Quarrian y Gidgereegah, convertidos en aves, vuelan entre el granizo junto al refugio cerrado.

Río Narran, Nueva Gales del Sur, Australia · atribución histórica de Parker · Relato tradicional

Gwineeboo y la tormenta de granizo

Relatos del río Narran · recopilación de Parker

5 min de lectura14+ años · edad orientativa
Empieza la historia

Selecciona un párrafo para guardar tu lugar. Con el teclado, usa Tab y luego Enter.

Gwineeboo y Goomai, la rata de agua, estaban recogiendo moluscos en el arroyo cuando un canguro saltó al agua junto a ellas. Comprendieron que escapaba de unos cazadores.

El animal quedó enredado entre las plantas. Gwineeboo tomó su palo de cavar y lo golpeó en la cabeza. Una vez muerto, las dos mujeres lo escondieron bajo la vegetación acuática: temían que los cazadores vinieran a reclamarlo. El pequeño hijo de Gwineeboo había visto todo desde la orilla.

En un arroyo, dos mujeres cubren apuradas un bulto con plantas acuáticas mientras un niño las observa desde la orilla.

Las mujeres recogieron sus moluscos y empezaron a volver. Entonces aparecieron Quarrian y Gidgereegah, siguiendo las huellas del canguro.

—¿Lo vieron pasar?

—No vimos ninguno. Estábamos juntando esto. Vengan al campamento y les daremos de comer.

Dos jóvenes con lanzas señalan huellas que terminan en el agua; las mujeres, con bolsas de moluscos, niegan haber visto nada.

Los jóvenes las siguieron, todavía extrañados porque el rastro terminaba allí. Cuando la comida estuvo lista, se sentaron con ellas. Pero el niño no quería moluscos.

—Gwineeboo, Gwineeboo, quiero canguro —repetía.

Quarrian dijo que el chico debía haberlo visto. La madre respondió que pedía cualquier cosa que se le ocurriera. El niño siguió insistiendo.

Junto al fuego, el niño tira del brazo de su madre y señala el arroyo; los dos jóvenes se miran con sospecha.

Goomai se enfureció porque despertaba las sospechas de los visitantes. Le pegó en la boca con tanta fuerza que empezó a sangrar. La sangre le bajó por el pecho y lo tiñó de rojo.

Gwineeboo golpeó a Goomai por haber lastimado a su hijo. Goomai le devolvió el golpe. Entre la pelea, los gritos y el llanto, los cazadores aprovecharon para alejarse sin ruido. Decidieron esconderse y volver más tarde.

Cuando las mujeres los vieron desaparecer, dejaron de pelear. Esperaron un rato para asegurarse y fueron a sacar el canguro del arroyo. Estaban preparando un gran fuego cuando regresaron los jóvenes.

—¡Tenían nuestra presa todo este tiempo!

—Nosotras la matamos.

—Nosotros la perseguimos hasta aquí.

Tomaron el canguro, lo arrastraron a cierta distancia y lo cocinaron. Las dos mujeres y el niño se acercaron a pedir una parte. Los hombres no quisieron darles nada, ni siquiera ante el llanto del chico. Dijeron que preferían tirar lo que sobrara a los halcones.

Los dos jóvenes, sentados junto a su fuego, rechazan a las mujeres, que piden con las manos abiertas; el niño llora abrazado a su madre.

Las mujeres se retiraron. Construyeron un refugio grande, se encerraron con el niño y empezaron a cantar para llamar una tormenta que destruyera a quienes ahora consideraban sus enemigos:

«Moogaray, Moogaray, May, May, Eehu, Eehu, Doongarah».

En la versión conservada, el canto llama al granizo, al viento, a la lluvia y al relámpago. Empezaban despacio y en voz baja, y aceleraban hasta casi gritar. El niño seguía llorando.

Cayeron gotas enormes. Llegó un viento fuerte, después más lluvia, truenos y relámpagos. El aire se volvió helado. Granizos mayores que huevos de pato arrancaban hojas y golpeaban la corteza de los árboles.

Quarrian y Gidgereegah corrieron al refugio y pidieron entrar.

—No hubo carne para nosotros; no habrá techo para ustedes —gritó Gwineeboo—. Pídanles refugio a los halcones.

Desde dentro de un refugio de corteza, Gwineeboo les grita a los dos jóvenes que piden entrar bajo el granizo; Goomai canta con el niño en brazos.

Prometieron cazar muchos canguros para ellas, pero las mujeres no cedieron. Dijeron que quienes no habían escuchado el llanto de un chico merecían perecer. Y siguieron cantando, mientras la tormenta crecía.

Los jóvenes habrían muerto si no se hubieran convertido en aves. Después se transformaron en estrellas. Allí permanecen, Quarrian y Gidgereegah, con el canguro entre los dos y los mismos nombres que llevaban en la tierra.

Un cielo nocturno despejado sobre la llanura húmeda, con dos estrellas brillantes y entre ellas un grupo de estrellas con forma de canguro.
Fin

¿Una historia para recordar?

Puedes volver siempre que quieras.

¿Seguimos con otra?

Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

La discusión cambia varias veces: primero se oculta la comida, después se pelea por quién puede quedársela y al final se niega refugio. Podemos mirar qué necesita cada persona en cada momento. El niño dice lo que quiere, pero los adultos deciden cómo tratarlo; su llanto no lo vuelve responsable de la pelea.

  • ¿Qué podrían haber conversado quienes persiguieron al canguro y quienes lo mataron?
  • ¿Qué cambia cuando la necesidad deja de ser comida y pasa a ser protección de la tormenta?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La disputa enfrenta dos fundamentos de apropiación, perseguir y matar, sin que el relato los concilie. El golpe al niño introduce una violencia interna entre las mujeres antes de que se unan contra los cazadores. La fórmula comida por refugio vuelve proporcional el lenguaje de la revancha, aunque la consecuencia buscada sea mucho mayor. La transformación evita la muerte y traslada al cielo el conjunto aún disputado.

Preferencias de lectura

Tamaño de texto
21 px

¿Qué quieres leer?

Escribe al menos 2 caracteres.