Una joven sigue a siete cuervos bajo un cielo de estrellas.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

Los siete cuervos

Una hermana hasta el fin del mundo

6 min de lectura12+ años · edad orientativa
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Un hombre y una mujer tenían siete hijos. Cuando nació una niña, la alegría llenó la casa; pero la recién nacida era tan pequeña y débil que sus padres temieron perderla. Quisieron bautizarla enseguida. El padre mandó a uno de los chicos a buscar agua al manantial y los otros seis fueron con él.

Todos querían ayudar. Se amontonaron alrededor del cántaro, cada uno intentó llenarlo primero y, entre tantos tirones, el recipiente cayó al fondo. Los siete se quedaron mirándose. Ninguno se animaba a regresar con las manos vacías.

Siete niños se inclinan alrededor de un manantial de piedra y miran, preocupados, el cántaro hundido en el agua.

En la casa, el padre esperaba cada vez más impaciente.

—¡Seguro se quedaron jugando! —exclamó—. ¡Ojalá se convirtieran en cuervos!

Apenas terminó de decirlo, oyó un aleteo sobre el techo. Salió y vio siete aves negras que se alejaban. Su enojo se convirtió en horror. Los padres llamaron a sus hijos, lloraron y desearon retirar aquellas palabras, pero la maldición ya estaba hecha.

Frente a la casa, el padre mira horrorizado siete cuervos que se alejan sobre el techo; la madre sostiene a la recién nacida en la puerta.

La niña sobrevivió y creció. Durante años no supo que había tenido hermanos. Hasta que un día escuchó a unos vecinos comentar que, por ella, siete chicos habían desaparecido. Corrió a su casa y exigió que le contaran la verdad.

Sus padres se la dijeron. También le aseguraron que no tenía culpa: había sido una recién nacida y no había hecho nada. Aun así, desde entonces pensó continuamente en los siete cuervos. Quería conocerlos y traerlos de vuelta.

Una mañana emprendió el viaje. Llevó un anillo de sus padres, un pan, una jarrita de agua y una sillita para descansar. Caminó por pueblos y campos, cruzó bosques y siguió andando hasta llegar al fin del mundo.

Primero visitó al sol. Era demasiado ardiente y terrible; en aquel lugar se decía que devoraba niños. La joven huyó. Después llegó a la luna, pero allí hacía un frío insoportable, y la luna murmuró que olía carne humana. Volvió a escapar.

Por fin encontró a las estrellas. Cada una estaba sentada en una sillita, y todas la recibieron con bondad. La estrella de la mañana se levantó y le dio un huesito de pollo.

En un cielo azul profundo, unas estrellas luminosas sentadas en sillitas reciben a la joven; la estrella de la mañana le ofrece un huesito.

—Tus hermanos viven en la montaña de cristal. Esto te servirá para abrirla.

La muchacha envolvió el regalo en un pañuelo y reanudó la marcha. Después de un largo camino vio la montaña: brillaba como si todo el hielo del invierno se hubiera vuelto transparente. Buscó la puerta, sacó el pañuelo y lo abrió.

Estaba vacío.

Frente a la puerta de una montaña de cristal, la joven mira desconsolada un pañuelo abierto y vacío.

Revisó su ropa, la jarrita y la bolsa. El huesito se había perdido. Había llegado tan lejos y la entrada seguía cerrada. En la desesperación, sacrificó uno de sus dedos para reemplazar la llave. La puerta de cristal cedió y la joven pudo entrar.

Un hombrecito salió a recibirla.

—¿A quién buscas?

—A mis hermanos, los siete cuervos.

—Todavía no volvieron. Puedes esperarlos.

Dentro había una mesa con siete platos y siete vasos. La muchacha, hambrienta después del viaje, probó un bocado de cada plato y un sorbo de cada vaso. En el último dejó caer el anillo de sus padres. Después se apartó detrás de la puerta.

Llegó un ruido de alas. Los siete cuervos entraron y se sentaron a comer.

—Alguien probó mi comida —dijo uno.

—Y alguien bebió de mi vaso —dijo otro.

Todos reconocieron que había pasado un ser humano. El último cuervo levantó su vaso y sintió el anillo. Lo dejó sobre la mesa y lo miró con atención.

Siete cuervos alrededor de una mesa con platitos y vasos miran un anillo de oro; detrás de una puerta, la joven espía con esperanza.

—Este anillo es de nuestros padres. Si nuestra hermana estuviera aquí, podríamos recuperar nuestra forma.

La joven salió de su escondite. No tuvo que decir ninguna palabra mágica. En cuanto la vieron, las plumas desaparecieron y los siete hermanos volvieron a ser hombres. La rodearon, la abrazaron y escucharon la historia de su viaje.

En la sala de cristal, siete jóvenes abrazan a su hermana entre lágrimas y risas mientras caen las últimas plumas negras.

Después salieron juntos de la montaña. Ya no hubo puertas que abrir ni estrellas a las que preguntar. Tomaron el camino de regreso, ocho hermanos que por fin se conocían, y llegaron a la casa donde sus padres todavía los esperaban.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

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Para reflexionar

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Con chicos

La hermana emprende una búsqueda por algo que ocurrió cuando era una bebé. Sus padres le dicen que no tiene la culpa, aunque los vecinos la habían señalado. En el viaje encuentra amenazas, ayuda y una puerta que abre lastimándose. Esa escena pertenece a la magia del cuento; podemos cuestionar que el relato ponga semejante costo en su camino y mirar cuánto significan el anillo y el reconocimiento.

  • ¿Qué diferencia encuentras entre querer ayudar a sus hermanos y sentirse responsable de lo que les pasó?
  • ¿Qué otras posibilidades imaginas para abrir la montaña cuando se pierde la llave?

Una mirada adulta

La palabra del padre transforma una sospecha en una condena antes de conocer lo sucedido. Años después, otra palabra injusta, la de los vecinos, hace recaer la pérdida sobre la hermana recién nacida. Aunque sus padres desmienten esa culpa, es ella quien emprende la reparación y soporta su costo corporal. Su viaje puede leerse como el esfuerzo por recuperar un vínculo anterior a su memoria, pero el sacrificio no prueba que tuviera una deuda que pagar. El anillo devuelve una pertenencia; la presencia de la hermana rompe la maldición. El reconocimiento familiar repara lo que la acusación había separado, sin volver justa aquella exigencia de sufrimiento.

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