Una embarcación de tronco ahuecado, llena de zorros y con pértigas de madera, se acerca a la orilla del río.

Hokkaidō (Yezo en la fuente), Japón · tradición ainu · Relato tradicional

Panaumbe, Penaumbe y los zorros que lloraban

Relatos ainu · voces registradas en 1886

3 min de lectura14+ años · edad orientativa
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Panaumbe bajó a la orilla del río y llamó hacia los riscos del otro lado.

—¡Ustedes, los que están detrás de ese risco! ¡Vengan a cruzarme!

En la orilla de un río, Panaumbe grita con las manos junto a la boca hacia los riscos grises del otro lado.

—Primero tenemos que ahuecar un tronco para hacer la embarcación. ¡Espera!

Panaumbe aguardó un rato y volvió a llamar.

—No tenemos pértigas. Vamos a hacerlas. ¡Espera!

Después de otra espera, llamó por tercera vez.

—¡Ya vamos!

Una embarcación grande, llena de zorros, se desprendió de la otra orilla. Panaumbe tomó un buen garrote y se tendió en el suelo, fingiendo estar muerto.

Cuando llegaron, los zorros se acercaron a mirarlo.

—Pobre Panaumbe. ¿Habrá muerto de frío? ¿Habrá muerto de hambre?

Panaumbe yace en la orilla fingiendo estar muerto mientras un círculo de zorros lo rodea con tristeza.

Se reunieron a su alrededor y lloraron. Entonces Panaumbe se levantó, blandió el garrote y los mató. Solo dejó ir a uno, después de quebrarle una pata.

Cargó los cuerpos hasta su casa. Con la venta de la carne y las pieles se hizo rico.

Penaumbe fue a visitarlo.

—Si los dos éramos igual de pobres, ¿cómo conseguiste tantos zorros para enriquecerte?

Frente a una casa grande de techo de paja, Panaumbe invita a pasar a Penaumbe, que lo mira con desconfianza y envidia.

—Quédate a comer y te lo cuento —lo invitó Panaumbe.

—Ya sé todo lo que pasó —respondió Penaumbe.

Orinó contra el umbral y se fue. Bajó al río y llamó como había hecho el otro.

Los zorros le contestaron que tenían que preparar una embarcación. Cuando volvió a llamar, le dijeron que les faltaban las pértigas. Al fin partieron, otra vez en un bote lleno de zorros.

Penaumbe tomó su garrote y fingió estar muerto.

—Pobre Penaumbe —dijeron al llegar—. ¿Se murió de frío o por falta de comida?

Se acercaron llorando. Pero entre ellos había un zorro que cojeaba.

—Yo recuerdo algo que pasó una vez —advirtió—. Lloren un poco más lejos.

Los zorros se sentaron a mayor distancia. Siguieron llorando, cada vez más apartados del cuerpo. Penaumbe no podía alcanzarlos.

Penaumbe finge estar muerto en la orilla, pero los zorros lloran sentados muy lejos y uno cojo lo vigila.

Finalmente se incorporó y agitó el garrote. Todos huyeron. No atrapó a uno solo, y él mismo acabó muriendo de manera miserable.

Fin

¿Una historia para recordar?

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Imagen simbólica: Un río arbolado y un zorro a la orilla, con la luz reflejada como ondas de una voz.
Ilustración de su mundo literario

Narrador oral ainu

Ishanashte

Ishanashte es uno de los narradores ainu identificados por Basil Hall Chamberlain en Aino Folk-Tales. El prefacio lo vincula con Shumunkot, y las notas de los cuentos registran narraciones suyas de 1886. Quince relatos de esta selección proceden de versiones que Chamberlain...

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Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

El zorro que cojea recuerda una experiencia y ayuda a los demás a reconocer el peligro. Su aviso cambia una escena que parecía repetirse igual. Puedes conversar sobre cómo compartir una advertencia sin dejar de sentir pena por alguien. En esta historia, que una acción dé ganancias no significa que sea buena.

  • ¿Qué sabe el zorro que los demás necesitan escuchar?
  • ¿En qué momento la segunda visita deja de parecerse a la primera?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La duplicación suele invitar a celebrar al primer tramposo y ridiculizar al imitador, pero aquí el éxito económico procede de matar a quienes llegan con compasión. La memoria del sobreviviente interrumpe el mecanismo: una lesión que registra el daño se vuelve también una fuente de conocimiento colectivo. La cortesía rechazada por Penaumbe no basta para convertir a Panaumbe en modelo ético.

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