responsables de su pobreza.

José respondió que no veía la riqueza del mismo modo.

—Hoy comí bien y estoy descansando. Me siento tan feliz como un rey. Tú piensas que el placer está en guardar; yo también lo encuentro en gastar de una manera buena. Tal vez siempre tengas más dinero que yo, pero eso no decide quién es más feliz.

En una calle soleada, el vecino rico reprende a José con el dedo en alto mientras José le responde sereno.

Se despidió para ir a la sinagoga. Mientras José rezaba, el vecino se encontró con un astrólogo conocido en la ciudad.

—¿Qué lees en las estrellas? —le preguntó.

—Que tu fortuna está por cambiar. Dentro de treinta días, tu riqueza pasará a manos de tu vecino.

El hombre dijo que su vecino era José, el vendedor que amaba el Shabat. El astrólogo confirmó el pronóstico y le preguntó de qué servía poseer tanto si ni siquiera disfrutaba de ello.

De noche, sobre una azotea, el astrólogo señala las estrellas mientras el vecino rico lo escucha alarmado.

El rico pagó la consulta, deseó que la predicción fuera falsa y volvió a su casa. Esa noche miró sus monedas con miedo. No soportaba imaginar a José rico y a él pobre. Sus prejuicios contra el vecino volvieron todavía más amarga esa posibilidad.

Decidió vender todas sus propiedades, comprar perlas y marcharse a Italia. Así creía poder impedir lo anunciado.

Al día siguiente convirtió su fortuna en hermosas perlas. Las ensartó en un cordón de seda, lo cosió a su turbante y subió a un barco. Ya caminaba por cubierta, convencido de haber dejado atrás a José y al astrólogo, cuando se levantó un viento fuerte.

Una ráfaga le arrancó el turbante y lo arrojó al mar. En un instante perdió toda su riqueza. Sus lamentos no pudieron recuperarla.

En la cubierta de un barco, el viento arrebata el turbante con perlas al vecino rico, que intenta alcanzarlo desesperado.

José siguió con su vida habitual. El viernes siguiente fue al mercado para comprar los alimentos de Shabat. Vio un rodaballo enorme en el puesto de pescado. Costaba tanto que nadie lo había comprado.

Él pagó el precio completo, contento de llevar algo especial.

En el mercado, José paga contento mientras el pescadero levanta un rodaballo enorme.

—No se va a desperdiciar. Lo compartiremos con nuestros invitados —pensó.

Llegó a casa y se lo entregó a su esposa.

—Tenemos un pescado digno de un rey.

—Entonces será para ti —contestó ella.

José fue a cambiarse y prepararse para la celebración. Apenas había entrado en la habitación cuando la oyó llamarlo.

—¡Ven a ver lo que encontré!

Dentro del pescado había un cordón lleno de perlas. José se frotó los ojos. Los dos se alegraron al pensar que ya no tendrían que trabajar con tantas privaciones durante la semana.

Su esposa le preguntó si sabía algo del vecino. José había oído que vendió todas sus propiedades y compró perlas antes de partir.

—¿Y si fueran esas mismas? —se preguntó.

Ella respondió que no importaba a quién habían pertenecido antes: para ellos, aquella fortuna era un regalo de Dios. Confiaba en que sabrían usarla con el mismo cuidado con que habían aprendido a recibir y celebrar el Shabat.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Una hoja verde sobre un libro abierto, junto a una ventana con una araña en su telaraña.
Ilustración de su mundo literario

Traductor y adaptador literario

Gerald Friedlander

Gerald Friedlander reunió relatos de distintas obras de la tradición judía en «The Jewish Fairy Book». En el prefacio explicó que los había vuelto a contar, sin buscar una traducción literal. La edición neoyorquina de 1920 consultada indica al final de los...

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Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

José ya comparte su mesa antes de encontrar las perlas. El vecino, en cambio, reúne toda su fortuna en un solo objeto para no perderla, y justamente ese objeto termina en el mar.

  • ¿Por qué José compra un pescado tan grande?
  • ¿Qué cosas de su celebración no dependen de que sea rico?

Una mirada adulta

El relato contrapone dos usos del dinero y del tiempo antes de introducir el milagro. La profecía produce una acción que facilita su cumplimiento: concentrar y transportar la riqueza. El cierre atribuye el hallazgo a la providencia desde la voz de los personajes, mientras mantiene abierta la pregunta por el uso futuro de los bienes.

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