La muchacha llama a su madre desde la costa mientras una tienda plegada emerge del mar ante ella y su esposo.

Tradición armenia · colección de Cilicia/Tauro y Erzurum · Relato tradicional

La muchacha del mar

Relatos armenios · testimonio inglés de 1898

6 min de lectura12+ años · edad orientativa
Empieza la historia

Selecciona un párrafo para guardar tu lugar. Con el teclado, usa Tab y luego Enter.

Una anciana vivía con su hijo junto al mar. Cada mañana arrojaba un pan al agua. Un día le dijo:

—Hijo, estoy envejeciendo y siento que voy a morir pronto. Escucha mi consejo: sigue echando un pan al mar todas las mañanas.

La anciana murió y el joven cumplió su encargo.

Una tarde, al regresar del trabajo, encontró la casa barrida y ordenada. Otro día dejó carne en la alacena y, cuando volvió, la comida estaba cocinada y la mesa puesta. Aquello se repitió varias veces, hasta que decidió esconderse debajo de la escalera.

Oyó un chapoteo. Un pez grande saltó hasta el umbral, dejó caer su piel y de ella salió una muchacha hermosa como la luna brillante. Barrió la casa y terminó el trabajo de la cocina. Cuando estaba por marcharse, el joven la sujetó.

Desde debajo de una escalera, un joven mira asombrado a una muchacha que acaba de salir de una piel de pez caída en el umbral.

—¡Mamá, ayúdame! —gritó ella.

Desde el mar respondió una voz:

—No tengas miedo, hija. Ese es mi yerno.

Con permiso de la madre y por voluntad de Dios, según cuenta la historia, la muchacha se convirtió en esposa del joven. Llamaron al sacerdote y celebraron la boda durante siete días.

Tiempo después, ella cosía junto a la ventana cuando el príncipe, que paseaba por su huerto costero, la vio. Quedó prendado de su belleza. Al enterarse de que estaba casada, decidió matar al marido para casarse con ella.

Desde su huerto junto al mar, un príncipe observa por encima de un muro a una muchacha que cose junto a una ventana.

Mandó llamar al joven.

—Necesito una tienda tan grande que quepa todo mi ejército y todavía quede vacía la mitad. Tienes tres días para hacerla. Si no, te cortaré la cabeza y confiscaré todos tus bienes.

El muchacho volvió a casa entristecido. Su esposa le preguntó qué pasaba.

—Nada —respondió él, suspirando.

—Tu cara dice otra cosa. Cuéntame.

Entonces le explicó la orden del príncipe.

—No te preocupes.

Ella se asomó hacia el mar.

—¡Mamá! Mándanos nuestra tienda pequeña. Queremos ir de campamento.

La tienda salió del agua. El joven se la llevó al príncipe. Los sirvientes tardaron siete días en armarla: cupieron el ejército y todo el pueblo, y todavía quedó vacía la mitad.

Una tienda inmensa cubre la llanura junto al mar, con soldados y aldeanos adentro, mientras el príncipe la mira asombrado junto al joven.

—Muy bien —dijo el príncipe—. Pero no hay nada para cubrir el suelo. Tráeme una alfombra que tenga exactamente el tamaño de la tienda. Tienes tres días, o perderás la cabeza.

La muchacha volvió a pedirle a su madre que enviara la alfombra pequeña. Su marido la entregó.

Al día siguiente, el príncipe exigió un racimo de uvas tan grande que todo el ejército pudiera comer de él sin terminarlo. También lo recibió al otro día.

Por último pidió un bebé de tres días que caminara y hablara como un adulto. Esta vez el joven perdió toda esperanza: aquello sí era imposible.

—No te preocupes —le dijo su esposa esa noche. Y llamó al mar—: ¡Mamá, mándanos un rato al bebé! Queremos verlo.

Le entregaron al pequeño y su marido lo llevó al palacio, todavía dudando de que pudiera cumplir la exigencia. Por el camino resbaló y sacudió al bebé.

—¿No miras por dónde vas, cuñado? ¿Quieres caerte y aplastarme?

En un camino entre olivos, un joven arrodillado sostiene a un bebé diminuto que lo regaña con el ceño fruncido y el dedo levantado.

El reproche alegró al joven: ya sabía que no le cortarían la cabeza.

Apenas entraron, el bebé caminó hasta el príncipe, saltó a sus rodillas y le dio una bofetada.

—¿No te da vergüenza molestar tanto a mi cuñado? Quieres matarlo para casarte con mi hermana. ¡Vergüenza debería darte!

En la sala del palacio, un bebé diminuto de pie sobre las rodillas del príncipe lo regaña mientras el joven y dos guardias miran asombrados.

El príncipe abandonó su intención, se disculpó y pidió perdón. Desde entonces dejó en paz al joven y a su esposa del mar, que todavía viven junto a la costa.

Cayeron del cielo tres manzanas: una para mí, otra para quien contó el cuento y otra para quien recibió a la compañía.

Fin

¿Una historia para recordar?

Puedes volver siempre que quieras.

¿Seguimos con otra?

Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

Cada pedido del príncipe parece un trabajo, pero en realidad busca un motivo para matar al joven. El bebé dice en voz alta lo que el príncipe esconde. La ayuda de la familia del mar permite enfrentar un poder que parecía imposible de detener.

  • ¿Por qué el príncipe sigue pidiendo cosas cuando ya consiguió la tienda?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La escala de los objetos invierte la jerarquía: lo pequeño en el mar supera la capacidad del reino terrestre. Sin embargo, no basta satisfacer encargos; hace falta nombrar el deseo que los produce. El relato conserva además un inicio donde el consentimiento materno sustituye la voz de la novia, tensión que la valentía posterior de su familia no borra.

Preferencias de lectura

Tamaño de texto
21 px

¿Qué quieres leer?

Escribe al menos 2 caracteres.