Tom mira un campo lleno de plantas marcadas con cintas rojas iguales.

Tradición irlandesa, en la versión de Joseph Jacobs · Cuento tradicional

El campo de las cintas rojas

Una marca que dejó de distinguir

4 min de lectura8+ años · edad orientativa
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Una mañana de fiesta, Tom Fitzpatrick caminaba junto a un cerco cuando oyó un golpeteo entre las ramas. Pensó que sería un pájaro, pero se acercó de puntillas para mirar.

Allí había un hombrecito con sombrero y delantal de cuero. Sentado junto a una jarra enorme para su tamaño, le ponía un tacón a un zapato diminuto.

Tom espía entre las ramas de un cerco a un hombrecito diminuto que arregla un zapato junto a una jarra enorme.

Tom había oído historias de leprechauns. Decían que guardaban tesoros y que podían escaparse en cuanto uno dejaba de mirarlos.

—Buenos días, vecino. ¿Trabajando en una fiesta?

—Ese es asunto mío —contestó el hombrecito, sin soltar el zapato.

Tom le preguntó por la jarra. El leprechaun dijo que contenía cerveza de brezo, preparada con una receta que su familia conservaba desde los tiempos de los daneses. Tom se rio: no creía que pudiera hacerse cerveza con aquella planta.

—Cree lo que quieras. Más te convendría cuidar las cosas de tu padre. Mira: las vacas entraron en la avena y están pisando todo.

Tom estuvo a punto de volverse. Se acordó justo a tiempo de lo que había oído y, sin apartar los ojos, atrapó al leprechaun. En el apuro volcó la jarra.

Tom sostiene al leprechaun entre las manos sin quitarle la vista, mientras la jarra volcada derrama cerveza sobre el musgo.

—Muéstrame tu dinero o te mato —lo amenazó.

El hombrecito, asustado, le indicó que lo llevara hasta un campo cercano. Cruzaron cercos, zanjas y una parte del pantano. Tom no lo soltó ni dejó de mirarlo.

Al fin llegaron a un terreno enorme, lleno de unas plantas llamadas boliauns. El leprechaun señaló una.

—Cava ahí abajo. Vas a encontrar una olla llena de monedas de oro.

Entonces Tom descubrió que no tenía pala. Podía volver a buscarla, pero ¿cómo reconocería esa planta entre tantas iguales?

Se sacó una cinta roja con la que sujetaba una media y la ató al tallo.

En un campo inmenso de plantas de flores amarillas, Tom ata una cinta roja a un tallo mientras sostiene al leprechaun con la otra mano.

—Júrame que no vas a sacar esta cinta.

—Te juro que no la voy a tocar —respondió el leprechaun—. ¿Necesitas algo más de mí?

Tom, que ya imaginaba el oro en sus bolsillos, dijo que no y lo dejó ir.

Corrió hasta su casa, buscó una pala y volvió al campo tan rápido como pudo. Pero al llegar se quedó quieto.

Cada planta tenía una cinta roja. Todas eran idénticas a la suya.

El leprechaun no había quitado la marca: había llenado de marcas todo el terreno. Tom no tenía manera de reconocer la planta del tesoro, y cavar aquel campo entero era una tarea imposible.

Volvió a su casa con la pala al hombro. Caminaba bastante más despacio que a la ida, y cada vez que pensaba en la promesa del hombrecito volvía a enojarse.

Tom vuelve por un camino con la pala al hombro y cara de enojo; sobre el muro, sin que él lo vea, el leprechaun sonríe.
Fin

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Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica de Joseph Jacobs: una barca de cristal sobre páginas ilustradas, una cinta roja, flores y un lápiz.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y adaptador

Joseph Jacobs

Joseph Jacobs seleccionó y reelaboró los relatos de Celtic Fairy Tales (1892). Sus notas permiten seguir caminos distintos: manuscritos irlandeses, relatos recogidos en Gales, una historia de Kintyre y versiones transmitidas por otros escritores y recopiladores. Esta biblioteca conserva esas diferencias en...

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Con chicos

La cinta funciona mientras es distinta de todo lo que la rodea. El leprechaun no necesita quitarla para volverla inútil. Antes de ese engaño, Tom lo había atrapado y amenazado para conseguir el oro.

  • ¿Por qué la cinta roja deja de servirle a Tom?
  • ¿Qué parte de la promesa cumple el leprechaun?

Una mirada adulta

La victoria del personaje pequeño responde a una captura violenta, no a una competencia entre iguales. El desenlace separa la letra de una promesa del objetivo de quien la exige. Una señal pierde su utilidad cuando se multiplica sin ofrecer una diferencia reconocible.

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