Una mujer tapa con arcilla y musgo los agujeros de un tamiz junto al pozo.

Tradición irlandesa, en la versión de Joseph Jacobs · Cuento tradicional

Las mujeres de los cuernos

Doce visitantes junto al fuego

4 min de lectura12+ años · edad orientativa
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Una mujer se había quedado levantada hasta tarde preparando lana. Su familia y quienes trabajaban en la casa dormían. Entonces alguien golpeó la puerta.

—¡Abre! Soy la mujer de un cuerno.

La dueña creyó que alguna vecina necesitaba ayuda. Abrió y entró una desconocida que llevaba un cuerno en la frente y dos cardas para desenredar lana. Se sentó junto al fuego y empezó a trabajar a una velocidad extraordinaria.

Después llegó otra, con dos cuernos y una rueca. Y otra más. Cada llamada obligaba a la dueña a levantarse y abrir, aunque ya no quisiera hacerlo. Al fin hubo doce mujeres alrededor del fuego; la última tenía doce cuernos.

Cardaban, hilaban y tejían mientras cantaban una canción antigua. La dueña quiso pedir ayuda, pero no pudo moverse ni gritar. Estaba bajo un encantamiento.

Doce mujeres con cuernos hilan y tejen junto al fuego mientras la dueña de casa las mira paralizada de miedo.

Una de las visitantes le ordenó que preparara una torta. Como no encontraba ningún recipiente para buscar agua, las mujeres le dieron un tamiz, lleno de agujeritos.

Fue hasta el pozo y lo sumergió una y otra vez. El agua se escapaba en cuanto lo levantaba. Se sentó a llorar.

—Mezcla arcilla amarilla con musgo y tapa los agujeros —dijo una voz junto a ella.

Era el espíritu del pozo. Cuando el tamiz pudo retener agua, le dio otra indicación:

—Vuelve a tu casa y, desde la esquina norte, grita tres veces que la montaña de las mujeres fenianas y el cielo que la cubre están ardiendo.

Ella obedeció. Al escuchar el aviso, las doce brujas salieron dando alaridos y corrieron hacia Slievenamon, su montaña.

Una mujer grita junto a su casa mientras doce figuras con mantos grises huyen corriendo hacia una montaña bajo la luna.

El espíritu le indicó cómo impedir que regresaran. Primero debía derramar afuera, sobre el umbral, el agua que había usado para lavar los pies de su hijo.

Después encontró una torta que las visitantes habían preparado durante su ausencia. La habían amasado con harina y sangre de los durmientes. Siguiendo las instrucciones, la partió y puso un pedacito en la boca de cada uno; así su familia se recuperó del encantamiento.

Una mujer arrodillada junto a la cama pone un pedacito de torta en la boca de su hija dormida.

Dejó la tela de las brujas atrapada bajo la tapa de un arcón cerrado con candado y aseguró la puerta con una viga.

No tardaron en volver las visitantes.

—¡Agua de los pies, ábrenos!

—No puedo. Estoy derramada y voy camino al lago.

—¡Puerta, madera y viga, ábrenos!

—No puedo. La viga está encajada y no me deja mover.

—¡Torta que amasamos con sangre, ábrenos!

—No puedo. Estoy partida y repartida entre los que dormían.

Una familia se abraza junto al fuego mientras, del otro lado de una puerta trabada, asoman siluetas con cuernos.

Las brujas gritaron contra el espíritu del pozo y se alejaron por el aire. La casa quedó en paz.

En su huida, una había perdido un manto. La dueña lo guardó para recordar aquella noche, y el cuento dice que su familia lo conservó durante quinientos años.

Fin

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Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica de Joseph Jacobs: una barca de cristal sobre páginas ilustradas, una cinta roja, flores y un lápiz.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y adaptador

Joseph Jacobs

Joseph Jacobs seleccionó y reelaboró los relatos de Celtic Fairy Tales (1892). Sus notas permiten seguir caminos distintos: manuscritos irlandeses, relatos recogidos en Gales, una historia de Kintyre y versiones transmitidas por otros escritores y recopiladores. Esta biblioteca conserva esas diferencias en...

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Con chicos

Al principio, la dueña no puede decidir ni siquiera cuándo abrir su puerta. La voz del pozo le permite salir del encantamiento y preparar una defensa. Al final, las cosas de la casa ya no obedecen a las visitantes.

  • ¿Qué cambia entre la primera llamada a la puerta y las últimas?
  • ¿Por qué cada objeto responde que no puede abrir?

Una mirada adulta

Lo doméstico se vuelve extraño: las tareas conocidas continúan, pero la dueña ya no decide sobre su casa ni sobre su cuerpo. El tamiz imposible prolonga esa impotencia hasta que aparece la ayuda del pozo. Recuperar el hogar exige transformar los objetos que podían obedecer a las invasoras: derramar el agua, repartir la torta, asegurar la puerta. El manto conservado guarda una memoria ambigua, resto del peligro y testimonio de una autoridad recuperada.

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