El rey Midas contempla una manzana y un pan convertidos en oro.

Tradición grecorromana · Frigia · Mito

El deseo del rey Midas

Todo lo que brilla

5 min de lectura7+ años · edad orientativa
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El rey Midas recibió un día a un visitante inesperado. Unos campesinos habían encontrado a Sileno, el viejo maestro de Baco, que se había apartado de sus compañeros y no sabía cómo volver. Midas lo reconoció, lo alojó en su palacio y lo trató con todos los honores.

Durante diez días hubo comida, conversación y festejos. Al undécimo, el rey acompañó a Sileno hasta donde lo esperaba Baco. El dios, contento de recuperar a su maestro, quiso agradecerle.

Midas acompaña al anciano Sileno hasta Baco, que lo recibe junto a un sendero entre árboles.

—Pídeme una recompensa.

Midas no tardó en responder. Había visto sus depósitos, sus cofres y sus joyas tantas veces que ya solo pensaba en tener más.

—Quiero que todo lo que toque se convierta en oro.

Baco le concedió el deseo, aunque lamentó que hubiera elegido tan mal. Midas, demasiado entusiasmado para notar aquella preocupación, salió a probar su nuevo poder.

Midas sonríe con las manos juntas frente a Baco, que lo mira con preocupación y levanta una mano.

Arrancó una ramita de un roble. Entre sus dedos, la corteza se volvió amarilla y brillante. Levantó una piedra del camino: oro. Recogió un poco de tierra: también oro. Entonces tomó una manzana y la hizo girar bajo el sol. Parecía la fruta de un jardín imposible.

Midas sostiene una pequeña rama de roble dorada bajo la luz del sol, junto a un árbol de hojas verdes.

El rey regresó al palacio convencido de que nadie había tenido jamás tanta suerte. Mandó preparar una gran comida y se sentó frente a la mesa. Después de tantas pruebas, tenía un hambre enorme.

Tomó un pedazo de pan. Antes de llegar a su boca, se volvió duro y pesado. Lo dejó sobre el plato con un golpe. Probó otro alimento. En cuanto lo tocó, ocurrió lo mismo.

Midas empezó a ponerse nervioso. Llevó una copa a los labios, pero el vino también se transformó. Apartó la bebida con espanto. A su alrededor resplandecía una mesa que ningún ser vivo podía aprovechar.

Midas aparta una copa llena de oro sólido, frente a una mesa con pan y fruta dorados.

Se levantó. Quiso tocar algo que siguiera siendo lo que era. No pudo. Lo que unas horas antes le había parecido una maravilla se había convertido en una amenaza. Era dueño de cada vez más oro y no tenía manera de conseguir un trago de agua.

Volvió a llamar a Baco.

—Me equivoqué —dijo—. Sácame este poder. No quiero conservarlo ni un minuto más.

El dios escuchó su ruego y le indicó que fuera al río Pactolo. Debía remontarlo hasta su nacimiento y lavarse allí. El agua se llevaría el don que había pedido.

Midas se inclina ante Baco con una mano en el pecho y la otra abierta, mientras el dios señala hacia el exterior.

Midas partió enseguida. Ya no se detuvo a convertir piedras ni ramas. Buscó el río, siguió su curso y llegó hasta la fuente. Se arrodilló y metió las manos. Después sumergió la cabeza y dejó que el agua corriera sobre él.

Midas sumerge el rostro en el agua de una fuente, inclinado sobre las piedras y apoyado en las manos.

Cuando salió, tocó con cuidado la orilla. La tierra siguió siendo tierra. Levantó una piedra: seguía gris. Juntó agua entre las manos y bebió.

Midas se arrodilla junto al río y bebe agua entre las manos; una piedra gris descansa en la orilla.

El encantamiento había pasado a las arenas del Pactolo, que desde entonces, según cuenta el mito, guardaron oro. Midas dejó atrás la fuente y regresó a su casa. Esta vez pudo partir el pan. Se quedó un momento con el trozo en la mano, mirando aquella miga blanda que no brillaba, y por fin comió.

Midas sostiene un pan recién partido y mira la miga clara entre sus manos.
Fin

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Con chicos

Al principio, Midas prueba su poder con cosas que puede dejar en el camino. El problema aparece cuando quiere comer y beber: el oro también alcanza lo que necesita. Al final tiene en la mano un pan que no brilla y puede disfrutarlo. Si te interesa, sigue el viaje de sus manos por el cuento: lo que tocan va mostrando cómo cambia su deseo.

  • ¿En qué momento te parece que Midas empieza a entender el problema de su poder?
  • ¿Qué habría necesitado preguntarse antes de pedir que todo se convirtiera en oro?
  • ¿Por qué el mismo pedazo de pan podría parecerle diferente antes y después de ir al río?

Una mirada adulta

El deseo de Midas reduce el valor de las cosas a una sola materia y termina destruyendo aquello que las hacía necesarias. El oro conserva su brillo mientras el pan pierde la posibilidad de alimentar. La hospitalidad inicial y el reconocimiento del error impiden fijar al rey para siempre en su codicia. Renunciar al don le devuelve un mundo diverso, capaz de sostenerlo. La miga blanda del final concentra ese cambio: algo vale también por lo que permite vivir.

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