Los dos hermanos entregan a la viuda dos grandes trozos de bambú que guardan oro en su interior.

Provincias lao del Siam histórico · Fleeson (1899) · Cuento tradicional

Los hermanos y el oro en el bambú

Un regalo que se abrió demasiado tarde

6 min de lectura14+ años · edad orientativa
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Dos hermanos vivían con su madre. El mayor cuidaba al menor durante el día, mientras ella salía a trabajar para conseguir comida. Su padre había muerto y la madre se había casado con otro hombre, que procuraba apartarla de sus hijos y hacer que los descuidara.

Un día los chicos esperaron su regreso desde la mañana hasta la noche sin probar bocado. Al oscurecer, buscaron algo para comer. Encontraron unas frutas verdes, las comieron y se acostaron.

Mucho más tarde volvieron la madre y su marido. Ella cocinó arroz y los dos se sentaron a cenar. El olor despertó a los hermanos. El mayor llevó al pequeño hasta su madre y le pidió comida.

—No les des de lo nuestro —ordenó el marido.

De noche, a la luz de una lámpara, el padrastro señala la salida mientras el hermano mayor, con el pequeño en brazos, pide comida desde la puerta.

La madre los golpeó y los echó. El mayor cargó al menor y buscó refugio debajo de la casa, pero también los expulsaron de allí. Finalmente, una viuda que vivía cerca los recibió y les dio esteras para dormir.

Una anciana extiende una estera en el suelo y el hermano mayor acuesta allí al pequeño, dormido.

Al amanecer, los hermanos salieron a buscar otro hogar. Caminaron durante muchos días hasta llegar a un refugio de viajeros, una sala, cerca de la ciudad principal de otra provincia. Pasaron allí la noche.

A la mañana siguiente, el mayor salió en busca de alimento. Debajo del refugio vio a dos serpientes que peleaban. Ambas estaban heridas. Una mató a la otra y después fue hasta unas hierbas cercanas. Las comió y, en un instante, sus heridas desaparecieron.

El chico esperó a que se alejara. Recogió un poco de aquella hierba y la puso en la boca de la serpiente muerta. El animal volvió a la vida y lo bendijo. Entonces el muchacho juntó más, regresó junto a su hermano y los dos la comieron. Recuperaron las fuerzas.

Debajo de un refugio de madera, el muchacho pone unas hojas en la boca de una serpiente inmóvil, mientras otra se aleja entre las hierbas.

Poco después pasó un servidor del chow, el gobernante de la provincia. Los hermanos le preguntaron por qué se oían lamentos en la ciudad.

—Murió la hija del chow —les explicó—. Su padre está de duelo. Prometió la mitad de la provincia y de sus bienes a quien consiga devolverle la vida.

El mayor quiso probar la hierba. Cargó a su hermanito, llevó una porción y fue hasta la casa del gobernante. Pidió permiso para intentar despertar a la joven y lo obtuvo enseguida.

Le puso la hierba en la boca. La muchacha volvió a vivir. Lleno de alegría, el chow compartió con el joven sus tierras y sus bienes, y además le dio a su hija en matrimonio.

La hija del gobernante se incorpora en su estera mientras el muchacho, con su hermanito a cuestas, se arrodilla a su lado y el padre levanta las manos de alegría.

Los hermanos vivieron mucho tiempo en aquella provincia y crecieron fuertes y sabios. Un día pensaron en su madre.

—Vamos a visitarla a ella y a su marido —decidieron.

Prepararon trozos huecos de bambú, los llenaron de oro y los cerraron de manera que no pudiera verse el contenido. Después emprendieron el viaje con muchos elefantes y servidores.

Al llegar a su lugar de origen, entregaron un bambú a cada amigo y pariente. A su madre y al marido les dieron cinco de los más grandes. Para la viuda que los había recibido cuando estaban solos, reservaron otros dos, también grandes.

—Este bambú sirve muy bien como leña —le dijeron a su madre—. Corten los trozos y úsenlos para el fuego.

La mujer y su esposo se enojaron. Aquellos hijos habían llegado desde tan lejos y solo les traían madera. No quisieron hablarles. Los hermanos regresaron tristes a su provincia.

Los dos hermanos, ya adultos, señalan unos grandes trozos de bambú; su madre les da la espalda ofendida y el padrastro los mira con desprecio.

Tiempo después, la viuda fue a visitar a la madre.

—Tus hijos dijeron que el bambú era buena leña. ¿Dónde lo tienes?

—Afuera —respondió ella—. Vinieron desde tan lejos para traer solo eso. No vamos a tocarlo.

La viuda insistió en que confiara en el cariño de sus hijos y cortara la madera. Al fin, el marido abrió uno de los bambúes. Adentro encontró oro. Cortó los demás y descubrió que todos estaban llenos.

El padrastro parte un bambú y de adentro cae oro; la madre se tapa la boca y la viuda los observa con tristeza.

Los dos salieron corriendo para alcanzar a los hermanos y darles las gracias. Pero ya estaban demasiado lejos. La historia cuenta que la madre y su marido no pudieron soportar el remordimiento y murieron a un costado del camino.

Fin

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Para reflexionar

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Con chicos

Los hermanos reciben ayuda de una viuda cuando las personas responsables de cuidarlos los expulsan. Más tarde recuerdan ese refugio y también vuelven a buscar a su madre. La generosidad que eligen no obliga a nadie que haya sufrido maltrato a volver ni a perdonar. El final triste permite hablar de un reconocimiento que llega tarde.

  • ¿Qué hace la viuda cuando los hermanos necesitan ayuda y qué hace cuando ya se fueron?
  • ¿Por qué la apariencia del regalo impide que la madre descubra lo que contiene?

Una mirada adulta

El relato enlaza una reparación social, el ascenso del hermano mayor, con una reparación familiar que fracasa. El oro oculto exige una confianza que la madre y el padrastro no conceden; la misma viuda interviene como mediadora en ambos extremos. La muerte por remordimiento cierra la posibilidad de diálogo y no debe convertirse en un argumento que obligue a los hijos maltratados a reconciliarse. También merece atención la hija del chow, cuya vida restaurada se convierte en recompensa matrimonial sin que conozcamos su decisión.

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