Las hermanas observan desde el árbol cómo una pluma mantiene unido el tronco.

Cabo oriental · recopilación de George McCall Theal (1886) · Cuento tradicional

La pluma que sostuvo el árbol

Relatos del Cabo oriental recogidos por Theal

5 min de lectura13+ años · edad orientativa
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Durante una hambruna, una mujer dejó su aldea y se fue a vivir lejos. Allí empezó a devorar personas. Tenía un hijo, Magoda, y con el tiempo solo quedaron vivos ellos dos. La mujer tuvo que salir a cazar animales, aunque seguía atrapando personas cuando podía. Aprendió a correr tan rápido que casi nadie escapaba de ella.

Su hermano había permanecido en la aldea de origen. Tenía dos hijas y las trataba con dureza. Un día las mandó al río con dos vasijas de barro, las más valiosas del pueblo.

La menor tropezó en una piedra. Su vasija cayó y se rompió. Se sentó a llorar, convencida de que no podía volver a casa.

Junto a un río, la hermana menor llora sentada junto a una vasija rota mientras la mayor, con otra vasija sobre la cabeza, intenta consolarla.

—Vayámonos a un lugar donde papá no nos encuentre —le propuso a su hermana.

La convenció, y caminaron en dirección contraria a su aldea. Durante dos días solo tuvieron goma de árboles para comer. Al fin vieron un fuego y se acercaron a una casa.

Era la vivienda de su tía, aunque ellas no lo sabían. Magoda salió a recibirlas. Cuando oyó quiénes eran, les explicó el peligro y les aconsejó irse. Pero su madre ya venía de regreso. El muchacho las escondió en su propia casa, separada de la de ella.

Al atardecer, un muchacho hace entrar con urgencia a dos niñas asustadas en una choza de paja, mirando hacia el camino.

—Huelo algo rico —dijo la mujer—. Huelo chicos.

Magoda respondió que no había nadie, y aquella noche su madre no entró a revisar.

Al día siguiente Nomagoda, la madre de Magoda, salió a cazar. No se alejó lo suficiente para que las chicas pudieran huir. Ellas entraron en la otra casa y encontraron a una persona a la que la mujer había devorado parte del cuerpo.

—Cuiden de ustedes —les advirtió la víctima.

Cerca del anochecer, Nomagoda volvió con animales. Reconoció el olor de las niñas y se asomó a la casa de su hijo.

—Yo traigo comida para ti. ¿Por qué no compartes conmigo?

Entonces las vio. Las llevó a su propia casa y les ordenó acostarse. Las hermanas estaban demasiado asustadas para dormir. Oyeron que ella decía:

—Hacha, afílate. Hacha, afílate.

Para que supiera que seguían despiertas, se quejaron de los bichos que las picaban. Esperaron hasta que Nomagoda se durmió. Dejaron dos maderos en sus lugares y escaparon.

En una choza oscura, las dos niñas salen de puntillas hacia la puerta mientras la tía duerme en las sombras.

Cuando la mujer despertó, descargó el hacha sobre los bultos. La madera reveló el engaño. Al amanecer salió detrás de ellas.

Las chicas miraron hacia atrás y vieron la nube de polvo que levantaba su tía. Delante había un árbol alto. Treparon y se escondieron entre las ramas.

Nomagoda llegó y empezó a cortar el tronco. Pero un pájaro ntengu cantó:

—Astillas, vuelvan a su sitio. Astillas, quédense firmes.

La madera arrancada volvió a unirse al árbol. Ocurrió una vez, dos, tres. Nomagoda, furiosa, atrapó al pájaro y se lo tragó. Al hacerlo dejó caer una pluma.

Al pie de un árbol alto, la tía golpea el tronco con un hacha mientras un pájaro negro canta en una rama y las astillas vuelven a su lugar.

Volvió a levantar el hacha, y la pluma cantó la misma canción. Cada corte se reparaba. La mujer siguió golpeando hasta cansarse. Después quiso atrapar la pluma, pero esta se movía demasiado rápido. Al fin cayó agotada al pie del tronco.

Desde las ramas, las hermanas alcanzaban a ver muy lejos. Descubrieron tres perros grandes como terneros y los reconocieron: eran los de su padre, que había salido a buscarlas. Los llamaron por sus nombres.

Desde la copa del árbol, las hermanas señalan a tres perros enormes que corren por la pradera; al pie del tronco, la tía yace agotada.

Los perros corrieron hasta el árbol y devoraron a Nomagoda, demasiado cansada para huir. Las niñas pudieron bajar. Su padre estaba tan contento de recuperarlas que las perdonó por la vasija rota y por haberse escapado.

Un hombre arrodillado abraza a sus dos hijas en la pradera mientras tres perros grandes descansan cerca.
Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Un libro abierto, hojas sueltas con manchas de color y una pluma bajo un árbol, ante un paisaje de agua y montañas.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y editor

George McCall Theal

George McCall Theal dirigió la recopilación y edición de relatos del Cabo oriental publicada en la edición de 1886 que consultamos. En su prefacio reconoce el trabajo de narradores, copistas y revisores locales, muchos sin nombre individual. Las historias proceden principalmente de...

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Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

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Con chicos

Las hermanas huyen porque tienen miedo de volver a su casa. En el camino reciben ayuda de Magoda, de una persona herida, de un pájaro y hasta de una pluma.

  • ¿Qué cambia cuando la pluma sigue cantando?
  • ¿Qué podría haber hecho el padre para que una vasija rota no les diera tanto miedo?

Una mirada adulta

El refugio inicial falla dentro de otra rama de la misma familia. La ayuda persiste, en cambio, desde lugares con muy poco poder aparente. El perdón final resuelve la vuelta de las niñas, aunque el miedo que originó la huida permita preguntar también por la responsabilidad paterna.

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