El fanfarrón se detiene agotado en la cuesta mientras el muchacho y los vecinos lo miran.

Provincias lao del Siam histórico · Fleeson (1899) · Cuento tradicional

Kee-oo-yai, el gran fanfarrón

La cuesta que sus palabras no pudieron subir

3 min de lectura12+ años · edad orientativa
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En una aldea del sur vivía un hombre que hablaba sin parar de su fuerza y su resistencia. Si alguien contaba un peligro que había pasado, él conocía uno mayor. Si otro recordaba una hazaña, él aseguraba haber hecho algo mucho más difícil. Lo llamaban Kee-oo-yai, el gran fanfarrón.

Cuando los hombres de la aldea conversaban y lo veían acercarse, se burlaban entre ellos.

—Ahí viene. Mejor escapemos. ¿No es acaso tan fuerte y valiente como un elefante? A su lado, nosotros somos apenas perros o cerdos.

Se dispersaban antes de que llegara y lo dejaban solo.

Bajo un gran árbol, varios hombres de la aldea se escabullen sonriendo mientras el fanfarrón llega con el pecho inflado y se queda solo.

Un día apareció un muchacho de otra provincia. Oyó hablar del fanfarrón y anunció que podía hacerlo pasar vergüenza delante de sus vecinos.

—Hay algo en lo que casi nadie me gana —dijo—. Puedo correr una distancia corta sin que el corazón se me acelere. Lo voy a desafiar a subir una cuesta conmigo, respirando solo cuatro veces hasta llegar arriba.

Al día siguiente buscó a Kee-oo-yai y le propuso aquella carrera. Como de costumbre, el hombre necesitó agrandar la apuesta.

—Si tú puedes llegar con cuatro respiraciones, yo puedo hacerlo con dos.

En la aldea, el fanfarrón muestra dos dedos ante el muchacho tranquilo, mientras los vecinos los rodean con curiosidad.

Muchos vecinos corrieron junto a ellos para vigilar que ninguno hiciera trampa. Apenas habían recorrido un tramo cuando el fanfarrón ya no pudo seguir. Dolorido y avergonzado, gritó:

—¡Si hubiéramos corrido cuesta abajo, seguro que yo habría hecho más que tú!

Los hombres se burlaron.

—Tus palabras son enormes, pero tus hechos son pequeños. No vamos a escucharte más. Un muchacho venció al que decía ser más fuerte que todos.

El fanfarrón, avergonzado, está sentado al pie de una escalera mientras los hombres se alejan riéndose y el muchacho mira hacia atrás.

Desde entonces, cuenta la historia, Kee-oo-yai dejó de presumir y la aldea no volvió a escuchar sus alardes.

Fin

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Con chicos

El fanfarrón acepta una prueba peligrosa porque quiere prometer todavía más que el muchacho. Este reto pertenece al cuento y no conviene imitarlo: al correr necesitamos respirar libremente. Podemos pensar otras maneras de reconocer un límite sin convertirlo en una vergüenza pública.

  • ¿En qué momento podría Kee-oo-yai haber evitado aumentar la dificultad?
  • ¿Cómo podrían los vecinos decirle que están cansados de sus alardes sin lastimarlo ni ponerlo en peligro?

Una mirada adulta

La comunidad usa la burla y una competencia corporal para corregir un comportamiento verbal. El silencio final prueba que el fanfarrón dejó de hablar así, pero no nos dice si comprendió algo o si teme otra humillación. La excusa de la bajada mantiene su necesidad de imaginar una ventaja incluso cuando ya no puede sostener la prueba.

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