Durante un viaje, Nasrudín acampó con una caravana y ató su caballo junto a los demás.
A la mañana siguiente no lograba distinguirlo entre todos los animales. Tomó un arco y una flecha y gritó:
—¡Señores, señores! ¡Perdí mi caballo!
Todos se echaron a reír y cada uno fue a buscar el suyo. Cuando Nasrudín miró el caballo que quedaba, lo reconoció enseguida.
Puso el pie derecho en el estribo y montó, de manera que quedó mirando hacia la cola.
—Nasrudín, ¿por qué te subes al revés? —le preguntaron.
—No es culpa mía —contestó—. Es el caballo, que es zurdo.


