Una rata almizclera se aleja por el arroyo llevando un recipiente de madera con aceite endurecido.

Nordeste de América del Norte · Mi’kmaq y Peskotomuhkati · Relato tradicional

Lox, los patos y el oso blanco

Relatos wabanaki · testimonio histórico de 1884

10 min de lectura16+ años · edad orientativa
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Lox vivía en el bosque con su hermano menor, un chico pequeño. Al llegar el invierno se internaron entre los árboles para cazar y encontraron un lago enorme cubierto de aves: gansos, barnaclas, patos negros, patos del bosque y muchas especies pequeñas.

El chico se entusiasmó.

Desde una orilla nevada, Lox y su hermano pequeño miran un lago enorme cubierto de aves.

—¿Cómo vamos a atraparlos?

—Primero hay que construir una vivienda grande, bien fuerte y con una puerta pesada.

Cuando estuvo lista, Lox mandó a su hermano a una punta de tierra. Debía anunciar a las aves que había llegado su rey y quería recibirlas con todos los honores.

Lox se vistió con gran solemnidad y se sentó junto a la puerta, con los ojos cerrados. El chico invitó a las aves a entrar y escuchar al gran jefe. Se acomodaron por tamaño: primero los gansos, después los patos, y las aves más pequeñas quedaron cerca de la entrada. El muchacho entró último, cerró la puerta y la sostuvo.

Dentro de una casa grande, Lox se sienta solemne con los ojos cerrados ante filas de aves ordenadas por tamaño; el chico sostiene la puerta.

—¡Cierren los ojos! —les ordenaron—. No los abran hasta que se lo indiquemos. Si miran antes de tiempo la magnificencia de su rey, quedarán ciegos para siempre.

Las aves obedecieron. Lox se acercó sin ruido, las sujetó por las alas y empezó a matarlas con los dientes, una por una. Así acabó con los gansos, las barnaclas y los patos negros.

El hermano menor sintió lástima por las aves pequeñas. Ya tenían más comida de la necesaria. Se inclinó y le susurró a una que abriera los ojos.

El pajarito obedeció con miedo. Al ver lo que pasaba, gritó:

—¡Nos están matando a todos!

Las aves abrieron los ojos y volaron aterradas dentro de la casa. El chico se dejó caer como si lo hubieran derribado y la puerta quedó abierta. Las aves escaparon por encima de él, mientras Lox seguía atrapando y matando a las que alcanzaba.

Las aves salen volando por la puerta abierta por encima del chico tendido en el suelo, mientras Lox intenta atraparlas.

Para disimular su ayuda, el muchacho sujetó por las patas a la última. Pero Lox sospechó igual. Lo sujetó con violencia y estuvo a punto de golpearlo. El chico insistió en que las aves lo habían tirado al suelo y abierto la puerta, sin que él pudiera impedirlo. Al fin Lox lo creyó y lo dejó.

Desplumaron las aves, guardaron las menudencias y cortaron y secaron la carne para el invierno.

Con tantas provisiones, Lox dio una fiesta. Entre los invitados estaban Marta y Mahtigwess, el Conejo, que conversaron largamente. Lox los escuchó y después preguntó dónde estaba su aldea y quiénes vivían allí. Le dijeron que había osos, caribúes, ciervos, lobos, gatos monteses, ardillas y ratones, y le mostraron el camino.

Tiempo después, Lox tomó la apariencia de una muchacha muy hermosa. Llegó a la aldea y se casó con el joven jefe.

Había dejado a su hermanito Marta escondido en un árbol hueco, fuera del poblado. Cuando el chico tuvo hambre, empezó a aullar. Los habitantes se asustaron, pero la nueva esposa del jefe explicó:

—Es el Espíritu del Hambre. Escuchen cómo pide comida. Si llega hasta aquí, habrá hambre y horror. Ya lo vi una vez.

—¿Puedes alejarlo?

—Sí. Denme una piel bien curtida de un alce de un año y bastante grasa de alce.

Con lo que pidió, Lox salió a la oscuridad gritando el nombre de su hermano de un modo que nadie entendía. Le dio comida, lo envolvió en la piel y le pidió que esperara. Los aullidos cesaron. La aldea creyó que la esposa del jefe poseía grandes poderes.

De noche, una joven hermosa envuelve con una piel al chico escondido en un árbol hueco y le da de comer.

Después anunció que iba a tener un hijo. Cuando llegó el momento, entregó un bulto envuelto y dijo que allí estaba el bebé. Lo besaron por fuera de la manta. Pero el jefe la abrió y encontró el cuerpo seco de un feto de alce.

Enfurecido, lo arrojó al fuego. Todos salieron a perseguir a Lox, que corría con su hermano hacia el lago. Al llegar a la orilla, el hechicero tiró un palo al agua. Se convirtió en una canoa. Antes de que los alcanzaran, los dos habían cruzado y desaparecido entre los árboles.

Lox, disfrazado de joven, rema en una canoa de corteza con su hermano mientras en la otra orilla quedan sus perseguidores.

Otro día Lox estaba sentado sobre un tronco cuando pasó un Oso. El Oso era sociable: se sentó junto a él y compartieron una pipa. Mientras hablaban, una gaviota voló sobre sus cabezas y dejó caer sus excrementos sobre Lox.

Lox se limpió y le gritó:

—¡Desagradecida! ¿Así me pagas haber hecho blancas tus plumas?

El Oso quería ser blanco, porque consideraba a los osos blancos los más distinguidos.

