Un chico abriga con su chaqueta una piedra blanca junto a la leña que recogió.

Tradición noruega, recopilada por Peter Christen Asbjørnsen y traducida al inglés por George Webbe Dasent · Cuento tradicional

La moneda honrada

Un pequeño encargo que volvió multiplicado

5 min de lectura9+ años · edad orientativa
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Una mujer pobre vivía con su hijo en una cabaña del bosque. Una tarde de otoño lo mandó a juntar leña. El chico corría y se golpeaba los brazos contra el pecho para calentarse las manos.

Cuando ya volvía, vio una piedra blanca y torcida.

—Pobrecita. Debes de estar helada.

Se sacó la chaqueta y la dejó sobre la piedra. Su madre se enojó al verlo llegar en mangas de camisa.

El chico deja su chaqueta sobre una piedra blanca junto a la leña recogida.

—¡Una piedra no siente frío! Bastante cuesta vestirte. Cada uno tiene que pensar primero en sí mismo. Ve a buscar tu chaqueta.

Al volver, el chico encontró la piedra levantada de un lado. Debajo había una caja llena de monedas de plata.

El niño, en mangas de camisa, descubre debajo de la piedra blanca levantada una caja abierta llena de monedas de plata.

Pensó que debían ser robadas: ¿quién escondería dinero honrado en un lugar así? Llevó la caja a una laguna y la arrojó al agua. Todo se hundió, salvo una moneda que quedó flotando.

—Esa sí es honrada —decidió, y la recogió.

El chico recoge una sola moneda de plata que flota en la laguna.

Su madre se enfureció cuando supo lo que había hecho. Podrían haber vivido de aquel dinero, le dijo. Después lo echó para que se ganara el pan por su cuenta.

Desde la puerta de la cabaña, la madre, furiosa, señala el camino del bosque mientras el niño se aleja con la cabeza baja.

El chico recorrió muchos lugares buscando trabajo. Todos lo consideraban demasiado pequeño, hasta que un mercader lo aceptó para llevar agua y leña a la cocina.

Tiempo después, el mercader preparó un viaje. Les preguntó a sus empleados qué querían que les trajera. El chico le dio su única moneda.

—Compra lo que alcance. Es honrada, eso lo sé.

En la cocina del mercader, el niño le ofrece en la palma de la mano su única moneda de plata mientras otros dos criados observan.

El hombre prometió hacerlo. Pero en el puerto extranjero estuvo tan ocupado que recordó el encargo cuando ya iba a embarcarse. Cerca pasaba una mujer con una bolsa. Llevaba un gato que no podía alimentar y pensaba arrojar al mar.

El mercader le compró el animal por la moneda del chico y lo subió al barco.

El mercader lleva a bordo el gato que compró con la moneda del chico.

Una tormenta lo empujó hasta un país desconocido. Entró en una posada y vio una vara junto a cada plato. Cuando sirvieron la comida, aparecieron cientos de ratones. Los comensales golpeaban la mesa para alejarlos; apenas podían llevarse un bocado a la boca.

Allí nadie conocía los gatos. El mercader trajo el suyo, los ratones huyeron y todos pudieron comer tranquilos. Le pidieron tanto que lo vendiera que al final aceptó cien táleros.

Pero, ya en alta mar, encontró al gato en lo alto del mástil. Otra tormenta lo llevó a un segundo país. En la posada usaban varas más grandes, porque los ratones eran todavía más numerosos y enormes. El gato volvió a resolver el problema y el mercader lo vendió por doscientos táleros.

Cuando el barco se alejó, allí estaba otra vez el gato, sobre el mástil. Llegó una tercera tormenta y otro puerto desconocido. Esta vez las posadas estaban invadidas por ratas gigantes. El mercader llevó al gato y recibió trescientos táleros por él.

En una posada del tercer puerto, el mercader suelta al gato y huyen ratas gigantes, tan grandes como él, mientras el posadero le entrega una bolsa de dinero.

De regreso pensó en los seiscientos táleros que había ganado con la moneda del chico.

—Algo le daré, pero no todo. Fui yo quien compró el gato. Cada uno tiene que pensar primero en sí mismo.

Apenas lo pensó, se desató una tormenta que parecía capaz de hundir el barco. El mercader prometió entonces entregar hasta la última moneda. El mar se calmó y un buen viento los llevó a casa.

En medio de la tormenta, el mercader alza una mano y sostiene una bolsa abierta de monedas sobre la cubierta inclinada.

Cumplió su promesa. Con el tiempo, el muchacho se casó con la hija del mercader y vivió sin las necesidades de antes. También mandó buscar a su madre y la cuidó tan bien como a sí mismo.

El protagonista, ya mayor, recibe a su madre en su nueva casa.

—No creo que cada uno tenga que pensar solamente en sí mismo —decía.

Fin

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Detrás de esta historia.

Retrato ilustrado de Peter Christen Asbjørnsen joven, con gafas redondas y cabello oscuro, basado en un grabado histórico.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador

Peter Christen Asbjørnsen

Peter Christen Asbjørnsen reunió cuentos noruegos que circularon en distintas versiones. Ocho relatos de esta biblioteca proceden de Tales from the Fjeld, publicado en inglés en 1874: un panqueque fugitivo, tres preguntas difíciles y una moneda honrada son algunas de sus puertas...

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Con chicos

El chico trata de cuidar incluso a una piedra. Sus decisiones no siempre parecen razonables, pero cuando consigue dinero no olvida a su madre. El mercader repite la misma frase que ella y debe decidir si cumple su promesa.

  • ¿Qué frase aparece primero en la madre y después en el mercader?
  • ¿Qué cambia en los tres países cuando llega el gato?

Una mirada adulta

La inocencia del protagonista convive con una lógica mágica que premia el desprendimiento. No hace falta validar su sospecha sobre el dinero ni su prueba de flotación para leer su generosidad. El cierre transforma la consigna egoísta mediante un cuidado que no exige reciprocidad previa.

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