Una avutarda esconde las alas entre las hierbas mientras Dinewan, el emú, la observa en la llanura.

Río Narran, Nueva Gales del Sur, Australia · atribución histórica de Parker · Relato tradicional

Dinewan y Goomblegubbon: las alas y las crías

Relatos del río Narran · recopilación de Parker

5 min de lectura16+ años · edad orientativa
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Cuando Dinewan, el emú, todavía podía volar alto, las otras aves lo reconocían como rey por su gran tamaño. Los Goomblegubbon, las avutardas, envidiaban a los emúes. Una madre Goomblegubbon, sobre todo, no soportaba ver a la madre Dinewan aterrizar cerca, sacudir sus alas y soltar un sonido satisfecho.

Quería acabar con esa superioridad. No podía vencerla en una pelea, pero pensó que, si lograba quitarle las alas, le impediría volar.

Un emú con grandes alas abiertas aterriza orgulloso en la llanura; en primer plano, una avutarda semioculta entre la hierba lo mira con envidia.

Un día vio que Dinewan se acercaba. Se agachó entre las hierbas y plegó las alas de tal manera que parecían haber desaparecido. Después de conversar un rato, le dijo:

—¿Por qué no haces como yo y vives sin alas? Cualquier ave vuela. Para ser reyes, ustedes deberían poder prescindir de ellas. Cuando los demás vean que yo puedo hacerlo, van a elegirme a mí.

—Pero tú tienes alas.

—No, ya no tengo.

Dinewan miró. Goomblegubbon las escondía tan bien que no pudo encontrarlas. Volvió a su casa preocupada y habló con su pareja. Ninguno quería perder el lugar que tenían entre las aves. Si para conservarlo debían sacrificar sus alas, estaban dispuestos.

Dinewan convenció a su compañero de cortarle las alas con un combo, un hacha de piedra. Después ella hizo lo mismo con él. Enseguida corrió a buscar a Goomblegubbon.

—Mira, seguí tu ejemplo. Ya no tengo alas.

La avutarda saltó de alegría. Las desplegó, las agitó ante Dinewan y se rio de ella.

—¡Te engañé! Las mías siguen aquí. ¡Lindos reyes son, si se los puede engañar así!

Una avutarda salta con las alas abiertas como si se riera, frente a un emú sin alas que retrocede sorprendido sobre la tierra roja.

Dinewan se lanzó hacia ella, pero Goomblegubbon levantó vuelo. El emú ya no podía seguirla.

Durante un tiempo, Dinewan y su pareja no encontraron cómo vengarse. Hasta que la madre ideó un plan. Escondió diez de sus doce crías bajo un arbusto y salió con las otras dos hacia la llanura donde Goomblegubbon buscaba comida con sus doce hijos.

La saludó como si fueran amigas.

—¿Por qué no haces como yo y te quedas con dos hijos? Doce son demasiados para alimentar. Lo que haría grandes a dos apenas alcanza para doce. Por eso los tuyos nunca crecen como los míos.

En la llanura, una emú seguida por solo dos crías rayadas inclina el cuello hacia una avutarda rodeada de doce pequeños polluelos que picotean el suelo.

Goomblegubbon se fue pensando. Recordó su propio engaño y sospechó que Dinewan podía estar devolviéndoselo. Pero volvió a mirar: las dos crías de emú eran mucho más grandes que las suyas. Otra vez deseó superarlas. Imaginó a sus hijos tan enormes como los emúes y, además, capaces de volar.

Entonces mató a diez de sus crías y dejó vivas solo a dos.

Regresó junto a Dinewan, que le preguntó dónde estaban las demás.

—Las maté. Ahora estas dos tendrán comida suficiente y crecerán tanto como las tuyas.

Dinewan la acusó de crueldad y codicia.

—Yo tengo doce hijos y encuentro alimento para todos. No mataría a ninguno, ni siquiera para recuperar mis alas. Los arbustos dan bayas y los saltamontes nos alimentan.

—¡Pero solo tienes dos!

—Voy a traerte a los otros.

Corrió hasta el escondite y volvió rodeada de sus doce crías de plumaje rayado. Ellas silbaban; la madre avanzaba con el cuello extendido y su canto de alegría.

Una emú sale de detrás de un arbusto cantando, rodeada de doce crías rayadas; en primer plano, una avutarda inmóvil con solo dos polluelos la mira y comprende el engaño.

Frente a Goomblegubbon se detuvo.

—Ahí están. Míralos y piensa en los que mataste. Mientras los emúes no tengan alas, las avutardas pondrán solo dos huevos y tendrán solo dos crías. Estamos a mano: tú conservas tus alas y yo a mis hijos.

Desde entonces, dice esta historia, Dinewan quedó sin alas y Goomblegubbon pone solamente dos huevos por temporada.

Una avutarda descansa en el suelo junto a solo dos huevos moteados; a lo lejos, dos emúes sin alas corren por la llanura con su fila de crías rayadas.
Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

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Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

Esta conversación requiere acompañamiento y la edad indicada para el relato. Podemos dejar de lado sus escenas más duras y mirar los consejos engañosos: las dos madres esconden algo para que la otra crea una comparación falsa. La necesidad de ser superior les impide revisar lo que están viendo y lo que les dicen.

  • ¿Qué oculta cada personaje antes de dar su consejo?
  • ¿A quién podría consultar alguien antes de hacer algo irreversible para parecerse a otro?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

Las dos escenas se corresponden formalmente, pero sus daños no son equivalentes. Dinewan conserva a sus hijos y declara que están a mano después de inducir a su rival a matar a los suyos. La simetría de la estratagema no elimina la responsabilidad de quien la diseña. El cierre fija los resultados en los cuerpos y la reproducción de las aves, haciendo duradera una competencia por rango.

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