Rapunzel mira desde una torre y su larga trenza dorada cae entre la hiedra.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

Rapunzel

La voz de la torre

6 min de lectura12+ años · edad orientativa
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Detrás de la casa de una pareja había un jardín rodeado por un muro alto. Pertenecía a una hechicera, y nadie se atrevía a entrar. La mujer, que esperaba un hijo, miraba desde su ventana un bancal de rapónchigos: aquellas hojas verdes le parecían más apetitosas que cualquier otra comida.

Su deseo creció tanto que dejó de comer y se debilitó. El marido, preocupado, escaló el muro al anochecer y robó un puñado. Ella preparó una ensalada, pero al día siguiente quiso más.

La segunda vez, la hechicera lo estaba esperando.

—¿Cómo te atreves a robar en mi jardín?

Un hombre sostiene unas hojas verdes frente a una mujer de cabello gris en un jardín rodeado por un muro.

El hombre le habló de su esposa y le suplicó que lo perdonara. La hechicera aceptó dejarlo llevar todas las plantas que quisiera con una condición: cuando naciera el bebé, tendría que entregárselo. Aterrorizado, él aceptó. La niña nació y la hechicera apareció, la llamó Rapunzel y se la llevó.

Rapunzel creció a su cuidado. A los doce años, la hechicera la encerró en una torre en medio del bosque. No había escalera ni puerta; solo una ventana muy alta. Cuando quería visitarla, se paraba al pie del muro y llamaba:

—Rapunzel, Rapunzel, deja caer tu pelo.

La niña tenía unas trenzas larguísimas. Las aseguraba a un gancho de la ventana y las dejaba caer. La hechicera subía por ellas.

La hechicera se sujeta a unas largas trenzas doradas y apoya las botas contra la torre; Rapunzel sostiene el pelo junto a un gancho de la ventana.

Pasó el tiempo. Rapunzel miraba cómo cambiaban las estaciones sobre las copas de los árboles. Cantaba para acompañarse, y su voz llegaba lejos. Un príncipe que cruzaba el bosque la escuchó y se detuvo. Quiso entrar a la torre, pero dio vueltas alrededor sin encontrar ninguna puerta.

Desde el pie de una torre, el príncipe mira hacia Rapunzel, que canta en una ventana alta.

Volvió varios días, atraído por la canción. Una tarde vio llegar a la hechicera, oyó sus palabras y observó cómo subía. Al anochecer siguiente se acercó y llamó del mismo modo. Rapunzel dejó caer las trenzas.

Cuando un desconocido apareció en su habitación, ella se asustó. El príncipe habló con suavidad, le contó que había oído su voz y quiso saber quién era. Rapunzel empezó a conversar con él. Tenía tantas preguntas sobre el mundo de afuera que la noche le resultó corta.

El príncipe entra por la ventana de la torre con la mano en alto, y Rapunzel, asustada, retrocede junto a la mesa.

Siguieron viéndose. Llegaron a quererse y decidieron irse juntos. Pero había un problema: cuando la hechicera subía, Rapunzel sostenía el pelo desde arriba; ¿quién haría lo mismo por ella?

—Tráeme un ovillo de seda cada vez que vengas —propuso—. Voy a tejer una escalera.

El príncipe iba por la noche y la hechicera durante el día. La escalera crecía escondida. Hasta que una mañana Rapunzel preguntó, sin pensar:

Rapunzel anuda una escalera de seda sobre una mesa; junto a ella hay un ovillo y un cofre con la parte ya terminada.

—¿Por qué me cuesta tanto subirte a ti, si el príncipe llega enseguida?

La hechicera comprendió todo. Furiosa, le cortó las trenzas y la llevó a un lugar desierto. La dejó allí, sola, y regresó a la torre con el pelo cortado.

Rapunzel, con el cabello corto, está sentada entre rocas y hierbas de un paisaje solitario.

Esa noche el príncipe llamó. Las trenzas bajaron como siempre, pero arriba lo esperaba la hechicera.

—El pájaro ya no está en su nido —le dijo—. No vas a volver a verla.

En la ventana de la torre, la hechicera muestra al príncipe las trenzas cortadas mientras él, aferrado al marco, la mira desesperado.

Desesperado, el joven saltó de la torre. Sobrevivió, pero cayó entre espinas y perdió la vista. Vagó por el bosque alimentándose de raíces y frutos. Durante años buscó a Rapunzel sin saber hacia dónde ir.

Ella, mientras tanto, había tenido mellizos, un niño y una niña. Vivía con ellos en aquella tierra apartada y se esforzaba por mantenerlos. A veces les cantaba las canciones que había aprendido en la torre.

Rapunzel, con el cabello hasta los hombros, canta sentada junto a un niño de camisa azul y una niña de vestido rojizo que la escuchan.

Un día el príncipe llegó cerca y escuchó una voz conocida. Se detuvo. Después caminó hacia el canto, llamando a Rapunzel. Ella lo reconoció y corrió a abrazarlo. Lloró al verlo; dos lágrimas cayeron sobre sus ojos y la vista regresó.

Rapunzel llora inclinada sobre el príncipe y sostiene su cabeza mientras las lágrimas caen hacia sus ojos cerrados.

Por primera vez en años pudo mirar el mundo. Vio a Rapunzel, a sus dos hijos y el cielo abierto sobre ellos. Los llevó a su reino, donde lo habían dado por perdido y lo recibieron con alegría. Allí vivieron juntos durante mucho tiempo. Rapunzel siguió cantando, pero ya no necesitaba una ventana alta para que alguien la escuchara.

El príncipe se agacha frente a sus dos hijos y los mira con los ojos abiertos; Rapunzel sonríe junto a ellos bajo el cielo.
Fin

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Con chicos

Rapunzel crece bajo decisiones ajenas, pero imagina una salida concreta: tejer una escalera con la seda que trae el príncipe. El plan se interrumpe y llegan años de separación, destierro y dificultades. Su canto, que ya se oía desde la torre, permite el reencuentro. Puedes seguir cómo cambia esa voz a lo largo del cuento y qué cosas quedan fuera de lo que nos cuentan.

  • ¿Qué nos muestra el plan de la escalera sobre Rapunzel y sobre la ayuda que necesita?
  • ¿Qué parte de los años que pasa con sus mellizos te gustaría que el relato contara con más detalle?

Una mirada adulta

Antes de que Rapunzel pueda decidir, un acuerdo entre adultos determina dónde crecerá. La torre prolonga esa falta de elección, y la escalera introduce un proyecto propio construido de a poco con ayuda. Cuando el plan se descubre, la narración separa las experiencias: sigue al príncipe sin vista y resume los años de Rapunzel criando a sus mellizos en un lugar apartado. Las lágrimas restituyen la vista dentro de la lógica maravillosa. El reencuentro permite volver sobre lo perdido y sobre aquello que el final feliz deja apenas contado.

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