Un monje reparte peras desde un árbol que creció en medio del mercado.

Pu Songling · China · Cuento literario

El peral del mercado

Un árbol donde antes había tierra

4 min de lectura8+ años · edad orientativa
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El campesino llegó al mercado empujando un carro cargado de peras. Eran grandes, dulces y tan perfumadas que daban ganas de acercarse antes de verlas. Acomodó la mercadería y esperó conseguir un buen precio.

Entonces apareció un monje con el gorro roto y la ropa gastada. Miró las peras y pidió una.

—Ve a pedir a otra parte —respondió el vendedor.

El monje no se movió. El campesino empezó a insultarlo, y varias personas se detuvieron alrededor del carro.

Junto a un carro de peras, el vendedor señala enojado al monje harapiento, que extiende la mano con calma.

—Tienes cientos —dijo el monje—. Yo te pedí una sola. ¿Hace falta enojarse tanto?

Alguien aconsejó al vendedor que le diera una de las más pequeñas y terminara la discusión. Pero él seguía negándose. Un artesano, molesto por el ruido que llegaba hasta su taller, salió con unas monedas, compró una pera y se la entregó al monje.

El monje agradeció y anunció:

—Quien dejó las riquezas del mundo no debería ser mezquino. Yo también tengo peras excelentes y quiero convidarlos a todos.

—Si tienes peras, ¿por qué pides? —preguntó alguien.

—Porque primero necesito una semilla.

Comió la fruta con gusto. Después guardó una semilla, abrió un hoyito con la herramienta que llevaba al hombro y la enterró allí mismo, en el mercado. Pidió agua. Dos curiosos fueron hasta una posada y volvieron con agua caliente.

El monje entierra una semilla entre las piedras del mercado mientras un joven la riega con agua caliente.

En cuanto regó, asomó un brote. El brote se estiró, se volvió un arbolito y siguió creciendo. Ante los ojos de la gente aparecieron ramas, hojas y flores. Las flores dieron lugar a peras maduras que colgaban en racimos espesos.

El monje trepó y empezó a repartirlas. Los que estaban cerca las pasaban hacia atrás. Había fruta para todos los espectadores. El campesino también se había metido entre la gente: estiraba el cuello para ver mejor, olvidado de la venta y de su carro.

Cuando ya no quedó una pera en el árbol, el monje bajó. Tomó su herramienta y empezó a cortar el tronco. Unos golpes después, el peral cayó. Se lo echó al hombro y se alejó tranquilamente.

El campesino volvió a su puesto. El carro estaba vacío.

Buscó una pera entre las hojas, debajo de la carga, en el suelo. No encontró ninguna. Solo entonces entendió de dónde habían salido las frutas que todos acababan de comer. Se agachó a revisar el carro y descubrió, además, que le habían cortado una de las varas con las que lo empujaba.

Agachado junto a su carro vacío, el vendedor mira atónito una de las varas cortada.

Salió corriendo detrás del monje. Al doblar una esquina encontró el pedazo de madera junto a la muralla. Aquel había sido el tronco del árbol maravilloso.

Al pie de la muralla, el vendedor mira sin poder creerlo un trozo de vara de su carro tirado en el suelo.

Del monje no quedaba rastro. Desde el mercado llegaba la risa de los que habían visto lo ocurrido.

Fin

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Con chicos

El campesino mira tan atentamente el árbol que deja de mirar su propio carro. Nosotros conocemos la sorpresa al mismo tiempo que él. Puedes volver al comienzo y buscar qué partes cambian de sentido cuando sabes de dónde salieron las peras. También puedes discutir el final: que una escena sea graciosa para la multitud no significa que todos tengan que reírse.

  • ¿Qué cosas del carro aparecen transformadas durante el espectáculo?
  • ¿Te parece justa la respuesta del monje a los insultos? ¿Por qué?
  • ¿Qué buscaba el artesano cuando compró la primera pera?

Una mirada adulta

El espectáculo distribuye fruta y administra la atención de los espectadores. La generosidad atribuida al monje resulta materialmente ambigua: regala bienes ajenos y deja al campesino sin mercadería y con el carro dañado. La risa colectiva cierra el relato, pero no obliga al lector a ratificar la proporcionalidad de la represalia. El artesano introduce otro interés: compra la primera pera para terminar el ruido que lo molesta. La escena reúne así necesidad, comercio, curiosidad y ganas de trabajar en paz.

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