Un leñador japonés baila junto al fuego ante un grupo de oni del bosque.

Japón · Cuento tradicional

El baile del leñador

Una fiesta entre los árboles

5 min de lectura10+ años · edad orientativa
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Un viejo leñador tenía un bulto en una mejilla. Había consultado a médicos y probado remedios durante años, sin conseguir que desapareciera. A veces le molestaba; otras, mientras trabajaba o bailaba, se olvidaba por completo de él. Porque aquel hombre, además de conocer los árboles del monte, sabía bailar muy bien.

Una tarde fue a buscar leña y se demoró más de la cuenta. Cuando tomó el camino de regreso, las nubes taparon el cielo. La lluvia empezó con unas gotas gruesas y terminó cayendo como una cortina. El leñador buscó dónde refugiarse. No había ninguna casa, pero encontró un árbol hueco y se metió adentro con su atado de ramas.

Un anciano empapado, con un atado de ramas en brazos, se mete en el hueco de un cedro enorme bajo la lluvia.

Pasó la tormenta. Ya estaba por salir cuando oyó pasos, voces y carcajadas. Se asomó apenas. En el claro se reunía una banda de oni: algunos tenían cuernos, otros unas caras que él jamás había visto. Extendieron comida en el suelo, sirvieron bebida y se pusieron a tocar música.

El leñador se quedó quieto. Sin embargo, cuando uno de los oni empezó a bailar, tuvo que apretarse los labios para no reírse. Aquel bailarín repetía siempre el mismo paso. Una vuelta. Un salto. Otra vuelta. Otro salto.

Desde el interior de un tronco hueco, un anciano espía un claro donde un grupo de oni come junto al fuego y uno de ellos baila.

—¿No hay nadie que haga algo distinto? —preguntó el jefe.

El viejo movió un pie dentro del tronco. Después movió el otro. Se dijo que lo prudente era quedarse escondido, pero la música ya le había ganado. Salió al claro, abrió los brazos y empezó a bailar.

Los oni se callaron de golpe. El viejo giró, se inclinó, zapateó y volvió a levantarse justo cuando cambiaba el ritmo. Entonces comenzaron los aplausos. El jefe pidió otra vuelta, y después otra. Cuando el leñador terminó, jadeando y contento, lo invitaron a sentarse.

—Mañana tienes que volver —dijo el jefe—. Déjanos algo en garantía, para estar seguros.

Un oni señaló el bulto de su mejilla.

—Eso debe de ser muy importante para él. Si lo guardamos, seguro vuelve a buscarlo.

Antes de que el viejo pudiera responder, el jefe extendió la mano y le quitó el bulto sin causarle dolor. Al instante desaparecieron la música, los platos y todos los invitados. El leñador se tocó la cara, primero con cautela y después con asombro. Corrió a casa a contar lo ocurrido.

Junto al fuego, un oni rojo de barba negra acerca la mano a la mejilla del anciano, que lo mira asombrado.

Un vecino, que tenía un bulto parecido en la otra mejilla, escuchó la historia. Fue a verlo y le preguntó exactamente dónde estaba el árbol. El leñador le explicó el camino, y al día siguiente el vecino se escondió allí antes del atardecer.

Los oni volvieron. Cuando su jefe preguntó por el bailarín, el vecino salió enseguida.

—Aquí estoy.

Lo confundieron con el hombre de la noche anterior y comenzaron a tocar. Pero el vecino no sabía bailar. Saltaba cuando debía quedarse quieto, perdía el ritmo y agitaba los brazos sin saber cómo seguir.

Un hombre de cara redonda agita los brazos sin ritmo en el claro mientras los oni lo miran con el ceño fruncido.

—Basta —dijo el jefe—. Ayer bailabas mucho mejor. Llévate lo que nos dejaste y vete.

Sacó el bulto que habían guardado y lo colocó en la mejilla libre del vecino. Luego desapareció con su séquito. El hombre quedó solo, con dos bultos en lugar de uno. Volvió despacio por el sendero: conocía el lugar de la fiesta, conocía la hora y hasta las palabras que debía decir, pero no había podido repetir la suerte del leñador.

Un hombre cabizbajo camina solo de noche por un sendero del bosque, tocándose una mejilla.
Fin

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Con chicos

El vecino consigue el mismo escondite y llega a la misma fiesta, pero el resultado es muy distinto: vuelve con dos bultos. Entre una noche y otra cambian el bailarín, su intención y también lo que esperan los oni. Puedes mirar esas diferencias sin aceptar que el vecino merezca todo lo que le pasa. La suerte del primero no alcanza para explicar por qué el otro recibe ese castigo.

  • ¿Qué cosas pudo copiar el vecino y cuáles quedaron fuera de su alcance?
  • ¿Qué te parece la decisión de los oni de quitar y poner bultos sin preguntar?
  • ¿Cómo podría contar el vecino esa noche al volver a su casa?

Una mirada adulta

Los oni creen retener algo valioso y terminan aliviando al leñador; después creen devolverlo y agravan la carga del vecino. Ambos destinos nacen de decisiones sobre cuerpos ajenos, tomadas sin comprenderlos. La repetición enfrenta el placer de bailar con el cálculo de copiar una fortuna, aunque el resultado también depende del error y del capricho. El cuerpo queda convertido en premio o castigo visible. La burla final se apoya en esa asociación inquietante entre apariencia y merecimiento.

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