Dos duendes con ropa verde y ocre sonríen sobre una mesa; el zapatero y su mujer miran desde detrás de unas prendas.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

Los duendes zapateros

Una ayuda de medianoche

5 min de lectura6+ años · edad orientativa
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Un zapatero se había quedado sin dinero, aunque trabajaba con cuidado y nunca engañaba a nadie. Una tarde contó sus monedas y revisó el estante del taller. Solo le quedaba cuero para un par de zapatos.

Lo cortó despacio, procurando que no se desperdiciara ni una esquina. Dejó las piezas sobre la mesa, ordenó la aguja y el hilo y se fue a dormir. Al día siguiente tendría que coser aquel último par y esperar un comprador.

El zapatero, preocupado, corta las últimas piezas de cuero a la luz de una vela.

Pero cuando abrió el taller, los zapatos ya estaban terminados.

El zapatero miró debajo de la mesa y detrás de la puerta. No había nadie. Levantó uno de los zapatos, lo acercó a la luz y revisó la costura. Todas las puntadas estaban parejas. La suela era firme; el cuero, flexible. Ni él mismo habría podido hacer un trabajo mejor.

Por la mañana, el zapatero levanta hacia la luz de la ventana un zapato terminado y examina la costura, asombrado.

Esa mañana entró un cliente. Los zapatos le gustaron tanto que pagó por ellos más de lo habitual. Con ese dinero, el zapatero compró cuero para dos pares y algo de comida. Por la noche volvió a dejar las piezas cortadas sobre la mesa.

A la mañana siguiente encontró los dos pares listos.

Los vendió y compró material para cuatro. Después fueron ocho. Cada noche cortaba el cuero y cada mañana aparecía el trabajo terminado. El taller se llenó de clientes. El hombre pudo pagar sus deudas, reparar el techo y sentarse a cenar sin hacer cuentas entre bocado y bocado.

El zapatero muestra un zapato terminado a un cliente sonriente, con más pares ordenados en los estantes.

Faltaba poco para Navidad cuando le dijo a su mujer:

—Alguien nos está ayudando. Me gustaría saber quién es.

—Entonces esta noche nos quedamos despiertos.

Encendieron una vela y se escondieron detrás de unas prendas colgadas en un rincón. El taller quedó silencioso. Pasaron las horas. Cuando dieron las doce, aparecieron dos pequeños duendes sin ropa. Saltaron a la mesa, tomaron las piezas de cuero y empezaron a trabajar.

Sus dedos iban tan rápido que apenas se los podía seguir con la mirada. Uno cosía, el otro martillaba; después intercambiaban las herramientas sin decir una palabra. Tac, tac, tac. El zapatero contenía la respiración. En poco tiempo todos los pares estuvieron alineados sobre la mesa. Los duendes dieron un último vistazo y se marcharon.

El zapatero y su mujer observan desde detrás de unas prendas a dos duendes que cosen y martillan zapatos entre piezas de cuero.

A la mañana siguiente la mujer dijo:

—Nos sacaron de un apuro enorme y andan sin nada que los abrigue. Voy a coserles ropa. Tú podrías hacerles zapatos.

El zapatero sonrió. Por primera vez en mucho tiempo eligió cuero sin pensar en vender el resultado. Midió a ojo dos suelas diminutas, las recortó y trabajó con todo su cuidado. Su mujer preparó camisas, pantalones, chalecos y medias. Hicieron dos conjuntos completos.

La noche de Navidad dejaron los regalos sobre la mesa. No pusieron cuero para coser. Se escondieron otra vez.

Dos pequeños conjuntos de ropa, medias y zapatos esperan sobre la mesa mientras el zapatero y su mujer miran desde su escondite.

A medianoche llegaron los duendes y se detuvieron, sorprendidos. Tocaron una manga, levantaron una media, probaron los zapatos. Enseguida comprendieron. Se vistieron a toda velocidad y se miraron uno al otro, encantados con su aspecto.

—¡Qué elegantes estamos! —cantaron—. ¡Hoy dejamos el banco y salimos a pasear!

Bailaron sobre la mesa, saltaron de una silla a otra y salieron dando vueltas por la puerta. El zapatero y su mujer se rieron desde su escondite, contentos de haber acertado con los regalos.

Dos duendes vestidos de verde y ocre bailan con sus zapatos nuevos sobre la mesa; el matrimonio sonríe detrás de unas prendas colgadas.

Los duendes no volvieron al taller. Ya no hacía falta. El zapatero tenía materiales, clientes y trabajo; cada mañana se sentaba a coser con sus propias manos. Le fue bien durante el resto de su vida. Y aunque nunca supo de dónde habían venido sus pequeños ayudantes, siempre recordó el sonido de aquellos zapatos nuevos bailando sobre su mesa.

Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

En este taller pasan cosas mientras todos duermen. Primero aparecen zapatos; después, ropa pequeña hecha con mucho cuidado. El zapatero y su mujer miran qué podrían necesitar sus visitantes y preparan una sorpresa. Los duendes se visten, bailan y salen a pasear. Puedes detenerte en ese baile e imaginar cómo se sienten los cuatro cuando la ayuda termina y cada uno sigue su camino.

  • ¿Qué detalle de los regalos te gustaría mirar de cerca?
  • ¿Qué piensas que recordarían los duendes de aquella noche?

Una mirada adulta

La prosperidad del taller depende al principio de un trabajo que nadie ve. Cuando el zapatero y su mujer descubren a los duendes, dejan de mirar solo los zapatos terminados y perciben a quienes los hacen, desprovistos de ropa. El regalo responde a esa necesidad concreta y cambia la dirección de la ayuda. También permite una separación: los duendes reciben el agradecimiento y se van, sin quedar obligados a seguir trabajando. El taller puede sostenerse por sí mismo. El misterio de los visitantes permanece, como si la gratitud no necesitara explicarlo todo ni convertir lo recibido en una deuda interminable.

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