Un soldadito de juguete navega en un barco de papel por un canal.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

El soldadito de plomo

Hans Christian Andersen · Adaptación

6 min de lectura10+ años · edad orientativa
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Los veinticinco soldaditos habían salido de una misma cuchara de metal. Llevaban chaqueta roja, pantalones azules y el fusil al hombro. Veinticuatro tenían dos piernas. Al último le había tocado el material que quedaba, y por eso tenía una sola. Se mantenía tan firme como los demás.

Un chico recibió la caja por su cumpleaños y los formó sobre la mesa. Allí había muchos juguetes, pero al soldadito le llamó la atención un castillo de cartón. Delante de la puerta había una bailarina de papel con un vestido liviano y una lentejuela en el pecho. Tenía una pierna levantada tan alto que él no alcanzaba a verla.

«También tiene una sola pierna», pensó. «Qué bien nos entenderíamos».

No se animó a hablarle. Ella vivía en un castillo, y él compartía una caja con veinticuatro hermanos. Se quedó detrás de una tabaquera, desde donde podía mirarla sin que lo notaran.

Sobre la mesa, el soldadito de una pierna mira desde detrás de una tabaquera a la bailarina de papel frente al castillo de cartón.

Por la noche, cuando las personas se acostaron, los juguetes empezaron a divertirse. El cascanueces hacía piruetas; el lápiz rayaba su pizarra. Los otros soldados golpeaban la tapa de la caja porque también querían salir. Solo la bailarina y el soldadito permanecían inmóviles, cada uno sobre su única pierna visible.

A medianoche saltó la tapa de la tabaquera. Dentro no había tabaco, sino un duende negro de resorte.

—Deja de mirar lo que no te corresponde —le dijo al soldado.

El soldadito siguió callado.

—Mañana vas a ver —amenazó el duende.

De noche, un duende negro salta de la tabaquera y señala al soldadito, que permanece firme sobre la mesa.

A la mañana siguiente lo pusieron junto a una ventana. No se supo si fue el viento o alguna travesura, pero la hoja se abrió de golpe y el soldado cayó desde el tercer piso. Terminó cabeza abajo entre dos piedras, con el fusil clavado en el suelo y la pierna en el aire.

La sirvienta y el chico bajaron a buscarlo. Pasaron tan cerca que casi lo pisaron. Él habría podido llamarlos, pero permaneció firme y silencioso. Se fueron sin verlo.

El soldadito está clavado cabeza abajo entre dos adoquines mientras el chico y la sirvienta pasan a su lado sin verlo.

Empezó a llover. Cuando paró, dos chicos encontraron el juguete y le hicieron un barco de papel de periódico. Lo pusieron en el agua que corría por la acera y lo despidieron a gritos.

El barco se sacudía entre olas enormes para su tamaño. El soldado miraba al frente, aunque por dentro temblaba. Pronto entró en un conducto oscuro. Una rata salió de un costado.

—¡El permiso! ¡Muestra tu permiso para pasar!

La corriente llevó el barco más rápido. La rata lo persiguió, chillando que había que detenerlo porque no había pagado peaje. Pero el agua ganó la carrera.

En un túnel oscuro, una rata se para sobre las patas traseras y le grita al soldadito, que pasa en su barco de papel.

Apareció una franja de luz. El soldadito creyó que estaba a salvo, hasta que vio que el conducto terminaba en una caída hacia el canal. El barco se precipitó, giró y empezó a hundirse. El papel estaba empapado. Primero el agua le llegó a la cintura; luego, al fusil.

Pensó en la bailarina. Le habría gustado verla una vez más.

El barco se deshizo y un pez se tragó al soldado.

Dentro del pez había todavía menos espacio y más oscuridad. El soldadito esperó. Sintió golpes, movimientos, una quietud larga. De pronto apareció una línea de luz y oyó una voz asombrada:

—¡Un soldadito!

Habían pescado al pez, lo habían llevado al mercado y una cocinera lo había comprado. Al abrirlo, encontró el juguete. Lo llevó al cuarto, y el soldado descubrió algo imposible: estaba otra vez en la misma casa, sobre la misma mesa. Allí seguía el castillo. Allí seguía la bailarina, sostenida sobre una pierna.

En la cocina, la cocinera sostiene con asombro al soldadito junto a un pescado entero sobre la mesa.

Él la miró. Ella lo miró. Ninguno dijo nada.

Entonces uno de los chicos lo tomó y lo arrojó a la estufa. No dio ninguna explicación. El soldadito quedó de pie entre las llamas. La pintura se borraba y el metal empezaba a ceder. No sabía si aquel calor venía del fuego o de mirar, por última vez, a la bailarina.

Una puerta se abrió. La corriente de aire levantó a la figura de papel y la llevó directamente a la estufa. Por un instante estuvo junto a él. Después ardió.

Al día siguiente, entre las cenizas, la sirvienta encontró un pequeño corazón de metal. De la bailarina solo quedaba la lentejuela, negra como el carbón.

La sirvienta sostiene en la palma un pequeño corazón de metal y una lentejuela negra junto a una estufa fría.
Fin

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Con chicos

El soldadito atraviesa una aventura enorme sin contar lo que siente: teme hundirse, quiere volver a ver a la bailarina y sigue callado. Cuando vuelve a la casa, el peligro tampoco termina. Ambos juguetes acaban destruidos en la estufa. El corazón de metal puede hacernos pensar en su cariño, aunque no nos cuenta lo que pensaba ella. Hay silencios distintos para explorar en esta historia.

  • ¿En qué parte te hubiera gustado que alguno de los juguetes hablara, y qué podría haber dicho?
  • ¿Qué te hace imaginar el corazón de metal que queda entre las cenizas?

Una mirada adulta

La firmeza del soldado contiene una paradoja: lo sostiene durante el peligro y también lo deja sin llamar cuando podrían encontrarlo. Su silencio preserva una imagen de sí mismo a costa de quedar aislado. El amor por la bailarina nace, además, de una semejanza imaginada: él no alcanza a ver la pierna que ella levanta. El regreso parece prometer un encuentro que repare el viaje, pero un gesto inexplicado del chico lo arroja al fuego. El corazón de metal y la lentejuela reúnen a los juguetes como restos; la belleza de esa imagen conserva la pérdida en lugar de deshacerla.

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