Nasrudín iba hacia su casa cuando se encontró con un grupo de estudiantes.
—Señores, vengan esta noche a casa a probar un poco del caldo de este viejo.
—Con mucho gusto —respondieron, y lo siguieron.
Nasrudín los hizo entrar. Después fue donde estaba su esposa y le dijo:
—Traje a unos viajeros para darles una taza de caldo.
—¿Tenemos aceite o arroz en casa? ¿O trajiste tú, que quieres convidar caldo? —preguntó ella.
—¡Por Dios! Dame la olla.
Nasrudín la tomó y corrió a donde estaban los estudiantes.
—Perdonen, señores. Si hubiera habido aceite o arroz en esta casa, esta es la olla en la que les habría servido el caldo.


