Tres hermanos se reúnen ante su casa con las herramientas de sus oficios.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

Los tres hermanos

La casa y los oficios

5 min de lectura8+ años · edad orientativa
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Un hombre tenía tres hijos y una casa. No poseía campos ni ahorros que repartir, pero quería a los tres por igual. Cada uno deseaba heredar la casa, y el padre no quería venderla: allí habían vivido sus abuelos y los abuelos de sus abuelos.

Después de pensarlo mucho, reunió a sus hijos.

—Salgan a conocer el mundo y aprendan un oficio. Cuando vuelvan, el que haga la obra más extraordinaria se quedará con la casa.

Frente a la casa, el padre habla con sus tres hijos y señala el camino que lleva lejos.

Los hermanos aceptaron. Fijaron una fecha para regresar y se despidieron en una encrucijada. El mayor decidió ser herrero; el segundo, barbero; el menor, maestro de esgrima.

Cada uno encontró un buen maestro y se dedicó a aprender. El herrero empezó por mantener encendida la fragua y terminó herrando los caballos del rey. El barbero, después de practicar durante mucho tiempo, afeitaba a los señores más exigentes de la ciudad. El espadachín recibió más golpes de los que quería recordar, pero volvía a intentarlo cada mañana. Poco a poco aprendió a mover la espada con una rapidez asombrosa.

Los tres pensaban en la casa. El herrero imaginaba su taller junto al patio. El barbero veía una silla frente a la ventana. El menor soñaba con enseñar esgrima en el jardín.

Llegado el día, regresaron. El padre los abrazó y los invitó a sentarse afuera. Los hermanos se miraban, sin saber cómo demostrar lo que habían aprendido. Entonces una liebre cruzó el campo a toda velocidad.

—Ahora van a ver —dijo el barbero.

Preparó espuma en una palangana y corrió al encuentro del animal. Sin detenerlo, le enjabonó los bigotes y se los afeitó con tanta precisión que no le hizo un solo rasguño. La liebre siguió su carrera sin enterarse de aquella visita a la barbería.

El hermano barbero corre junto a una liebre y acerca la navaja a sus bigotes enjabonados mientras su padre y sus hermanos observan.

El padre abrió los ojos, maravillado.

—Muy difícil va a ser superar eso.

En ese momento apareció un carruaje. Sus caballos galopaban por el camino. El herrero tomó sus herramientas y salió corriendo a su lado. Con movimientos que parecían relámpagos, quitó las cuatro herraduras de uno de los caballos y le puso cuatro nuevas, sin que el animal dejara de galopar.

El hermano herrero corre junto al caballo de un carruaje y trabaja con un martillo en una herradura de su pata levantada.

—¡Esto sí que no lo había visto nunca! —exclamó el padre—. No sé a cuál elegir.

El hermano menor miró el cielo. Había empezado a llover.

—Me toca.

Desenvainó la espada y la hizo girar sobre su cabeza. La hoja se movía tan rápido que desvió cada gota. La lluvia aumentó. El camino se llenó de charcos y los otros tuvieron que refugiarse bajo el alero, pero el espadachín siguió en medio del jardín, completamente seco.

El hermano menor gira una espada sobre su cabeza bajo la lluvia; su padre y sus hermanos se refugian bajo el alero.

El padre decidió que aquella era la prueba más extraordinaria. Le dio la casa al menor. Los otros dos aceptaron el resultado, tal como habían prometido.

Entonces el nuevo dueño abrió la puerta.

—¿Y para qué voy a querer una casa tan grande sin ustedes? Hay lugar para los tres.

El menor abre la puerta de la casa y recibe a sus hermanos con la mano extendida mientras su padre sonríe sentado cerca.

Así, el herrero tuvo su taller junto al patio; el barbero puso una silla frente a la ventana; y el maestro de esgrima enseñó en el jardín. Como eran excelentes en sus oficios, nunca les faltó trabajo. Vivieron juntos, se ayudaron y llegaron a viejos bajo el mismo techo.

En la casa compartida, el herrero trabaja en su taller junto al patio, el barbero afeita a un cliente frente a la ventana y el maestro de esgrima enseña en el jardín.

Cuando uno murió, los otros sintieron una tristeza profunda. No pasó mucho tiempo antes de que también enfermaran y murieran. Los enterraron juntos, como habían vivido. La casa, que una vez estuvo a punto de separarlos, había sido durante toda su vida el lugar donde podían encontrarse.

Fin

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Con chicos

Los hermanos aprenden oficios muy distintos y hacen cosas imposibles: afeitar una liebre que corre, herrar un caballo al galope y desviar la lluvia con una espada. El padre elige un ganador, pero el ganador abre la casa para los tres. Puedes pensar qué lugar tendría cada oficio bajo ese techo. El cuento también acompaña a los hermanos hasta la vejez y la muerte.

  • ¿Cómo compararías esas tres pruebas si te tocara elegir, y qué tendrías en cuenta?
  • ¿Qué cambia entre los hermanos cuando el menor los invita a vivir con él?

Una mirada adulta

El padre transforma una herencia indivisible en una competencia entre destrezas que no tienen una medida común. La invitación del ganador cambia el sentido de la victoria: conserva la propiedad de la casa, pero abre su uso a los tres proyectos. La convivencia aparece como una decisión capaz de desarmar la exclusión que parecía inevitable. Al final, la cercanía se prolonga hasta las muertes y el entierro compartido. Esa imagen lleva la unión fraterna a un extremo melancólico; expresa la intensidad del vínculo en este cuento, sin convertir una vida inseparable en la única forma de quererse.

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