Hidesato cruza el puente del lago Biwa por encima de un dragón dormido.

Japón · versión de Yei Theodora Ozaki · Relato tradicional

El señor del saco de arroz

Cuentos de Japón

6 min de lectura9+ años · edad orientativa
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Fujiwara Hidesato salió una mañana en busca de aventuras. Llevaba dos espadas, un arco más alto que él y un carcaj de flechas. Cuando llegó al puente que cruzaba un extremo del lago Biwa, tuvo que detenerse.

Un dragón enorme dormía atravesado en el camino. Una garra descansaba sobre la baranda y la cola llegaba hasta el borde opuesto. Por sus narices salían humo y fuego. No quedaba espacio para pasar.

Hidesato sintió miedo, pero decidió seguir. Pisó entre las vueltas de aquel cuerpo, subió por encima y bajó del otro lado. Apenas había dado unos pasos cuando alguien lo llamó.

El dragón había desaparecido. En su lugar había un hombre de pelo rojo, vestido de verde y con una corona en forma de cabeza de dragón.

—Soy el rey de este lago —dijo—. Hace días que espero a alguien capaz de cruzar. Necesito tu ayuda.

En el puente, Hidesato se vuelve sorprendido ante un hombre de pelo rojo, vestido de verde y con corona de dragón, que le pide ayuda.

En el monte Mikami vivía un ciempiés gigantesco. Cada noche bajaba al palacio del lago y se llevaba a un hijo o un nieto del rey. Ninguno de los habitantes del agua podía detenerlo. El rey se había acostado en el puente para encontrar a una persona valiente, pero hasta entonces todos habían huido.

—Voy a hacer lo que pueda —respondió Hidesato—. Llévame adonde lo esperan.

El agua se abrió ante ellos. Bajaron sin mojarse hasta un palacio de mármol blanco. Peces dorados, carpas rojas y truchas plateadas prepararon una comida para el visitante. Hubo música y danzas, y por un rato el miedo pareció quedar afuera.

En un salón de mármol bajo el agua, Hidesato y el rey del lago miran danzar a peces dorados y carpas rojas.

A medianoche el suelo empezó a temblar. Hidesato salió al balcón y vio dos luces rojas que avanzaban por la montaña.

—Son sus ojos —susurró el rey.

Detrás de aquellas luces se extendía el cuerpo del ciempiés. Era tan largo que rodeaba la montaña varias veces. Sus patas brillaban como una hilera de faroles.

Hidesato pidió su arco. Al abrir el carcaj descubrió que le quedaban tres flechas. Apuntó a la cabeza del monstruo y disparó. La flecha dio en el centro, pero rebotó. La segunda golpeó en el mismo lugar y también cayó sin hacerle daño.

El ciempiés seguía acercándose. El rey temblaba a su lado. Hidesato tomó la última flecha y recordó algo que había oído: en los relatos antiguos se decía que la saliva humana podía vencer a los ciempiés. Aquel no era un ciempiés común, pero tampoco le quedaba otra oportunidad.

Mojó la punta con su saliva, tensó el arco y volvió a apuntar. Esta vez la flecha atravesó la cabeza. El cuerpo inmenso se sacudió; sus ojos y sus patas perdieron la luz. Entonces estalló una tormenta que hizo temblar el palacio hasta los cimientos.

De noche, desde un balcón, Hidesato tensa el arco hacia un ciempiés gigantesco de ojos rojos enroscado en la montaña.

Nadie durmió tranquilo esa noche. Al amanecer, sin embargo, el cielo estaba despejado. Hidesato salió al balcón con el rey. El ciempiés muerto flotaba en el lago y la montaña había quedado libre.

Los habitantes del palacio celebraron otra fiesta. El rey quería retener a su invitado varios días, pero Hidesato tenía que volver a casa. Su familia no sabía dónde había pasado la noche.

Antes de dejarlo partir, el rey le entregó campanas, un saco de arroz, un rollo de seda y una olla. Los peces se transformaron en servidores y llevaron los regalos detrás del guerrero. Cuando llegaron a su casa, dejaron la carga y desaparecieron.

Hidesato camina hacia su casa seguido por cuatro servidores de aspecto de pez que llevan una campana, un saco de arroz, seda y una olla.

Pronto Hidesato descubrió qué clase de presentes había recibido. Por mucho arroz que sacaran del saco, siempre quedaba la misma cantidad. Cortaban seda para hacer ropa y el rollo nunca se acortaba. La olla cocinaba sin necesidad de encender fuego.

Una de las campanas fue al templo vecino y anunció las horas a todo el pueblo. Los otros regalos sostuvieron a la familia durante años. La noticia de aquella fortuna se extendió, y la gente comenzó a llamar a Hidesato por un nombre nuevo: el señor del saco de arroz.

En una cocina japonesa, una mujer saca arroz de un saco que sigue lleno mientras Hidesato desenrolla seda y una olla humea sin fuego.
Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

Al principio, el dragón parece ser el peligro. Cuando habla, Hidesato descubre que también él tiene miedo y necesita ayuda. Después de dos intentos fallidos, el guerrero prueba algo distinto.

  • ¿Qué cambia cuando el dragón cuenta su problema?
  • ¿Cuál de los regalos te gustaría ver funcionando en esta historia?

Una mirada adulta

La apariencia temible del rey sirve para buscar a quien pueda protegerlo. El relato pasa del coraje individual a una abundancia doméstica que no se agota, y termina cambiando el nombre público del héroe.

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