Un perro con un trozo de carne mira su reflejo desde un puente.

Tradición esópica · Fábula

El perro y su reflejo

La comida del otro

2 min de lectura6+ años · edad orientativa
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Un perro caminaba orgulloso con un pedazo de carne entre los dientes. Buscaba un rincón tranquilo para comerlo. El sendero cruzaba un arroyo por un puente angosto, y el perro avanzó por las tablas sin soltar su comida.

Un perro marrón y blanco avanza por un puente de madera con un trozo de carne entre los dientes.

A mitad de camino miró hacia abajo. En el agua vio a otro perro que llevaba un trozo de carne. Las ondas agrandaban y deformaban aquella imagen. Al perro del puente le pareció que la comida del otro era mucho mayor que la suya.

Se detuvo. El de abajo también se detuvo. Inclinó la cabeza; el otro lo imitó. En lugar de reconocer sus propias orejas y su propio hocico, el perro pensó que se encontraba frente a un rival.

Quiso asustarlo para quedarse con el trozo más grande. Abrió la boca y lanzó un ladrido.

En medio del puente, el perro abre la boca para ladrarle a su reflejo agrandado por las ondas, y la carne empieza a soltarse de sus dientes.

Su carne cayó entre las tablas, golpeó el agua y desapareció corriente abajo. Las ondas deshicieron también la imagen que lo había tentado.

El perro mira desde el puente la salpicadura que deja la carne al caer al arroyo.

El perro siguió el movimiento del arroyo con los ojos. Cuando el agua se calmó, volvió a aparecer aquel otro perro, pero ahora tenía la boca vacía. Era, como lo había sido desde el principio, su propio reflejo.

Desde encima del puente, el perro mira en el agua tranquila su propio reflejo, que también tiene la boca vacía.

El perro salió del puente sin comida. Había soltado algo verdadero para apoderarse de algo que nunca había estado allí.

Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

El perro cree ver a un rival y actúa antes de reconocer su reflejo. La comida imaginada parece mayor que la que ya lleva. Podemos seguir el momento en que una imagen se convierte, para él, en una certeza. La pérdida del final permite conversar sobre mirar mejor, sin usar el error como motivo para burlarse.

  • ¿Qué pistas podían ayudarlo a reconocer su propia imagen?
  • ¿Cómo cambiaría la escena si el perro esperara antes de ladrar?

Una mirada adulta

El deseo del perro nace de una comparación sostenida por una imagen deformada. Cree reconocer un rival y una posesión mayor antes de comprobar que existan. El agua le devuelve su propio cuerpo, pero él convierte esa semejanza en competencia. Cuando abre la boca, el intento de apropiarse de lo imaginado le hace perder lo que tenía. El reflejo final, ya con la boca vacía, conserva una ironía: el supuesto otro nunca le quitó nada, aunque la relación que inventó con él produjo una pérdida real.

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