Dos hombres señalan caminos opuestos ante un religioso, junto a una canasta y un pañuelo llenos de fruta.

Provincias lao del Siam histórico · Fleeson (1899) · Cuento tradicional

Las dos cenas del religioso avaro

Un camino que se divide antes de la mesa

3 min de lectura12+ años · edad orientativa
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En el terreno de un templo del sur crecía un gran árbol frutal. Quienes pasaban por allí miraban sus frutos con ganas de probarlos, pero el religioso a cargo no permitía que nadie comiera uno solo. Los quería todos para él.

Dos hombres hablaron del asunto y decidieron conseguir fruta sin pagar. El primero fue al templo y pidió un poco.

—No —respondió el religioso de mala manera—. La necesito para mí.

—La quería para acompañar un curry de venado —dijo el hombre—. Preparé tanto que me gustaría invitarte a comer.

La respuesta cambió enseguida.

—Llévate lo que quieras.

Bajo el árbol del templo, el religioso sonríe y deja que un hombre llene su pañuelo de fruta.

El visitante llenó su pañuelo con fruta. Antes de irse, anunció que volvería al atardecer para buscarlo.

Poco después llegó el segundo hombre y también pidió frutos. Recibió la misma negativa, hasta que explicó:

—Quería comerlos con un curry de cerdo. Si te parece, al caer el sol vengo a buscarte y cenamos juntos.

—Llévate toda la fruta que necesites —contestó el religioso.

El hombre llenó una canasta grande y se fue.

Al atardecer, los dos aparecieron al mismo tiempo. El religioso salió con ellos. Cuando llegaron a una bifurcación, uno lo sujetó de un brazo.

—Ven primero conmigo. Mi casa queda por aquí.

El otro lo tomó del brazo contrario.

—No, primero conmigo. Mi familia ya debe estar comiendo.

Discutieron y tironearon de él hacia un lado y hacia el otro. El religioso terminó agotado y lleno de moretones.

Al atardecer, dos hombres tiran de los brazos del religioso en direcciones opuestas.

—¡Basta! —dijo—. No voy a comer ni venado ni cerdo.

Los dos hombres lo soltaron y volvieron a sus casas, riéndose. Uno no tenía venado ni el otro tenía cerdo: las dos cenas habían sido inventadas.

El religioso, sentado y cansado, se frota el brazo mientras los dos hombres se alejan riendo por caminos distintos.
Fin

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Con chicos

Las invitaciones consiguen lo que los pedidos de fruta no lograron. Después, los hombres usan las dos promesas para hacer que el religioso renuncie a ambas. Podemos reconocer el engaño y el daño de los tironeos sin suponer que negarse a compartir vuelve merecido cualquier castigo.

  • ¿Por qué el religioso cambia de respuesta cuando escucha hablar de las cenas?
  • ¿Qué pasos del plan dependen de que cada persona crea algo que no es cierto?

Una mirada adulta

El religioso abre el acceso a la fruta cuando imagina una ganancia propia. Los dos visitantes aprovechan ese apetito y producen obligaciones incompatibles: cada cena exige que los acompañe por un camino distinto. La bifurcación vuelve corporal la contradicción y el tironeo fuerza una renuncia que les permite quedarse con lo obtenido. La risa final celebra la astucia a costa de los moretones. El egoísmo inicial explica la oportunidad del engaño, sin volver inocente la violencia con que se completa.

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