—¿Tú hiciste blanca a la Gaviota? ¿Podrías hacerme blanco a mí?

Sentados en un tronco, Lox amenaza con el puño a una gaviota mientras el oso negro lo mira esperanzado.

—Podría, pero es un trabajo largo y doloroso. Tal vez te mueras. La Gaviota lo soportó, pero no sé si un Oso podría.

El Oso estaba seguro de resistir todo lo que resistiera una gaviota. Lox construyó una pequeña casa de piedra, de menos de un metro de alto, lo metió adentro y arrojó piedras al rojo vivo. Después vertió agua por un agujero del techo. El vapor llenó el encierro.

—¡Está demasiado caliente, doctor Lox! ¡Me estoy muriendo!

—Ánimo. La Gaviota soportó el doble.

—¡No aguanto más!

Lox agregó piedras y agua. El Oso gritó que lo dejara salir y finalmente rompió la puerta.

Lox lo examinó. Los osos viejos tienen una pequeña mancha clara en la parte alta del pecho, que ellos mismos no alcanzan a ver.

—Qué lástima. Justo empezabas a volverte blanco. Aquí está la primera mancha. Cinco minutos más y terminábamos. Veo que no tienes el valor de una gaviota.

El Oso quedó avergonzado y decepcionado. Preguntó si la mancha existía de verdad. Lox lo llevó hasta una poza para que se mirara. Allí estaba.

El oso negro se mira en una poza y se toca una pequeña mancha clara del pecho mientras Lox señala su reflejo.

—¿Podemos empezar otra vez?

—Sí, pero ahora va a ser más caliente, más difícil y más largo. No lo intentes si tienes miedo, y no me culpes si te mueres.

El Oso volvió a entrar. Nunca salió vivo. Lox tuvo carne asada y aceite de oso para todo el invierno.

Le dio un poco de aceite a su hermano menor. El chico lo llevó en un recipiente y, junto al arroyo, encontró a una Rata Almizclera.

—Si lo endureces, te doy la mitad.

La Rata Almizclera lo dejó duro como hielo. Entonces el chico le dijo:

—Si mi hermano viene a pedirte lo mismo, quédate con todo.

Volvió y le mostró el aceite endurecido a Lox. Lox llenó un recipiente grande y fue a pedirle a la Rata Almizclera que hiciera lo mismo. Ella tomó el recipiente, se alejó nadando y no regresó.

Lox se enfureció con su hermano. Recordó a los patos y ahora quedó convencido de que también aquella vez lo había engañado. Entonces lo mató.

Fin

¿Una historia para recordar?

Puedes volver siempre que quieras.

¿Seguimos con otra?

Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Imagen simbólica: Un libro abierto ante una costa de bosque, con una canoa pequeña y varias hojas separadas que sugieren fuentes distintas.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y editor de la fuente inglesa

Charles Godfrey Leland

Charles Godfrey Leland reunió The Algonquin Legends of New England, publicado en 1884. El libro recoge relatos mi’kmaq, passamaquoddy y penobscot por medio de narraciones, manuscritos y colaboradores identificados. Leland seleccionó y reelaboró ese material; algunos capítulos combinan versiones o declaran cambios....

Composición y edición del capítulo a partir de varias versiones; no transcripción de un único narrador.

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Imagen simbólica: Una canoa en agua quieta bajo una montaña distante, con una perdiz en primer plano; evocación de los cuentos que se le atribuyen.
Ilustración de su mundo literario

Narrador passamaquoddy / peskotomuhkati

Tomah Joseph

Tomah Joseph, nombrado Tomah Josephs en el libro de Leland, fue un narrador passamaquoddy de Peter Dana’s Point, Maine. El archivo del Smithsonian lo identifica también como artista y gobernador de esa comunidad. Leland le atribuye directamente varios relatos de esta selección,...

Fuente de una de las dos versiones passamaquoddy que Leland menciona para la parte posterior al episodio del jefe; no atribución de todo el relato compuesto.

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Ilustración simbólica: Hojas y una carta sin escritura junto a una ventana abierta hacia un río boscoso.
Ilustración de su mundo literario

Recopiladora e intermediaria de las fuentes

Mrs. W. Wallace Brown

Leland identifica como Mrs. W. Wallace Brown a una colaboradora de Calais, Maine, que le proporcionó una colección de relatos y otros materiales. Algunos procedían de narradores cuyos nombres no se conservaron; otros incluyen a la persona llamada Neptune. Su papel se...

Fuente de una de las dos versiones passamaquoddy que Leland menciona para la parte posterior al episodio del jefe; no atribución de todo el relato compuesto.

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Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

Por la dureza del final, esta conversación requiere la edad y el acompañamiento indicados. El hermano menor reconoce que ya tienen suficiente comida y ayuda a escapar a las aves. Podemos mirar ese gesto y pensar por qué a veces alguien necesita proteger a otros sin poder enfrentarse abiertamente a quien tiene más poder.

  • ¿Qué hace el chico para abrir una salida?
  • ¿Por qué tiene miedo de decirle a Lox lo que piensa?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La composición enlaza tres abusos de confianza: la recepción real, el matrimonio y la promesa de transformar al Oso. El hermano menor interrumpe la matanza y luego participa en otro engaño; su represalia con el aceite desencadena un asesinato. La historia no concede una salida reparadora. El carácter compuesto explica cambios de nombres y conexiones, que se identifican editorialmente sin inventar una narración oral uniforme.

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