Iktomi lleva sobre los hombros a un coyote que entreabre un ojo mientras atraviesan la pradera.

Tradición Dakota · versión de Zitkala-Ša · Relato tradicional

Iktomi y el coyote

Un pasajero demasiado quieto

5 min de lectura10+ años · edad orientativa
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Iktomi atravesaba la pradera bajo el sol del verano. Caminaba entre las hierbas altas, sin seguir ningún sendero. De pronto vio algo gris, redondo y quieto al abrigo de una mata de salvia. Se inclinó hacia un lado, después hacia el otro, y estiró el cuello para mirar mejor.

Era un coyote. Tenía el hocico escondido entre las patas y la cola enroscada alrededor del cuerpo. Iktomi avanzó despacio, apoyando primero la punta de un pie y después la del otro. El animal no se movió.

Se agachó hasta acercar la oreja a su nariz. No oyó una respiración. Los párpados permanecían cerrados.

—Muerto —dijo—. Pero hace poquito. Todavía tiene una pluma fresca enganchada en la pata.

Junto a una mata de salvia, un coyote duerme enroscado con los ojos cerrados; un hombre de pelo largo, en cuclillas, acerca la oreja a su hocico con cara de entusiasmo.

Lo tocó. El cuerpo estaba tibio. Iktomi se relamió, convencido de que aquella tarde iba a comer sin necesidad de salir a cazar. Sujetó las patas del coyote y se lo echó sobre los hombros.

Su vivienda quedaba lejos. A medida que avanzaba, el peso se hacía sentir y el sudor le corría por la cara. Cada tanto cerraba los ojos con fuerza para que no le entrara en ellos. Sin embargo, seguía pensando en la carne asada que tendría al terminar el viaje.

Sobre su espalda, el coyote había abierto los ojos. Miraba el cielo y sonreía, sin que Iktomi pudiera verlo.

«Caminar con las propias patas cansa», pensaba. «Esto de que a uno lo lleven es mucho más divertido».

El balanceo lo fue adormeciendo. Se dejó transportar sin hacer el menor esfuerzo, hasta que los pasos se detuvieron. En el instante siguiente, Iktomi lo soltó. El golpe contra el suelo fue tan fuerte que al coyote se le quitaron las ganas de respirar por un momento. Después prefirió seguir quieto y averiguar qué pasaría.

Iktomi tarareaba mientras juntaba ramas de sauce. Las quebró sobre la rodilla, preparó un fuego al aire libre y lo alimentó hasta que las llamas se levantaron rojas y amarillas. El coyote observaba todo por entre los párpados.

Un hombre arrodillado quiebra ramas de sauce y alimenta una fogata; a unos pasos, un coyote tendido en la hierba lo espía con un ojo entreabierto.

Entonces Iktomi volvió a tomarlo de las patas. Lo balanceó una vez, otra, y lo arrojó hacia el fuego.

El aire caliente le golpeó el hocico. Apenas cayó sobre las brasas, el coyote giró y saltó afuera. Con las patas desparramó carbones encendidos sobre los brazos y los hombros de Iktomi.

Iktomi se quedó con la boca abierta. Creyó estar viendo a un espíritu salir de su fogata. Se tapó la cara con una mano y sopló una quemadura del brazo, mientras el coyote se revolcaba en la hierba hasta apagar el fuego del pelo.

En medio de una lluvia de chispas, un coyote salta fuera de la fogata mientras el hombre retrocede con la boca abierta y se cubre la cara.

Ya a salvo, el animal se sentó al otro lado de las llamas y se rio de su transportista.

—Otra vez, amigo, no des tantas cosas por sabidas. ¡No prepares el asado antes de comprobar que tu enemigo está muerto!

Del otro lado de una fogata humeante, un coyote sentado se ríe con la boca abierta; de este lado, el hombre se sopla el brazo con cara de fastidio.

Después salió corriendo por la pradera, tan rápido que la cola le quedó estirada detrás del lomo.

Fin

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Detrás de esta historia.

Retrato ilustrado de Zitkala-Ša, de cabello largo y mirada elevada, basado en la fotografía de Joseph Turner Keiley de 1898.
Ilustración de su mundo literario

Autora

Zitkala-Ša

Zitkala-Ša fue una escritora, música y defensora de los derechos indígenas, perteneciente al pueblo Yankton Dakota. En Old Indian Legends, publicado en 1901, dio forma literaria en inglés a relatos vinculados con la tradición oral. Su escritura permite encontrarse con Iktomi, animales...

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Para reflexionar

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Con chicos

El coyote está vivo, pero Iktomi no lo sabe. Al principio, el paseo parece divertido; después, el fuego pone al coyote en peligro. Puedes buscar el momento en que la risa empieza a cambiar.

  • ¿En qué momento deja de parecer divertido el viaje del coyote?
  • ¿Qué vio Iktomi y qué supuso sin comprobarlo?
  • ¿Por qué te parece que el coyote siguió quieto cuando llegaron?

Una mirada adulta

El lector conoce el secreto del coyote y comparte por un momento la comodidad de su engaño. Iktomi imagina una comida sin esfuerzo de caza; el animal, un viaje sin caminar. Los dos actúan sobre una ventaja que creen controlar y subestiman los riesgos de esa confianza. El fuego rompe esa complicidad cómica: la ficción de estar muerto casi se vuelve cierta y la fuga hiere al transportista. La burla final permite al coyote recuperar la superioridad, sin deshacer las quemaduras ni convertir la salida en reconciliación.

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