Una perdiz sale de un montículo de nieve que se derrite y vuela hacia los brotes de un abedul.

Nordeste de América del Norte · Peskotomuhkati · Relato tradicional

La casa que llevaba una perdiz

Relatos wabanaki · testimonio histórico de 1884

4 min de lectura8+ años · edad orientativa
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Un viajero cruzaba el bosque cuando oyó a lo lejos pasos que golpeaban el suelo. Quiso encontrar a quienes hacían aquel ruido. Caminó una semana entera hasta llegar a un árbol alrededor del cual bailaban un hombre y una mujer.

En la copa había un Mapache. La pareja había pisado tanto el mismo lugar que abrió una zanja y ya estaba hundida hasta la cintura.

En un claro, un hombre y una mujer bailan hundidos hasta la cintura alrededor de un árbol con un mapache en la copa; el viajero los mira asombrado.

—¿Por qué hacen eso? —preguntó el viajero.

—Tenemos hambre. Estamos tratando de hacer caer el árbol con la danza para atrapar al Mapache.

—Hay una manera nueva y mejor de derribar árboles —les dijo.

Acordaron que, si él lo conseguía, ellos se quedarían con la carne y él recibiría la piel. Les mostró cómo cortar el tronco y derribó el árbol. La pareja atrapó al animal; la mujer curtió la piel y se la entregó al viajero.

Más adelante encontró a otro hombre que llevaba una casa entera sobre la cabeza: una gran vivienda de corteza de abedul, con muchas habitaciones.

Al principio sintió miedo, pero el desconocido dejó la casa en el suelo, le dio la mano y se mostró amistoso. Se sentaron a fumar y conversar.

En un sendero del bosque, un hombre alto lleva sobre la cabeza una gran casa de corteza de abedul y el viajero retrocede sorprendido.

El dueño de la casa vio la piel de Mapache en el cinturón del viajero.

—Qué buena piel, hermano. ¿Dónde la conseguiste?

Escuchó la historia de la pareja que bailaba y quiso comprarla. Ofreció una cosa y otra, hasta que al fin ofreció su casa. El viajero aceptó.

Entró a examinarla. Había muchas habitaciones y buenos muebles.

—Nunca voy a poder cargar algo así.

—Prueba —dijo el desconocido.

La levantó: era tan liviana como una canasta.

El viajero levanta riendo la gran casa de corteza sobre su cabeza mientras el otro hombre sostiene la piel de mapache.

Se despidieron. El viajero caminó con su casa hasta la noche. Al llegar a una loma arbolada, cerca de un buen manantial, decidió instalarse.

Encontró una habitación con una cama muy cómoda, cubierta por una piel de oso blanco. Estaba cansado y durmió profundamente.

A la mañana vio colgados de las vigas alimentos deliciosos: venado, jamones, patos, canastas de bayas y azúcar de arce, y mazorcas de maíz.

Sentado en una cama cubierta con piel blanca, el viajero mira feliz los alimentos colgados de las vigas de la casa.

Contentísimo, extendió los brazos y saltó hacia ellos.

En ese instante la piel blanca se derritió y corrió como agua: era la nieve del invierno. Sus brazos se abrieron en alas y voló hacia la comida, que eran los primeros brotes del abedul.

Era una Perdiz. Había pasado el invierno bajo un montón de nieve y ahora salía a recibir la primavera.

Fin

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Con chicos

Para conversar con chicos

La casa parece llena de objetos conocidos hasta que el final cambia lo que estamos viendo. Podemos volver a mirar la cama blanca y la comida colgada e imaginar cómo se ven desde los ojos de un ave.

  • ¿Qué se transforma al llegar la primavera?
  • ¿Qué pistas del paisaje aparecen antes del final?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

El cierre reorganiza retrospectivamente todo el refugio: la cama es nieve y las provisiones son brotes. La narración no aclara que lo anterior haya sido un sueño; mantiene la continuidad entre viajero y ave. El trueque y la casa portátil preparan una forma de habitar que solo al final revela su relación con el invierno.

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