Un hombre se incorpora bajo una tela y sobresalta al religioso que permanece junto a él.

Provincias lao del Siam histórico · Fleeson (1899) · Cuento tradicional

El religioso y el muerto que se levantó

Un funeral preparado para dar miedo

4 min de lectura14+ años · edad orientativa
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En un templo del norte vivía un religioso al que le gustaba tanto masticar nuez de areca, llamada betel en esta historia, que un día le preguntó a un joven del templo:

—¿No murió nadie hoy?

—No oí hablar de ninguna muerte —respondió el muchacho.

Un hombre que estaba rezando escuchó la pregunta. Al volver a su casa, reunió a los suyos.

En el templo, el religioso pregunta ansioso al novicio mientras un hombre arrodillado que reza lo escucha con desaprobación.

—Quiere que alguien muera para tener betel en el funeral —dijo—. Le importa más su apetito que la vida de una persona. Vamos a darle un escarmiento: prepárenme como si estuviera muerto y lloren bien fuerte para que venga.

Lo acostaron, lo cubrieron y empezaron a lamentarse a gritos. El religioso oyó el llanto y llegó deprisa, contento ante la perspectiva de recibir lo que tanto deseaba.

En una casa de madera, una familia finge llorar junto a un hombre tapado con una tela blanca mientras el religioso entra contento.

—Ya es tarde —le dijeron—. Tenemos que llevar a nuestro hermano al lugar de cremación. Haremos la comida cuando regresemos.

Todos se pusieron en marcha. Al llegar, entregaron al religioso un extremo de la tela que cubría el cuerpo; el otro quedó sobre el supuesto difunto.

—Pide bendiciones para nuestro hermano —le solicitaron—. Nosotros vamos a preparar la leña.

Lo dejaron rezando junto al cuerpo. En vez de reunir madera, cortaron ramas con espinas y las pusieron sobre el sendero y a sus costados, de modo que el religioso no pudiera escapar sin lastimarse. Después se escondieron.

Al anochecer, dos familiares cubren el sendero con ramas espinosas mientras el religioso reza junto al cuerpo tapado.

La oscuridad fue cerrándose alrededor del hombre que rezaba. Cada vez hablaba más fuerte y más rápido. De pronto, el cuerpo se movió y dejó escapar un gemido.

—¡Estoy pidiendo bendiciones para ti! —exclamó el religioso—. ¿Por qué te mueves?

El supuesto muerto se incorporó y gimió todavía más alto. El religioso salió corriendo hacia el templo. Las espinas lo atraparon; cayó de cabeza, se cortó y siguió huyendo, ensangrentado.

Con muchísimo esfuerzo consiguió llegar. El joven le curó las heridas, que le dolían intensamente. Solo después de descansar un rato se acordó de preguntar:

—¿La familia del muerto trajo betel mientras yo no estaba?

—No —contestó el muchacho—. Puedes ir a comer a su casa.

—¡No volveré! —respondió el religioso—. Aunque mueran diez o veinte personas, no iré. ¡Si van a morirse como se murió ese hombre, no iré nunca más!

Vendado y sentado en una estera, el religioso agita las manos negándose mientras el novicio contiene la risa con un cuenco de ungüento.
Fin

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Otro cuento no leído al azar

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Para reflexionar

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Con chicos

El religioso sigue pensando en el betel incluso después del susto. Los vecinos logran asustarlo y lastimarlo, pero el final no muestra que haya comprendido el daño de desear una muerte. Esta historia para adolescentes permite separar un castigo de un aprendizaje y preguntarse por otras formas de señalar una conducta injusta.

  • ¿Qué parece haber aprendido el religioso y qué sigue sin reconocer?
  • ¿En qué momento la broma deja de ser solo un engaño y produce daño físico?

Una mirada adulta

El falso funeral convierte el interés por una ofrenda en vulnerabilidad ante el muerto. La trampa no depende únicamente de una aparición fingida: los vecinos preparan espinas para asegurar las heridas. El regreso del apetito impide leer el final como reforma moral; lo que cambia es su disposición a asistir a funerales. La sátira conserva así una distancia entre vergüenza, miedo y transformación.

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