Una joven descansa bajo un árbol mientras un tigre vela junto a ella a la luz de la luna.

Provincias lao del Siam histórico · Fleeson (1899) · Leyenda tradicional

La hija de los bosques

Una historia contada al volver

4 min de lectura10+ años · edad orientativa
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En lo profundo de un bosque del norte había una aldea donde todos trataban a una anciana con el respeto que se le daría a una princesa. Si algún visitante preguntaba por qué la honraban así, ella misma le contaba su historia.

—Tengo mucho mérito, aunque no soy más que una hija de la naturaleza. Cuando era joven, un día sentí que el enojo me calentaba el corazón. Pasaron los días y, en vez de apagarse, el enojo creció hasta llenarlo por completo. Tenía los ojos tan enrojecidos que apenas veía. Ya no soportaba vivir en la aldea ni estar con mi gente. Sentía más cercanía con los animales del bosque que con mis propios parientes.

Al borde de la aldea, la joven, con los puños apretados y los ojos enrojecidos, da la espalda a su gente y mira hacia la selva.

»Me fui, entonces, a una parte de la selva donde no había llegado ningún pie humano. Corrí durante todo el día, sin sentir cansancio ni hambre. Al caer la noche me acosté debajo de un árbol. No tenía miedo. Dormí tan tranquila como si estuviera en mi casa.

»Me despertó el aliento de un animal. A la luz de la luna vi un tigre enorme frente a mí. Me olfateó la cara, las manos y los pies. Después se sentó junto a mi cabeza y se quedó vigilando toda la noche. Yo seguí acostada, sin temor. A la mañana se fue y pude continuar mi camino.

»Mi corazón ya estaba más tranquilo. Todavía no quería volver con mi gente, pero no les temía a las fieras ni a los reptiles. Comía las frutas que crecían en abundancia y, al oscurecer, buscaba otro árbol. Los animales salvajes velaban mi sueño sin hacerme daño. Así pasaron muchos días y muchas noches.

En un claro de la selva, la joven come una fruta tranquila mientras un ciervo, dos gibones y un lagarto conviven cerca de ella.

»Poco a poco se enfrió el enojo que llevaba en el pecho. Dejé de odiar a los míos. Cuando había transcurrido una luna, llegué a otra aldea. Sus habitantes se asombraron de verme salir de aquella selva: la conocían como el lugar del tigre que devoraba personas. Les conté lo sucedido y, llenos de admiración, me trajeron regalos valiosos.

La joven sale de la selva y los habitantes de otra aldea la reciben asombrados, ofreciéndole telas, plata y frutas.

»Me quedé allí un año y un día. Durante ese tiempo, las fieras dejaron de atacar el ganado de la aldea. Pero empecé a extrañar las caras de mi familia y quise regresar.

»Entonces me acompañaron hasta mi pueblo. Llevaba plata, oro y vestidos hermosos, y viajaba sentada en la silla colocada sobre el lomo de un elefante. Volví a encontrarme con los míos. Desde aquel regreso vivo aquí, contenta, y ya han pasado cien años.

La joven, vestida con sedas y joyas, llega sobre un elefante mientras su familia corre a recibirla.
Fin

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Con chicos

La anciana recuerda un enojo que ocupaba todo su corazón. El viaje del cuento le da tiempo para sentir otra cosa y volver por su propia decisión. Los tigres que cuidan a una persona son parte de este mundo maravilloso. En la vida cotidiana, alejarse un rato de una discusión puede hacerse buscando un lugar seguro y una persona de confianza.

  • ¿Qué va cambiando en la viajera antes de que decida regresar?
  • ¿Qué maneras seguras de tomarte una pausa conoces cuando estás muy enojado?

Una mirada adulta

La historia se cuenta desde el regreso: sabemos primero que la mujer es respetada y después conocemos la furia que la llevó a irse. La protección de los animales y la paz que alcanza el ganado enlazan su transformación con la vida de una comunidad. Su reconocimiento no borra el tiempo que necesitó lejos de los suyos. La voz en primera persona es un recurso del relato mediado por Fleeson, sin que podamos identificarla como testimonio de una informante concreta.

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