Galah observa a Oolah junto a un arbusto espinoso, con el bubberah curvo en el aire antes del accidente.

Río Narran, Nueva Gales del Sur, Australia · atribución histórica de Parker · Relato tradicional

Galah y el lagarto Oolah

Relatos del río Narran · recopilación de Parker

2 min de lectura12+ años · edad orientativa
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Oolah, el lagarto, se cansó de quedarse al sol sin hacer nada. Sacó sus bumeranes y empezó a practicar.

Usaba bubberahs, más pequeños y curvos que otros bumeranes. Cuando los lanzaba bien, regresaban a su mano.

Galah, la cacatúa de colores vivos, se acercó a mirar. A Oolah le gustó tener público. Quiso lucirse: le dio un giro extra al bubberah y lo arrojó con todas sus fuerzas.

El arma silbó por el aire y volvió. Al pasar junto a Galah le golpeó la parte superior de la cabeza y le arrancó plumas y piel.

Galah lanzó un grito áspero. Volaba de un lado a otro y, cada tanto, bajaba y se golpeaba la cabeza contra el suelo. Oolah vio la sangre y se asustó. Se deslizó hasta un arbusto de bindeah para esconderse.

Una cacatúa rosada aletea y grita en el aire entre plumas que caen, mientras el lagarto corre asustado a esconderse bajo un arbusto espinoso.

Pero Galah lo había visto. Lo siguió sin dejar de gritar, lo atrapó con el pico y lo hizo rodar sobre el arbusto. Las espinas le perforaron la piel. Después frotó su propia cabeza ensangrentada contra el cuerpo del lagarto.

—Desde ahora vas a llevar siempre estas espinas y la mancha de mi sangre —le dijo.

Oolah silbó de dolor.

—Y tú seguirás con la cabeza pelada mientras yo sea un lagarto rojo y espinoso.

Por eso, cuenta el relato, debajo de la cresta de Galah queda un lugar sin plumas. Y en su tierra hay lagartos rojizos, cubiertos de puntas como las espinas del bindeah.

Al atardecer, la cacatúa, con un pequeño lugar sin plumas bajo la cresta, mira desde una rama al lagarto, ahora rojizo y cubierto de espinas.
Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

Para conversar con chicos

Oolah quiere mostrar lo bien que hace algo y termina lastimando a quien lo mira. Después se esconde. Galah responde haciendo daño también. Podemos pensar qué ayuda necesitarían tras el accidente y qué diferencia habría si Oolah se quedara para hacerse responsable.

  • ¿Qué cambia cuando Oolah intenta lucirse ante Galah?
  • ¿Cómo podría reconocer el daño sin esconderse ni responder con más daño?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La herida inicial es accidental, aunque nace de una exhibición imprudente. La represalia es deliberada y convierte la sangre de la víctima en marca del otro cuerpo. Las maldiciones atan sus duraciones: ninguna de las dos señales desaparece. El origen de los rasgos animales se sostiene así en una memoria recíproca del daño, sin una instancia que lo repare.

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