Dos mujeres sacuden una colcha cuyas plumas se convierten en nieve.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

La señora Holle

Donde se sacuden las nubes

6 min de lectura10+ años · edad orientativa
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Una viuda vivía con su hija y su hijastra. A una le perdonaba cualquier cosa; a la otra le daba todo el trabajo de la casa. La hijastra pasaba horas hilando junto al pozo, hasta que el hilo le lastimaba los dedos.

La joven de cabello rubio y vestido verde hila junto al pozo de piedra.

Un día quiso lavar una mancha de sangre del huso y se le cayó al agua. Corrió a contárselo a su madrastra, que no mostró ninguna compasión.

—Si lo tiraste, ve a buscarlo.

La chica regresó al pozo. Miró el agua oscura sin saber qué hacer. En su desesperación saltó, perdió el conocimiento y, cuando abrió los ojos, ya no estaba en el agua: yacía en una pradera llena de flores, bajo un sol tibio.

La hijastra despierta recostada en una pradera llena de flores, bajo un sol tibio, y mira a su alrededor con asombro.

Se levantó y siguió un sendero. Pronto encontró un horno lleno de panes.

—¡Sácanos! —gritaron los panes—. ¡Ya estamos cocidos y nos vamos a quemar!

La chica tomó la pala que estaba al lado y los fue retirando uno por uno. Los dejó enfriar y continuó. Más adelante, un manzano sacudió apenas sus hojas.

Con una pala de madera, la hijastra saca los panes cocidos del horno.

—¡Sacúdeme de verdad! ¡Mis manzanas están maduras!

Ella sujetó el tronco y lo sacudió hasta que no quedó una sola fruta en las ramas. Después juntó las manzanas en un montón para que nadie las pisara.

Al final del camino había una casa. Una anciana de dientes grandes asomó por la ventana. La muchacha dio un paso atrás, asustada, pero la mujer le habló con amabilidad.

—No tengas miedo. Soy la señora Holle. Si quieres quedarte, hay trabajo y comida. Lo más importante es que sacudas bien mi cama: cuando las plumas vuelan aquí, nieva sobre la tierra.

La chica aceptó. Cada mañana ordenaba la casa y sacudía el edredón con todas sus fuerzas. Las plumas giraban alrededor como copos. La señora Holle la trataba bien; siempre había comida suficiente y nadie la reprendía injustamente.

La hijastra sacude el edredón ante la señora Holle mientras vuelan las plumas.

Sin embargo, después de un tiempo, empezó a extrañar. Miraba el camino desde la ventana y pensaba en su casa, aunque allí hubiera sido tan infeliz. Por fin se animó a decirlo.

—Estoy muy bien aquí, pero necesito volver.

—Hiciste tu trabajo con cuidado —respondió la señora Holle—. Yo misma te voy a acompañar.

La condujo hasta un gran portal. Cuando la joven pasó por debajo, cayó sobre ella una lluvia de oro. El oro se quedó adherido a su ropa, a su pelo y a sus manos. La señora Holle le devolvió también el huso perdido.

Bajo el portal, la hijastra sostiene su huso mientras el oro se adhiere a su pelo, sus manos y su ropa.

La puerta se cerró. La muchacha estaba otra vez junto a su casa. El gallo del patio la vio llegar y cantó anunciando que volvía cubierta de oro. Su madrastra y su hermanastra corrieron a recibirla, ahora muy interesadas en todo lo que tenía para contar.

La viuda decidió que su propia hija debía obtener la misma recompensa. La muchacha se sentó junto al pozo, manchó su huso, lo arrojó al agua y saltó detrás. También ella despertó en la pradera.

Los panes le pidieron ayuda.

—No voy a ensuciarme las manos por ustedes —respondió.

Con los brazos cruzados, la otra hermana pasa junto al horno sin sacar los panes; al fondo, un manzano cargado de manzanas.

El manzano le rogó que lo sacudiera.

—¿Para que me caiga una manzana en la cabeza? Ni loca.

Llegó a la casa de la señora Holle y aceptó el trabajo de inmediato. El primer día se esforzó, pensando en el oro. El segundo trabajó menos. El tercero ya no quiso levantarse. Dejaba el edredón inmóvil sobre la cama, así que ninguna pluma volaba y abajo no caía nieve.

La hermana de cabello castaño permanece acostada; el edredón está inmóvil y no vuelan plumas.

Finalmente la señora Holle le dijo que debía irse. La muchacha se alegró: había llegado el momento de cobrar. Caminó hasta el portal mirando hacia arriba, lista para recibir su lluvia dorada.

Pero lo que cayó fue una carga de brea oscura que la cubrió de la cabeza a los pies.

—Esta es la paga por tu servicio —dijo la señora Holle.

La puerta se cerró. La muchacha volvió al patio y el gallo anunció esta vez su llegada cubierta de brea. Su madre intentó limpiarla, pero aquel castigo mágico no se desprendió jamás. El oro de la primera viajera y la brea de la segunda siguieron contando, durante el resto de sus vidas, dos historias muy distintas sobre el mismo camino.

La madre intenta limpiar a su hija, cubierta de brea, mientras el gallo anuncia su regreso.
Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

Las dos viajeras recorren el mismo camino, pero responden de manera distinta a los panes, al manzano y a la señora Holle. También llegan desde situaciones diferentes: una trabaja hasta lastimarse y la otra recibe un trato preferido. Puedes mirar esas diferencias antes de discutir las recompensas. La brea queda para siempre, y el cuento permite preguntarse si esa consecuencia te parece justa o demasiado grande.

  • ¿Qué diferencias encuentras entre el trabajo de la primera chica en su casa y en la casa de Holle?
  • ¿Qué piensas del castigo que recibe la segunda viajera? ¿Qué final propondrías tú?

Una mirada adulta

Las dos jóvenes recorren el mismo camino desde vidas muy distintas: una conoce el trabajo impuesto; la otra, el favoritismo. La repetición hace visibles sus respuestas, pero no las vuelve independientes de esa historia. En el mundo de Holle, las tareas domésticas adquieren una dimensión cósmica: sacudir una cama hace nevar sobre la tierra. El cuidado cotidiano recibe así un reconocimiento que faltaba en la primera casa. La joven, sin embargo, extraña aquel lugar donde fue infeliz. Su regreso conserva esa contradicción, mientras el oro y la brea convierten el juicio de Holle en marcas permanentes, con una severidad que excede las tareas realizadas.

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