Dos estudiantes encuentran a dos jóvenes junto a una cueva entre durazneros en flor.

Tradiciones de China · Leyenda

Los dos estudiantes

Una tarde que duró setenta años

6 min de lectura12+ años · edad orientativa
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Liu Chen y Yuan Zhao salieron una mañana de primavera a recoger hierbas medicinales en las montañas de Tiantai. Mientras buscaban entre las piedras, encontraron un valle lleno de durazneros en flor. En el centro había una cueva, y junto a la entrada esperaban dos jóvenes: una vestida de rojo y otra de verde.

—¡Al fin llegaron! —dijeron, como si los conocieran desde siempre.

Los invitaron a entrar y les sirvieron té y vino. La joven de rojo anunció que estaba destinada a unirse con Liu; su hermana, con Yuan. Los dos estudiantes se casaron con ellas y se quedaron en aquel lugar apartado.

Pasaban los días mirando las flores y jugando al ajedrez. A veces los durazneros se cubrían de pétalos; otras veces los pétalos caían. El aire se volvía frío o cálido y había que cambiar de ropa, pero ninguno de los dos llevaba cuenta de las estaciones. El mundo del que habían venido empezó a parecerles lejano.

Bajo los durazneros, dos jóvenes juegan al ajedrez chino sobre una roca mientras dos muchachas, una de rojo y otra de verde, sirven té; unas ramas florecen y otras pierden sus pétalos.

Hasta que un día sintieron ganas de volver a casa. No necesitaron decir mucho. Las jóvenes comprendieron lo que les pasaba.

—Si extrañan su hogar, no podemos retenerlos —les dijeron.

Prepararon una comida de despedida y les entregaron vino encantado para el viaje. Antes de separarse prometieron que volverían a verse. Los estudiantes partieron con lágrimas en los ojos, siguiendo el camino de regreso.

En la entrada de una cueva entre durazneros en flor, una joven de rojo entrega una calabaza con vino a un estudiante; ambos lloran, y a su lado la joven de verde sostiene la manga del otro.

Pero al llegar al pueblo no reconocieron las puertas ni las casas. La gente se acercaba a preguntarles quiénes eran.

—Somos Liu Chen y Yuan Zhao. Hace unos días salimos a buscar hierbas.

Un viejo servidor miró largamente a Liu. Después cayó a sus pies, lleno de alegría.

—¡Es usted! Desde que se fue pasaron más de setenta años. Nunca supimos qué había ocurrido.

Lo condujo a una casa con un gran portón. Allí salió a recibirlo una anciana de pelo blanco, apoyada en un bastón. Era la esposa que Liu había dejado en el pueblo antes de entrar en la montaña. Tenía casi cien años.

Ella lo reconoció y lloró de alegría y tristeza a la vez.

Ante un gran portón, una anciana de pelo blanco apoyada en un bastón toca llorando el rostro de un joven que la mira atónito; un viejo servidor arrodillado sonríe a su lado.

—Pensé que no volveríamos a vernos en esta vida.

Cuando Liu había partido, su hijo era apenas un chico. Ahora tenía ochenta años y ya se había retirado de su trabajo. Había nietos, bisnietos, tataranietos y bebés en brazos. La esposa fue presentándoselos uno a uno. Los que vivían lejos regresaron al enterarse, y la casa se llenó de pasos y de voces.

Liu ofreció un banquete. Se sentó junto a su esposa, rodeado de cinco generaciones. Él conservaba el aspecto de un muchacho de veinte años. Algunos jóvenes lo miraban y se reían, sorprendidos por aquel antepasado que parecía menor que ellos.

Entonces sacó el vino de la montaña.

—Traje algo que puede devolver la juventud.

Su esposa bebió y recuperó el pelo oscuro y el rostro de sus primeros años. El hijo y los nietos mayores pidieron probar también: bastaba una gota para que volvieran a ser jóvenes.

En un salón iluminado con faroles, una mujer que acaba de rejuvenecer mira asombrada sus manos con una copa; a su lado sonríe Liu, y alrededor la familia de cinco generaciones reacciona con sorpresa.

La noticia llegó al emperador, que invitó a Liu a la corte. Liu agradeció, pero prefirió quedarse con su familia. Le envió, eso sí, un poco del vino. En respuesta recibió una placa que celebraba la casa de las cinco generaciones y una inscripción imperial dedicada a la alegría de una vida larga.

A Yuan le había ocurrido algo muy distinto. Su esposa y su hijo ya habían muerto. Entre los descendientes encontró personas cuyas vidas desaprobaba y no consiguió sentirse en casa. Al poco tiempo regresó solo a las montañas.

Un joven de túnica clara sube solo por un sendero de piedra hacia montañas brumosas; abajo queda el pueblo y adelante se adivina el brillo rosado de los durazneros.

Liu permaneció algunos años con su familia. Después partió también hacia Tiantai, esta vez acompañado por su esposa del pueblo. Nadie volvió a verlos.

Fin

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Con chicos

Para los estudiantes pasó poco tiempo; para sus familias pasó casi una vida entera. La escena del banquete reúne esas dos medidas en una misma mesa. Puedes imaginar qué pregunta haría cada generación al recién llegado y qué historias tendría para contarle. El vino cambia los cuerpos, pero no borra todo lo que ocurrió durante la ausencia.

  • ¿Qué cosas cambiaron en la casa que Liu no podía imaginar desde la montaña?
  • ¿Qué diferencia hay entre volver a ser joven y recuperar los años que no se compartieron?
  • ¿Por qué los dos amigos no viven el regreso de la misma manera?

Una mirada adulta

El tiempo maravilloso produce una asimetría afectiva: quien regresa recuerda una salida breve, mientras otros vivieron décadas sin noticias. El rejuvenecimiento ofrece una reparación fantástica y parcial; la vida familiar ya sucedió. El relato también deja sin resolver la convivencia entre los matrimonios de la montaña y los del pueblo. Las mujeres del valle comprenden la nostalgia de los viajeros; las del pueblo han atravesado la espera. El final desigual de los amigos impide reducir el regreso a una recompensa uniforme.

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