Un cisne joven contempla su reflejo en un estanque rodeado de juncos.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

El patito feo

Hans Christian Andersen · Adaptación

8 min de lectura8+ años · edad orientativa
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Bajo unas hojas enormes, junto al agua, una pata esperaba que se abrieran sus huevos. Uno hizo crac. Después otro. Los patitos sacaron la cabeza, miraron el verde que los rodeaba y se asombraron del tamaño del mundo.

—Todavía no vieron nada —les dijo la madre.

Quedaba un huevo, el más grande. Una pata vieja lo examinó y aseguró que era de pavo. Le aconsejó abandonarlo: los pavos no querían entrar al agua y daban muchísimo trabajo. Pero la madre decidió esperar un poco más.

Por fin se rompió la cáscara. Salió un polluelo grande, gris y desgarbado. La pata lo miró sin saber qué pensar.

Al día siguiente llevó a todos al estanque. El recién llegado saltó con los demás y nadó perfectamente.

Un polluelo gris nada detrás de una pata y varios patitos pequeños en un estanque rodeado de hojas.

—Entonces no es un pavo —dijo la madre, aliviada—. Miren cómo mueve las patas.

En el corral las cosas fueron distintas. Apenas lo vieron, empezaron los comentarios. Un pato le picoteó el cuello. Las gallinas lo empujaban. Un pavo inflaba el pecho y lo corría como si aquel lugar le perteneciera.

—Déjenlo tranquilo —decía al principio su madre—. No le hace nada a nadie.

Pero las burlas no pararon. Sus hermanos empezaron a repetirlas. La muchacha que repartía la comida lo apartaba con el pie. Hasta su madre, cansada de los problemas, terminó deseando que se fuera. El pequeño aprendió a encogerse antes de que alguien se acercara.

El polluelo gris se encoge y retrocede ante un pavo y unas gallinas que le cierran el paso a la comida, mientras la pata se aparta con los patitos.

Una mañana saltó el cerco y escapó. Los pájaros del arbusto salieron volando. Él creyó que también le tenían miedo por su aspecto.

El ave gris pasa por encima de un cerco bajo mientras unos pájaros alzan vuelo desde un arbusto.

Llegó a un pantano y pasó la noche entre los juncos. Los patos salvajes no fueron amables, pero al menos lo dejaban descansar. Dos gansos jóvenes se acercaron y le propusieron viajar con ellos. Mientras hablaban, sonaron disparos. Los gansos cayeron. Había cazadores alrededor del agua.

El pequeño escondió la cabeza. Un perro se abrió paso entre los juncos, acercó el hocico y luego siguió de largo. El ave no entendió por qué lo habían dejado vivo. Se quedó inmóvil hasta que terminó la cacería y, cuando cayó la tarde, huyó otra vez.

Una tormenta lo llevó hasta una casa torcida, con una puerta que no cerraba bien. Se metió por la rendija. Allí vivían una anciana, una gallina y un gato.

La mujer veía poco. Pensó que había encontrado una pata y que pronto tendría huevos. Le permitió quedarse unas semanas. Pero los huevos no aparecieron.

La gallina estaba convencida de que poner huevos era lo más importante del mundo. El gato opinaba lo mismo de arquear el lomo y ronronear. Cuando el visitante intentaba decir algo, le preguntaban si sabía hacer alguna de esas cosas.

—No —contestaba.

—Entonces no opines.

Un día entró por la puerta un olor a aire fresco. El patito sintió unas ganas enormes de nadar.

—No hay nada como meterse en el agua —dijo—. Y hundir la cabeza, y volver a salir.

La gallina lo encontró absurdo. Ni ella, ni el gato, ni la mujer deseaban hundir la cabeza en ningún lado. Le aconsejó aprender a poner huevos y dejarse de ideas raras.

—Creo que tengo que seguir viaje —respondió él.

El ave gris sale por la puerta de una casa humilde; una gallina y un gato quedan dentro.

Volvió al agua. Llegó el otoño. Las hojas giraban en el viento y los días se volvían cortos. Una tarde vio pasar unas aves blancas de cuellos largos y alas poderosas. Eran cisnes. No conocía su nombre, pero sintió una alegría extraña al mirarlos. Estiró el cuello y lanzó un grito que lo sorprendió a él mismo. Las aves siguieron hacia tierras más cálidas, y el estanque quedó vacío.

