Un anciano encuentra una vasija de monedas de oro al cavar en la tierra helada.

Tradiciones reunidas en la colección rusa de Ralston · fuente de Afanásiev, versión inglesa de Ralston · Cuento tradicional

El tesoro y la piel de cabra

Relatos de la colección de Ralston

4 min de lectura12+ años · edad orientativa
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La mujer de un anciano pobre murió en pleno invierno. La tierra estaba dura por el frío, y él pidió ayuda a sus vecinos para cavar la sepultura. Todos se negaron. Tampoco el sacerdote del pueblo quiso hacer el funeral sin recibir antes su pago.

El anciano tomó un hacha y una pala y fue solo al cementerio. Rompió la tierra congelada y comenzó a cavar. Al cabo de un rato, la herramienta golpeó una vasija de metal llena de monedas de oro.

La llevó a su casa, agradecido por poder despedir a su mujer. En cuanto hubo dinero, aparecieron manos dispuestas a trabajar. Compró un ataúd, preparó comida para quienes la recordarían y volvió a ver al sacerdote.

Esta vez llevaba una moneda de oro. El hombre que lo había rechazado lo recibió con amabilidad y se ocupó de la ceremonia.

Después del funeral, el sacerdote participó de la comida. Al salir, esperó a estar solo con el anciano y le preguntó de dónde había sacado semejante riqueza. Insinuó que debía confesar un robo o algo peor.

En la puerta de una casa de troncos nevada, un sacerdote de barba castaña se inclina sobre un anciano y le habla en voz baja con mirada codiciosa; el anciano lo mira desconcertado.

El anciano explicó que había encontrado el tesoro mientras cavaba. El sacerdote no pudo dejar de pensar en aquellas monedas.

Esa noche mató una cabra y se puso su piel, con los cuernos y la barba. Su esposa lo ayudó a coserla alrededor del cuerpo para que no se cayera. Disfrazado así, fue a golpear la ventana del anciano.

—¡Soy el diablo! Ese tesoro era mío. Te lo mostré para que pagaras el entierro, no para que te quedaras con todo. ¡Devuélvemelo!

El anciano vio los cuernos en la oscuridad. Asustado, decidió que prefería seguir pobre a quedarse con un dinero que le trajera aquel visitante. Sacó la vasija, la dejó afuera y cerró la puerta.

Dentro de una casa a oscuras, un anciano asustado alumbra con una vela la ventana escarchada, donde se recorta una figura con cuernos y barba que golpea el vidrio; a su lado está la vasija de oro.

El sacerdote corrió a su casa con el oro. Le pidió a su esposa que cortara las costuras del disfraz.

Pero, cuando ella acercó el cuchillo, él gritó de dolor. Lo intentaron en otro lugar: pasaba lo mismo. La piel de cabra se había unido a su cuerpo.

Probaron todo lo que se les ocurrió. Incluso devolvieron el dinero al anciano. Nada cambió. El sacerdote quedó cubierto por la piel que había usado para robar, y el narrador vio en ello el castigo de su codicia.

Junto a una estufa, un hombre cubierto con una piel de cabra con cuernos hace un gesto de dolor y detiene a su esposa, que duda con unas tijeras cerca de la costura; en la mesa quedó la vasija de oro.
Fin

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Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica de W. R. S. Ralston: un huso y su hilo sobre un libro abierto, junto a tinta y hojas de abedul.
Ilustración de su mundo literario

Traductor y editor

W. R. S. Ralston

William Ralston Shedden Ralston tradujo y estudió relatos tradicionales en Russian Fairy Tales. Su libro acompaña las narraciones con notas sobre las colecciones y localidades de las que proceden. Para esta selección se consultó una edición de Hurst & Co. sin año...

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Con chicos

El anciano pide ayuda antes de encontrar las monedas y recibe respuestas muy distintas después. El sacerdote usa el miedo para quedarse con lo que no le pertenece. Al final devuelve el dinero, pero el disfraz permanece.

  • ¿Qué cambia en el trato que recibe el anciano cuando tiene oro?
  • ¿Qué le preguntarías a un vecino que primero se negó a ayudar?

Una mirada adulta

La historia vuelve visible una solidaridad condicionada por el dinero. El sacerdote utiliza su posición primero para exigir pago y luego para obtener información privada que convierte en ventaja. La piel adherida hace durar la huella del engaño más allá de la restitución.

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