Una princesa contempla una pila altísima de colchones y un pequeño guisante.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

La princesa y el guisante

Hans Christian Andersen · Adaptación

3 min de lectura6+ años · edad orientativa
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Un príncipe quería casarse con una princesa. Pero tenía una exigencia que repetía a todo el mundo: tenía que ser una princesa de verdad.

Viajó por muchos reinos y conoció a muchas candidatas. Algunas tenían coronas, otras castillos y otras larguísimos árboles familiares. Siempre encontraba algo que lo hacía dudar. Al final volvió a su casa sin haberse casado, y bastante desanimado.

El príncipe, cruzado de brazos y dudoso, observa a una candidata con una enorme corona enjoyada.

Una noche se desató una tormenta terrible. Los truenos hacían temblar los vidrios y la lluvia golpeaba los techos como si quisiera atravesarlos. En medio del estruendo, alguien llamó a la puerta del palacio. El viejo rey fue a abrir.

Afuera había una muchacha. El agua le corría del pelo a la ropa, entraba por la punta de los zapatos y salía por los talones. No parecía haber elegido una noche muy cómoda para viajar.

—Soy una princesa de verdad —dijo.

El viejo rey abre la puerta con un farol y encuentra a una muchacha empapada por la tormenta.

La reina no discutió. Le ofrecieron abrigo y comida, mientras ella iba al dormitorio de huéspedes a preparar una prueba que no le contó a nadie.

Primero retiró toda la ropa de cama. En el fondo puso un guisante. Encima acomodó veinte colchones, uno sobre otro, y sobre los colchones, veinte edredones de plumas. La cama quedó tan alta que parecía una torre de almohadones.

La reina coloca un guisante sobre la cama con un dedo en los labios mientras dos criadas apilan colchones.

Allí durmió la visitante.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, le preguntaron si había descansado.

—Muy mal —respondió—. Casi no pude pegar un ojo. Había algo duro en la cama. No sé qué sería, pero me dejó el cuerpo dolorido.

La reina miró al príncipe con una expresión triunfal. Una persona capaz de sentir un guisante a través de veinte colchones y veinte edredones tenía, según aquella curiosa prueba, la delicadeza de una princesa auténtica.

En el desayuno, la princesa cansada se frota el hombro y la reina mira triunfante al príncipe.

El príncipe dejó de dudar y se casó con ella. El guisante fue a parar a la sala de los tesoros, donde pudieron admirarlo todos los que tenían interés en los guisantes famosos. Allí sigue, si nadie se lo llevó.

Y esta, como se ve, es una historia de lo más extraordinaria para una cosa tan chiquita.

Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

Un guisante chiquitísimo termina guardado como un tesoro. Antes hizo algo muy importante para este palacio: convenció a la reina de que su visitante era una princesa. La prueba es tan extraña como la cama de veinte colchones. Puedes jugar a mirarla desde otro lugar: el de quien tuvo que subir a esa cama, pasar una mala noche y explicar por qué le dolía el cuerpo.

  • ¿Qué le preguntarías a la visitante para conocerla mejor después de esa noche?
  • ¿Qué parte de la prueba de la reina te parece más rara y por qué?

Una mirada adulta

Una prueba disparatada resuelve la incertidumbre del príncipe. La reina decide el criterio, la visitante aporta sin saberlo su malestar y la boda confirma la conclusión. La sensibilidad corporal adquiere así el rango de prueba de una identidad social. Al pasar a la sala de los tesoros, el guisante prolonga la ironía: un objeto insignificante sostiene una certeza solemne. El absurdo vuelve visible la fragilidad de la distinción que pretende garantizar, mientras el criterio de la reina pesa más que la palabra con que la joven se presentó.

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