El ave gris observa desde el estanque a tres cisnes blancos que vuelan sobre los árboles de otoño.

El invierno fue duro. Para que el agua no se congelara a su alrededor, nadaba en círculos. Cada noche el círculo era más pequeño. Al final se agotó y quedó atrapado en el hielo.

Un campesino lo encontró, rompió la superficie con su zapato y lo llevó a su casa. El calor lo reanimó. Los chicos quisieron acercarse, pero el ave, acostumbrada a los golpes, se asustó. Voló contra un recipiente de leche, salpicó la cocina y terminó cubierto de harina. Entre gritos y carreras, logró escapar por la puerta.

Un campesino sostiene con cuidado al ave gris junto a una abertura reciente en el estanque helado.

Pasó el resto del invierno buscando refugio donde podía. Hasta que una mañana oyó una alondra y sintió el sol tibio sobre las plumas. Había llegado la primavera.

Abrió las alas. Estaban fuertes. Dio un impulso y descubrió que podían levantarlo por encima de los juncos. Voló hasta un jardín con árboles en flor y un estanque claro. Allí nadaban tres de aquellas aves blancas que no había podido olvidar.

El ave abre sus alas fuertes y vuela por encima de los juncos hacia un jardín florido donde nadan tres cisnes blancos.

Quiso acercarse, aunque tenía miedo de que lo rechazaran también. Se deslizó por el agua con la cabeza baja. Los cisnes lo vieron y fueron a su encuentro.

Entonces miró su reflejo.

En el agua no había un polluelo gris y desgarbado. Había un cisne joven, blanco, de cuello largo. Se movió, y la imagen se movió con él. Había nacido de un huevo de cisne, aunque lo hubieran criado en un nido de patos.

Los otros se acercaron y le rozaron el cuello con los picos. No lo corrieron. No se rieron. Lo recibieron.

Un cisne joven de plumas blancas mira su reflejo mientras tres cisnes se acercan en un estanque primaveral.

Unos chicos aparecieron junto al estanque.

—¡Hay uno nuevo! —gritó el más pequeño.

El joven cisne escondió la cabeza debajo del ala. Todavía no sabía qué hacer cuando lo miraban con cariño. Después volvió a levantarla. Tenía delante agua abierta, árboles en flor y compañeros que lo esperaban.

Nunca, durante aquel invierno, había imaginado una mañana así.

Fin

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Otras voces, otras lecturas

Más allá del cuento.

Georg Brandes: ¿ser aceptado o volar libre?

Georg Brandes admira el cuento, pero discute su final: le incomoda que el cisne encuentre su recompensa como ave de jardín, celebrado y alimentado por otros. Preferiría verlo volar libre. Su objeción abre una lectura distinta: el reconocimiento de los demás y la libertad no son necesariamente lo mismo.

Georg Brandes · Eminent Authors of the Nineteenth Century: Literary Portraits · edición consultada: 1886 · Traducción de Rasmus B. Anderson
Ensayo «Hans Christian Andersen»; pasaje que comienza «Take even the swan»

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

En cada lugar le piden al patito algo distinto: parecerse a los demás, poner huevos o ronronear. Nadie parece interesado en escucharlo hablar de nadar. Cuando los cisnes lo reciben, también cambia la manera en que lo miran. Puedes alegrarte por ese encuentro y seguir preguntando por los días anteriores. Su reflejo nuevo no borra el invierno ni las veces en que necesitó compañía y protección.

  • ¿Qué podría haber hecho algún animal del corral para que el patito pudiera quedarse tranquilo?
  • ¿Qué detalles muestran que, entre los cisnes, lo reciben de otra manera?

Una mirada adulta

En la casa de la anciana, la gallina y el gato convierten sus propias habilidades en condiciones para tener voz: quien no pone huevos ni ronronea no debería opinar. El viaje acumula formas de esa misma exclusión, hasta que el encuentro con los cisnes hace posible una pertenencia entre semejantes. La revelación reordena la imagen que el protagonista tiene de sí mismo, aunque deja un límite inquietante: la acogida llega junto con una identidad reconocible y admirada. No vuelve necesario el sufrimiento anterior. Al esconder la cabeza incluso cuando lo reciben con cariño, el joven cisne conserva la huella de una historia que el final feliz no borra de inmediato.

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