Mullyan examina las huellas que entran al campamento de Weedah entre refugios de hierba y fuegos sin habitantes.

Río Narran, Nueva Gales del Sur, Australia · atribución histórica de Parker · Relato tradicional

Weedah y las voces del campamento

Relatos del río Narran · recopilación de Parker

5 min de lectura16+ años · edad orientativa
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Weedah había construido más de veinte refugios de hierba. Encendía un fuego frente a cada uno para que parecieran habitados. Después corría de un refugio a otro, cambiando de voz: lloraba como un bebé, se reía como un chico, cantaba como una joven, imitaba a un hombre bailando y a personas ancianas que llamaban.

Lo hacía tan rápido que cualquiera habría creído que allí vivía mucha gente. Pero Weedah estaba solo. Quería atraer visitantes uno por uno, matarlos y quedarse poco a poco con el territorio de los alrededores.

Al atardecer, Weedah corre entre refugios de pasto con fogatas encendidas, llamando con distintas voces.

Algún cazador, separado de sus compañeros, oía las voces al volver a casa. Se acercaba por curiosidad y encontraba únicamente a Weedah junto a un gran fuego.

—¿Dónde están los demás? —preguntaba.

—Aquí vivo yo solo.

El visitante miraba las chozas, desconcertado. Weedah le decía que había confundido el viento en los árboles con llantos infantiles y el grito de un ave con risas de mujeres. Mientras hablaba, lo iba llevando hacia las llamas.

—Al atardecer, cuando uno anda solo, imagina cosas. Mira bien: no hay nadie más.

Junto a un gran fuego, Weedah señala los refugios vacíos mientras toma del hombro a un cazador desconcertado.

Cuando estaban cerca del fuego, lo sujetaba y lo arrojaba adentro.

Esto ocurrió una vez y otra, hasta que las familias de los alrededores comenzaron a notar cuántas personas faltaban. Nadie sabía dónde desaparecían.

Cuando Beeargah no volvió, su primo Mullyan, el águila, decidió seguir sus huellas. Las encontró desde la cacería del canguro hasta el lugar donde había matado a su presa, y después siguió el camino de regreso. Cruzó suelo pedregoso, arena, llanuras y monte.

Entre los árboles oyó voces: bebés, mujeres, hombres. Las huellas de su primo llevaban hacia ellas, hasta el campamento de Weedah.

—¿Dónde está la gente que escuché? —preguntó al entrar.

—No conozco a ninguna gente. Vivo solo.

Mullyan insistió. Weedah le propuso desconfiar de sus propios oídos o de sus ojos: bastaba mirar para comprobar que no había nadie más.

Pero Mullyan había visto otra cosa.

—Hay muchas huellas que entran a este campamento y ninguna que salga. ¿Qué hiciste con mi primo y con mis amigos? Si solo tú vives aquí, solo tú puedes responder.

Weedah le dijo que preguntara al viento, a Bahloo, la Luna, o a Yhi, el Sol. Él no sabía nada. Mientras daba esas respuestas, lo empujaba cada vez más cerca del fuego.

Mullyan miró las llamas delante de él y las huellas detrás. Comprendió. Sin mostrarlo, dejó que Weedah siguiera creyendo que caía en la trampa.

Weedah empuja suavemente a Mullyan hacia el fuego mientras este mira de reojo las huellas que entran al campamento.

Apenas llegaron al borde, se adelantó: sujetó a Weedah con fuerza.

—Lo que hiciste con mi primo y mis amigos, ahora lo hago contigo.

Lo arrojó al centro del fuego y regresó de prisa para contar a los demás lo que había descubierto.

Ya lejos oyó un estallido como un trueno. Era la parte de atrás de la cabeza de Weedah, que había reventado. De sus restos salió un pájaro, el ave imitadora Weedah. El relato dice que todavía lleva una abertura en ese lugar de la cabeza.

De noche, Mullyan se da vuelta al oír un estallido mientras a lo lejos un pájaro sale volando del humo del fuego.

Weedah sigue preparando espacios de juego entre la hierba y corriendo por ellos mientras reproduce, una tras otra, las voces que ha oído: llantos, risas, maullidos y ladridos. Por eso se lo conoce como el ave imitadora.

Un pájaro pardo con manchas doradas canta junto a su glorieta de pastos secos, rodeada de piedritas y caracoles.
Fin

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Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

Para conversar con chicos

Para conversar con acompañamiento, podemos concentrarnos en la investigación de Mullyan. No acepta una explicación solo porque alguien la repita: compara las palabras con las huellas que ve. Imitar una voz puede ser un juego, pero también puede confundir a quien necesita saber quién está hablando.

  • ¿Qué observa Mullyan además de escuchar las respuestas de Weedah?
  • ¿Cómo podrías comprobar de dónde viene una voz que parece conocida?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La imitación produce una comunidad inexistente y luego el anfitrión intenta hacer dudar al visitante de su percepción. Mullyan rompe ese dispositivo al sumar otra clase de evidencia: caminos que llegan y no regresan. La resolución reproduce la forma del asesinato contra su autor, sin devolver la vida a las víctimas. El ave final conserva la capacidad que permitió el crimen, separada de aquel campamento letal.

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