Cinco guisantes crecían apretados dentro de una vaina. Eran verdes; las paredes de su casa también eran verdes. Por eso les parecía evidente que el mundo entero tenía ese color.
El sol calentaba la vaina y la lluvia la refrescaba. Los guisantes engordaban, y cada día les quedaba menos lugar.
—¿Vamos a vivir aquí para siempre? —preguntó uno.
—Tiene que haber algo afuera —dijo otro.
Con el tiempo se pusieron amarillos, y la vaina también.
—El mundo está cambiando de color —resolvieron.
Una mañana sintieron un tirón. Alguien arrancó la vaina y la metió en un bolsillo junto a muchas otras. Después se oyó un chasquido y entró una luz deslumbrante. Los cinco rodaron sobre la palma de un chico que llevaba una cerbatana.
—¡Vamos a viajar! —gritó el primero—. A ver quién me alcanza.
Salió disparado y desapareció.
El segundo anunció que iba directamente al sol. Los dos siguientes preferían dormir, aunque también aseguraban que llegarían más lejos que nadie. El último no prometió nada.
—Ya veremos qué pasa —dijo.
El soplido lo lanzó hasta una tabla, debajo de la ventana de una buhardilla. Rebotó y cayó en una grieta donde había musgo y un poco de tierra. Allí quedó, oscuro y quieto. A los otros les habría parecido un viaje demasiado corto.
Del otro lado de la ventana vivían una mujer y su hija. La mujer trabajaba limpiando estufas y cortando leña, y aun así apenas conseguía lo necesario para las dos. La chica llevaba mucho tiempo enferma y pasaba los días en cama. Había perdido a una hermana pequeña. A veces, cuando la veía tan débil, su madre temía perderla también.
Llegó la primavera. Una mañana, mientras la mujer se preparaba para salir, la chica llamó desde la cama:
—Mamá, ¿qué es eso verde que se mueve contra el vidrio?
La madre abrió la ventana. De la grieta salía un tallito con dos hojas.
—Un guisante. Mira qué lugar encontró para crecer.
Acercó la cama para que su hija pudiera verlo. Desde entonces, la planta fue el pequeño jardín de la habitación. La chica observaba cómo se orientaban las hojas hacia la luz y cómo se estiraba el tallo después de la lluvia.
—Hoy creció otra vez —contaba por la tarde—. Me parece que yo también voy a estar mejor. Quiero salir al sol.
Su madre escuchaba con cariño, aunque todavía tenía miedo de ilusionarse. Buscó un palito para sostener la planta y ató un hilo al marco. Los zarcillos se asieron a él, despacito, y siguieron subiendo.
La hija empezó a conversar más. Una mañana pudo incorporarse sola para mirar su jardín. Otra, se quedó sentada un buen rato. La madre notó aquellos cambios sin atreverse todavía a nombrarlos.
Entonces apareció un pimpollo.
Lo vieron crecer durante varios días. Cuando se abrió, la chica ya podía pasar una hora junto a la ventana, envuelta en una manta. Afuera brillaba una flor rosada. Adentro, el sol le calentaba las manos.
Se inclinó y rozó con un beso las hojas. Su madre miró la flor, miró a su hija y sonrió por primera vez sin esconder la esperanza.
—Qué regalo nos trajo esa semilla —dijo.
¿Y los otros cuatro? El que había querido recorrer el mundo terminó en una canaleta y después en el buche de una paloma. Los dos dormilones tuvieron un destino parecido. El que apuntaba al sol cayó en agua sucia, donde se hinchó muchísimo.
—¡Soy el más grande de todos! —declaraba—. Ninguno llegó tan lejos como yo.
La alcantarilla le daba la razón. Tenía sus propios criterios.
Mientras tanto, en la buhardilla, una chica con las mejillas otra vez encendidas se levantaba para abrir la ventana. Frente a ella, la flor rosada se balanceaba en el aire. El quinto guisante no había llegado al sol. Había hecho algo distinto: dejarlo entrar.


