Un viajero observa a un pájaro posar una hoja verde sobre otra ave caída.

Tradición literaria judía · Gerald Friedlander · edición estadounidense de 1920 · Relato tradicional

La hoja que devolvía la vida

Relatos judíos en la versión de Gerald Friedlander

4 min de lectura13+ años · edad orientativa
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Un hombre dedicado a la oración vivía junto al Éufrates, en Babilonia. Decidió viajar a Jerusalén para pasar allí sus últimos días. Caminó hasta el atardecer y se sentó a descansar, pero los pájaros de un árbol cercano hacían demasiado ruido para dejarlo dormir.

Dos de ellos peleaban. Uno terminó matando al otro, y las demás aves huyeron. El viajero siguió mirando. Poco después apareció un pájaro grande con una hoja verde en el pico. La apoyó sobre la cabeza del ave muerta.

El pájaro caído se levantó, sacudió las plumas y salió volando.

El hombre corrió a recoger la hoja.

—Con esto podré devolverles la vida a los muertos cuando llegue a Tierra Santa —pensó—. Tal vez venga del árbol de la vida, del jardín del Edén.

Arrodillado bajo un árbol al anochecer, el viajero sostiene con asombro una hoja verde entre las manos.

La guardó en el turbante y durmió bajo un árbol. A la mañana siguiente rezó y continuó su camino.

Llegó a una granja para pedir comida. Antes de llamar a la puerta vio un zorro muerto. Sacó la hoja y la puso sobre su cabeza. Al instante, el zorro dio un salto y huyó.

Junto al muro de una granja, el viajero sostiene la hoja mientras un zorro se levanta de un salto y huye.

El viajero guardó de nuevo la hoja. Un granjero anciano lo recibió y le dio alimento.

—¿Sabía que había un zorro muerto junto a su puerta? —preguntó el visitante.

—Claro. Yo lo maté ayer.

—Ya no está. Se fue corriendo antes de que yo llamara.

El granjero no le creyó. Salieron juntos a mirar y el cuerpo, en efecto, había desaparecido.

—Yo lo devolví a la vida —dijo el hombre—. Soy un hombre santo y puedo resucitar a los muertos.

El granjero lo reprendió. Si decía la verdad, debía tener cuidado y no entrometerse en los misterios de la vida y la muerte: dentro de su fe, esa obra correspondía a Dios. Después se despidió y cerró la puerta.

En la puerta de su casa, el anciano granjero levanta la mano en señal de advertencia ante el viajero orgulloso.

El viajero continuó, convencido de que el granjero no entendía su buena fortuna. Interpretaba el hallazgo como recompensa por su propia vida piadosa.

No había avanzado mucho cuando encontró un león muerto en el camino.

—Esta será mi última prueba —se dijo.

En un camino pedregoso, el viajero saca la hoja junto a un león tendido e inmóvil.

Sacó la hoja y la apoyó en la cabeza del animal. El león se levantó y encontró frente a sí una presa. Antes de que el viajero pudiera remediar su decisión, saltó sobre él y lo devoró. También se comió la hoja.

Así termina el prodigio en esta historia: perdida la hoja, las personas debieron seguir esperando la resurrección en el día anunciado por su fe.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Una hoja verde sobre un libro abierto, junto a una ventana con una araña en su telaraña.
Ilustración de su mundo literario

Traductor y adaptador literario

Gerald Friedlander

Gerald Friedlander reunió relatos de distintas obras de la tradición judía en «The Jewish Fairy Book». En el prefacio explicó que los había vuelto a contar, sin buscar una traducción literal. La edición neoyorquina de 1920 consultada indica al final de los...

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Con chicos

El viajero comprueba que la hoja funciona, pero no piensa del mismo modo en lo que sucederá después. La advertencia del granjero le ofrece una pausa que él no aprovecha.

  • ¿Qué demuestra la prueba con el zorro y qué no demuestra?
  • ¿Qué cree el viajero sobre sí mismo después del hallazgo?

Una mirada adulta

El protagonista transforma una observación afortunada en una certeza sobre su propia santidad. La eficacia del objeto alimenta una confianza que no incluye las consecuencias de usarlo. El final reúne la muerte individual y la pérdida de un poder para todos.

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