Un día el bey mandó llamar a Nasrudín:
—Ven, quiero jugar un rato al jerreed contigo.
Nasrudín tenía un buey viejo. Lo ensilló enseguida, se subió y fue montado en él hasta el lugar donde se jugaba aquel juego de jabalinas a caballo.
Cuando lo vieron, todos se echaron a reír.
—Nasrudín —dijo el bey—, ¿por qué viniste en ese buey? ¡No puede correr!
—¿Cómo que no? —contestó Nasrudín—. Yo lo vi de ternero correr tan rápido que ningún caballo podía alcanzarlo.


