Un lobo encontró a un cordero que se había apartado del rebaño. Antes de devorarlo, quiso encontrar alguna razón que justificara, ante su propia víctima, el derecho a comérsela.
—El año pasado me insultaste —le dijo.
—Pero yo todavía no había nacido —baló el cordero, con tristeza.
—Entonces, comes en mi prado.
—No, señor. Todavía no he probado la hierba.
—¡Y bebes de mi pozo!
—Tampoco he bebido agua. La leche de mi madre es mi comida y mi bebida.
El lobo lo atrapó y se lo comió.
—¡No voy a quedarme sin cena porque puedas responder a todas mis acusaciones!
El tirano siempre encontrará un pretexto para ejercer su tiranía.


