Tres hilanderas transforman el lino en hilo ante la joven que les pidió ayuda.

Grimm · lengua alemana · colección literaria de Jacob y Wilhelm Grimm, mediación inglesa de Margaret Hunt · Relato tradicional

Las tres hilanderas

Grimm · lengua alemana · adaptación de fuente histórica

5 min de lectura10+ años · edad orientativa
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Una muchacha no quería hilar. Su madre insistía, pero no conseguía que se pusiera a trabajar. Un día perdió la paciencia y le pegó. La joven lloró tan fuerte que la reina, que pasaba en su carruaje, la oyó desde el camino.

La reina bajó y preguntó por qué la golpeaban. A la madre le dio vergüenza admitir que su hija no quería hilar y dijo lo contrario:

—No consigo que deje la rueca. Quiere hilar todo el tiempo y soy demasiado pobre para comprarle tanto lino.

—No hay sonido que me guste más que una rueca trabajando —respondió la reina—. Mándala conmigo al palacio. Allí tengo lino de sobra.

Frente a una casa campesina, una reina recién bajada de su carruaje escucha a una mujer mientras la hija, en la puerta, se seca las lágrimas.

La madre aceptó encantada. La reina llevó a la muchacha a tres habitaciones llenas de lino hasta el techo.

—Hila todo esto. Cuando termines, te casarás con mi hijo mayor. No me importa que seas pobre: tu laboriosidad será dote suficiente.

La joven quedó aterrada. No habría terminado ni viviendo trescientos años y trabajando de la mañana a la noche. Cuando la dejaron sola, se sentó a llorar. Pasó así tres días, sin mover un dedo.

Vista desde arriba de una habitación de castillo llena de lino hasta el techo; abajo, una joven llora sentada junto a una rueca.

La reina volvió y se sorprendió al encontrar todo igual. La muchacha dijo que la pena de haberse alejado de su madre no le había permitido empezar. La reina aceptó la explicación, pero le ordenó comenzar al día siguiente.

Desesperada, la joven se acercó a la ventana. Vio a tres mujeres. Una tenía un pie muy ancho y plano; otra, un labio inferior tan grande que le colgaba sobre el mentón; la tercera, un pulgar muy ancho.

Se detuvieron y le preguntaron qué le pasaba. Al escuchar su problema ofrecieron ayudarla.

—Vamos a hilar todo en poco tiempo, si prometes invitarnos a tu boda, llamarnos tías, sentarnos a tu mesa y no avergonzarte de nosotras.

Desde atrás de la joven asomada a una ventana del castillo, se ven abajo tres ancianas que la miran sonriendo.

La muchacha aceptó de todo corazón y las hizo pasar. Les preparó sitio en la primera habitación. Una sacaba la hebra y movía el pedal; otra la humedecía con la lengua; la tercera la retorcía y golpeaba la mesa con el dedo. A cada golpe caía al suelo una madeja de hilo finísimo.

La joven las mantuvo ocultas. Cada vez que llegaba la reina le mostraba las madejas y recibía grandes elogios. Cuando vaciaron la primera habitación, pasaron a la segunda y después a la tercera. Pronto no quedó nada por hilar.

En un pasillo de piedra, la joven, apoyada contra una puerta cerrada, muestra madejas de hilo blanco a la reina, que las admira.

Las tres mujeres se despidieron.

—No olvides tu promesa. De ella depende tu buena suerte.

La reina vio las habitaciones vacías y la enorme cantidad de hilo, y ordenó preparar la boda. El príncipe estaba feliz de tener una novia tan hábil y trabajadora.

—Tengo tres tías que fueron muy buenas conmigo —le dijo ella—. No quiero olvidarlas ahora. ¿Puedo invitarlas y sentarlas con nosotros?

La reina y su hijo no pusieron reparos.

Durante el banquete llegaron las tres mujeres con ropas extrañas. La novia las saludó con cariño, llamándolas tías. El príncipe, en cambio, se mostró disgustado por su aspecto y preguntó de dónde había sacado aquellas amistades.

Se acercó a la primera.

—¿Por qué tienes un pie tan ancho?

—De pisar el pedal, de tanto pisarlo.

A la segunda le preguntó por el labio colgante.

—De lamer el hilo, de tanto lamerlo.

A la tercera le preguntó por el pulgar.

—De retorcer la hebra, de tanto retorcerla.

El príncipe se alarmó.

—¡Mi hermosa esposa no va a tocar una rueca nunca más!

En la mesa de bodas, el príncipe se pone de pie alarmado ante las tres ancianas mientras la novia oculta una sonrisa.

Y así la joven se libró del trabajo de hilar que tanto detestaba.

Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

Para conversar con chicos

Las hilanderas no piden oro: quieren que la muchacha las reconozca y las siente a su lado. Ella cumple esa parte del acuerdo, aunque el príncipe las mire con desprecio.

  • ¿Qué habría significado invitarlas pero esconderlas lejos de la mesa de los novios?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La promesa de ascenso social se apoya en un trabajo femenino que luego se vuelve indeseable al mostrar sus huellas corporales. La novia consigue dejar de hilar gracias a quienes lo hacen por ella; cumple con reconocerlas como familia, aunque mantiene oculto el verdadero reparto de la labor.

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