Dos ratones se miran en un sendero entre espigas que conduce a una ciudad; una pequeña bolsa descansa junto al ratón de campo.

Tradición esópica · Fábula

El ratón de campo y el ratón de ciudad

Un banquete interrumpido

3 min de lectura6+ años · edad orientativa
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El ratón de campo recibió a su amigo de la ciudad con lo mejor que había encontrado: granos de trigo, unas raíces tiernas y un lugar resguardado del viento. Comieron junto al borde del sembrado. A lo lejos se oían pájaros; cerca, nada interrumpía la conversación.

Los dos ratones comparten granos y raíces junto al sembrado.

El ratón de ciudad miró los últimos granos del plato.

—¿Siempre comes así? En mi casa hay pan, miel, higos y queso. Ven conmigo. Quiero que pruebes una cena de verdad.

El ratón de campo sintió curiosidad y aceptó. Caminaron hasta la ciudad y entraron en una casa por una abertura junto a la pared. Allí, su amigo lo condujo hasta una despensa que parecía no terminar nunca.

Había cebada, pasas, frijoles y panes enormes. El ratón de ciudad arrastró un pedazo de queso desde una canasta y lo puso ante su invitado. El ratón de campo aspiró aquel perfume desconocido. Estaba a punto de dar el primer mordisco cuando la puerta se abrió.

En la despensa llena de cebada, pasas y panes, el ratón de campo está por morder el queso mientras la puerta comienza a abrirse.

—¡Corre! —gritó su amigo.

Los dos se metieron en un agujero tan estrecho que tuvieron que apretarse uno contra otro. Desde allí escucharon pasos, el crujido de una bolsa y el cierre de la puerta. Esperaron un rato antes de salir.

Los ratones se esconden juntos en un agujero estrecho de la despensa.

—No pasa nada —dijo el ratón de ciudad—. Ahora sí, comamos.

Volvieron junto al queso. El ratón de campo mordió una esquina, pero todavía estaba masticando cuando alguien entró de nuevo. Hubo otra carrera, otro escondite y un largo silencio con el corazón golpeándoles en el pecho.

Al salir, el ratón de campo recogió su pequeña bolsa.

—Gracias por la invitación. La comida es buenísima, pero prefiero volver.

Con su pequeña bolsa al hombro, el ratón de campo se despide de su amigo junto a la despensa.

—¿A tus raíces y tus granos?

—Sí. Allá puedo terminar de comer sin salir corriendo.

Su amigo no lo detuvo. El ratón de campo tomó el camino de regreso. Al llegar, encontró el mismo sembrado y la misma cena sencilla. Esta vez, además de saborear el trigo, disfrutó de poder quedarse quieto hasta el último bocado.

El ratón de campo come un grano sin prisa, resguardado entre las espigas, con su plato y su bolsa cerca.
Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

El ratón de campo prueba la vida de su amigo antes de decidir que prefiere volver. Le gusta la comida, pero no los sobresaltos. No hace falta que ambos elijan lo mismo para que la visita tenga sentido. Podemos comparar lo que cada uno disfruta y lo que le cuesta, sin declarar que un lugar es mejor para cualquiera.

  • ¿Qué descubre el visitante que no podía saber mirando solamente la comida?
  • ¿Cómo podrían volver a encontrarse de una manera que ambos disfrutaran?

Una mirada adulta

La invitación promete una «cena de verdad», como si la abundancia de una mesa pudiera medir el valor de una vida. El visitante acepta conocerla y descubre un costo que no figuraba en la promesa: la imposibilidad de disfrutar sin sobresaltos. Su regreso conserva lo aprendido en vez de negar la experiencia. El trigo es el mismo, pero ahora reconoce también el tiempo y la quietud que acompañan cada bocado. Cambiar de decisión le permite recuperar una vida propia después de haberla mirado con el criterio de su amigo.

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