Un muchacho lleva una oca dorada mientras una fila de personas lo sigue.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

La oca de oro

Una fila imposible

6 min de lectura7+ años · edad orientativa
Empieza la historia

Selecciona un párrafo para guardar tu lugar. Con el teclado, usa Tab y luego Enter.

Un hombre tenía tres hijos. A los dos mayores los consideraba inteligentes y capaces; al menor lo trataban de tonto y se reían de casi todo lo que hacía.

Una mañana el mayor salió a cortar leña. Su madre le preparó un buen pastel y una botella de vino. En el bosque se encontró con un viejito de pelo gris que le pidió un poco de comida y algo para beber.

—Si te doy, me quedo sin lo mío —respondió el muchacho.

Siguió de largo. Poco después, al golpear un tronco, el hacha se desvió y le lastimó un brazo. Tuvo que volver a su casa para que lo curaran.

En un sendero del bosque, un joven bien vestido pasa de largo abrazando su canasta con comida, mientras un viejito de barba gris sentado en una piedra le tiende la mano.

Al día siguiente fue el segundo hermano, también con pastel y vino. Se encontró con el mismo viejito y contestó del mismo modo. Más tarde se hirió una pierna y no pudo continuar trabajando.

Entonces el menor pidió permiso para ir al bosque. Su padre se burló, pero finalmente lo dejó. La madre le dio una torta sencilla, cocida entre cenizas, y una botella de cerveza agria.

El viejito apareció junto al camino.

—¿Compartes conmigo un bocado?

—No tengo gran cosa —dijo el muchacho—, pero si te sirve, nos sentamos y comemos juntos.

Abrió su paquete y encontró un pastel delicioso. Probó la bebida: se había convertido en buen vino. Comieron conversando bajo los árboles. Al terminar, el viejito señaló un tronco viejo.

En un claro del bosque, un muchacho y un viejito de barba gris ríen sentados en un tronco; el joven muestra asombrado un pastel dorado y el anciano sirve vino de una botella de barro.

—Corta ese árbol. Entre sus raíces vas a encontrar algo para ti.

El muchacho trabajó hasta que el árbol cayó. En el hueco de las raíces había una oca de plumas de oro puro. La levantó con cuidado y, como se hacía tarde, buscó alojamiento en una posada.

Junto a un árbol recién cortado, un muchacho arrodillado entre las raíces levanta con cuidado una oca de plumas doradas que brillan en la penumbra del bosque.

El posadero tenía tres hijas. La mayor vio el ave y pensó que una sola pluma bastaría para hacerla rica. Esperó a que el joven se apartara y estiró la mano. Apenas tocó el ala, los dedos se le quedaron pegados.

La segunda llegó con la misma idea. Tocó a su hermana para pasar por delante y también quedó atrapada. La tercera no entendió los gritos que le pedían que se alejara. Se acercó, sujetó a la segunda y se quedó unida a ellas.

En el cuarto de una posada, una joven tiene los dedos pegados al ala de una oca dorada; su hermana se ha quedado pegada a su hombro y una tercera, que llega corriendo, a la manga de la segunda.

Pasaron la noche junto a la oca. Por la mañana el muchacho la puso bajo el brazo y salió a caminar. Las tres hermanas tuvieron que seguirlo, tropezando cada vez que él doblaba.

Un sacerdote los vio cruzar el campo y quiso separar a la última muchacha. En cuanto la tomó de la mano, quedó pegado. El sacristán salió a recordarle que lo esperaban en la iglesia y lo tomó de la manga. También él se incorporó a la fila.

Dos trabajadores que volvían del campo oyeron los pedidos de ayuda. Dejaron sus herramientas y tiraron del sacristán. Fue inútil: ahora eran siete personas las que avanzaban detrás del joven y de su oca, unas protestando, otras pidiendo que caminaran más despacio.

Llegaron a una ciudad cuyo rey tenía una hija que nunca se reía. El rey había anunciado que daría su mano a quien lograra hacerla reír. El muchacho oyó la noticia y se acercó al palacio con toda su extraña comitiva.

La princesa miró por la ventana. Vio la oca reluciente, las tres hermanas, el sacerdote, el sacristán y los dos trabajadores, todos tratando de avanzar sin pisarse. Uno saltaba un charco y los demás tenían que saltar detrás. Uno perdía el equilibrio y la fila entera ondulaba.

La princesa soltó una carcajada. Después otra. Se rio hasta tener que apoyarse en el marco de la ventana. Nunca había visto una procesión semejante.

Desde la ventana del palacio, una princesa ríe a carcajadas mirando la plaza, donde un muchacho con una oca dorada encabeza una fila de personas pegadas que saltan un charco a los tropezones.

El rey cumplió lo anunciado y se celebró la boda. Con el encantamiento concluido, los integrantes de la fila pudieron volver a sus asuntos. El muchacho que había compartido una comida pobre terminó viviendo en el palacio y, cuando el rey murió, heredó el reino. Conservó durante muchos años el recuerdo de aquella merienda bajo los árboles, donde todo había comenzado con un lugar libre al lado suyo.

Fin

¿Una historia para recordar?

Puedes volver siempre que quieras.

¿Seguimos con otra?

Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Su familia se burla del menor antes de que pueda mostrar qué sabe hacer. En el bosque comparte su comida y encuentra una oca extraordinaria. Después se arma una fila cada vez más disparatada: algunos quedan pegados por querer una pluma y otros por intentar ayudar. Puedes imaginar sus pasos torpes y preguntarte cómo se siente cada persona mientras la princesa se ríe.

  • ¿Qué diferencias hay entre los motivos de quienes terminan pegados a la oca?
  • ¿Cómo contarías la llegada al palacio desde el lugar de una de las personas de la fila?

Una mirada adulta

La desigualdad empieza en la casa: los mayores reciben buena comida y el menor, provisiones pobres junto con el desprecio familiar. Compartir abre para él un camino que la clasificación de su padre no preveía. La oca reúne después en una misma cadena a quienes quieren robar y a quienes intentan ayudar; el encantamiento borra diferencias que el relato deja ver. Esa comitiva provoca la risa que decide la boda. El ascenso del hijo subestimado convive con otra asimetría: de la princesa conocemos la carcajada, pero apenas su voluntad sobre el matrimonio que el padre había ofrecido.

Preferencias de lectura

Tamaño de texto
21 px

¿Qué quieres leer?

Escribe al menos 2 caracteres.