Un emperador vestido con sus ropas observa un telar vacío junto a dos falsos tejedores.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

El traje nuevo del emperador

Hans Christian Andersen · Adaptación

6 min de lectura6+ años · edad orientativa
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El emperador tenía un traje para cada hora del día. Mientras otros gobernantes reunían a sus consejeros, él reunía a sus sastres. Cuando alguien preguntaba dónde estaba, la respuesta casi siempre era la misma: en el vestidor, por supuesto.

El emperador admira su manga dorada en un vestidor lleno de trajes y espejos.

A esa ciudad llegaron dos hombres con las manos vacías y una historia magnífica. Decían que sabían tejer una tela más hermosa que cualquier seda. Y, además, una tela extraordinaria: las personas tontas o incapaces de hacer bien su trabajo no podían verla.

El emperador se entusiasmó. Con un traje así, pensó, descubriría enseguida cuáles de sus ministros no servían para el cargo. Les entregó dinero a los recién llegados y les ordenó ponerse a trabajar.

Los hombres instalaron dos telares. Pidieron hilos de oro y seda finísima, guardaron todo en sus bolsos y se sentaron ante las máquinas vacías. Las lanzaderas iban y venían. Clac, clac, clac. Parecían ocupadísimos.

Los dos estafadores fingen tejer en telares vacíos, junto a bolsas llenas de seda y oro.

Pasaron unos días. El emperador tenía ganas de visitar el taller, aunque aquella propiedad de la tela le producía cierta inquietud. Él era inteligente, desde luego. Pero mejor mandar primero a su ministro más antiguo, un hombre respetado por todos.

El ministro entró, se acomodó los anteojos y miró. No había nada. Se acercó otro poco. Seguía sin haber nada.

—¿Le gustan los colores? —preguntó uno de los tejedores, señalando el aire—. Fíjese en este dibujo.

«¿Seré tonto?», pensó el ministro. «¿O no estaré capacitado para mi puesto? Nadie tiene que enterarse».

—Es precioso —dijo—. Una maravilla.

El ministro se inclina y ajusta sus anteojos mientras un falso tejedor señala el telar vacío.

Los estafadores le describieron colores y dibujos inexistentes. El ministro se los aprendió de memoria y volvió al palacio a repetirlos. Entonces los hombres pidieron más oro y más seda. También eso fue a parar a sus bolsos.

El segundo funcionario que visitó el taller vio exactamente lo mismo que el primero: nada. Y, por la misma razón, regresó diciendo que nunca había visto una tela tan hermosa. La noticia corrió por toda la ciudad. Todos querían contemplar aquel traje capaz de revelar lo que cada uno valía.

Por fin fue el emperador, acompañado por sus ministros. Los dos estafadores trabajaban afanosamente. Los ministros señalaban el telar y asentían.

—Mire, majestad. ¡Qué delicadeza!

El emperador sintió un frío en el estómago. Él tampoco veía nada. «¿No serviré para gobernar?», se preguntó. Y dijo en voz alta:

—Es excelente. Tiene mi aprobación.

El emperador oculta su inquietud y aprueba la tela inexistente ante sus ministros y los estafadores.

La víspera del gran desfile, los estafadores encendieron muchas velas y trabajaron hasta la madrugada. Cortaban el aire con tijeras, cosían sin hilo y levantaban prendas que no existían. Por la mañana anunciaron que el traje estaba terminado.

A la luz de las velas, los estafadores cortan y cosen el aire con sonrisas cómplices.

El emperador se quitó la ropa. Los hombres fingieron ponerle pantalones, chaqueta y capa.

En ropa interior frente al espejo, el emperador se deja vestir por los estafadores, que fingen ponerle una capa, mientras los cortesanos no saben dónde mirar.

—Es tan liviano que parece que uno no llevara nada —explicaron.

—Exactamente —respondieron los cortesanos, que ya no sabían dónde mirar.

El emperador giró frente al espejo. Luego salió bajo el palio del desfile. Detrás, dos servidores caminaban con las manos levantadas, sosteniendo una cola invisible. Nadie quería ser el primero en reconocer lo que veía.

—¡Qué traje! —decía la gente—. ¡Qué caída tiene la capa!

Entonces un chico, que estaba sobre los hombros de su padre, abrió mucho los ojos.

—¡Pero si no tiene nada puesto!

Su padre pidió que escucharan lo que decía el chico. Alguien se rio. Otro repitió la frase en voz baja. Las palabras pasaron de una persona a otra y crecieron hasta convertirse en una voz de toda la calle:

—¡No tiene nada puesto!

El emperador comprendió que tenían razón. Sin embargo, el desfile ya había empezado, y decidió que tenía que seguir. Levantó todavía más la cabeza y avanzó solemnemente.

Detrás de él, los servidores siguieron sosteniendo la cola que no había existido nunca.

Un chico sobre los hombros de su padre señala al emperador, que sigue bajo el palio con la cabeza alta; la multitud oculta discretamente su cuerpo.
Fin

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Otras voces, otras lecturas

Más allá del cuento.

Un final que cambió en el manuscrito

El H. C. Andersen Centre muestra dos finales en el manuscrito. En el primero, el emperador quiere volver a usar el traje y la ciudad sigue elogiándolo. Andersen lo reemplazó por la intervención del chico y la reacción de la multitud. El momento más recordado del cuento surgió de una revisión.

H. C. Andersen Centre · Presentación del manuscrito de «Keiserens nye Klæder» · página actualizada: 2015
Presentación del manuscrito, comparación del final original y el definitivo

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Los ministros miran el telar vacío y dicen que ven una tela preciosa. Les preocupa lo que otros puedan pensar de ellos. El chico del desfile dice algo que todos podían ver, pero la historia sigue: el emperador levanta la cabeza y los servidores sostienen la cola invisible. Puedes imaginar qué piensan esas personas cuando la calle entera empieza a reírse. Quizás no todas se ríen por lo mismo.

  • ¿Qué podría haber dicho el primer ministro al encontrar el telar vacío?
  • ¿Cómo te imaginas la conversación entre el emperador y sus servidores después del desfile?

Una mirada adulta

El engaño convierte la percepción en una amenaza contra la posición de cada uno: admitir que no se ve nada parece confesar incapacidad. Así, cada elogio protege a quien lo pronuncia y refuerza la mentira que encierra a los demás. La voz del chico permite que una evidencia privada se vuelva pública. Sin embargo, el emperador comprende y sigue desfilando; los servidores continúan sosteniendo la cola inexistente. El final separa el reconocimiento de la verdad de la capacidad de actuar conforme a ella. La risa alcanza al poder y deja expuesto el miedo compartido que todavía sostiene sus gestos.

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