Un sacristán con la túnica prestada responde las preguntas del rey en el palacio.

Tradición noruega, recopilada por Peter Christen Asbjørnsen y traducida al inglés por George Webbe Dasent · Cuento tradicional

Las tres preguntas del rey

Un sacristán bajo otra capucha

3 min de lectura8+ años · edad orientativa
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Había un cura que, cada vez que iba por el camino en su carruaje, gritaba desde lejos:

—¡Apártense! ¡Apártense, que viene el cura!

Los demás tenían que correr a un costado para dejarlo pasar. Pero un día se cruzó con el rey. El cura dio sus gritos de siempre y el carruaje real siguió avanzando. Esta vez tuvo que apartarse él.

En un camino junto al fiordo, el cura grita de pie en su carruaje mientras debe apartarse ante el carruaje dorado del rey.

Cuando quedaron a la misma altura, el rey lo llamó.

—Mañana vas a venir al palacio. Te haré tres preguntas. Si no sabes responderlas, perderás tu cargo por esa soberbia.

El cura sabía alzar la voz y dar órdenes, pero no se tenía ninguna confianza para resolver preguntas. Fue a ver a su sacristán, de quien decían que llevaba mejor los asuntos de la iglesia que él mismo.

—Un solo tonto puede preguntar más de lo que diez sabios saben contestar —se quejó.

Después de hablar un rato, consiguió que el sacristán fuera en su lugar.

En una cabaña de troncos, el cura suplica tomando las manos del sacristán, que lo escucha con media sonrisa.

A la mañana siguiente, el sustituto se puso la túnica y la capucha del cura y llegó al palacio. El rey lo recibió con la corona y el cetro, rodeado de brillos.

—Bien. Primera pregunta: ¿qué distancia hay del este al oeste?

—Un día de viaje.

—¿Cómo lo sabes?

—El sol sale por el este y se pone por el oeste. Hace todo ese camino en un día.

El rey aceptó la respuesta y pasó a la segunda.

—¿Cuánto crees que valgo, tal como me ves aquí?

El sacristán miró la corona y el cetro.

—Por nuestro Señor pagaron treinta monedas de plata. No podría ponerte a ti un precio mayor que veintinueve.

—Muy bien —dijo el rey—. Entonces dime qué estoy pensando ahora.

—Estás pensando que tienes al cura delante. Pero te equivocas: soy el sacristán.

El rey lo observó un momento y dio por terminada la prueba.

—Vuelve a casa. Desde hoy, tú vas a ser el cura y él será el sacristán.

Y así quedó dispuesto: el hombre que había ido prestado dentro de aquella túnica volvió con el cargo que su dueño no había sabido defender.

Frente a la iglesia, el antiguo sacristán con ropa de cura saluda a los vecinos mientras el antiguo cura, con escoba y llaves, lo mira enfurruñado.
Fin

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Con chicos

La última pregunta parece imposible: saber qué piensa otra persona. El sacristán puede responder porque conoce algo que el rey ignora. La ropa hizo posible esa confusión desde que entró al palacio.

  • ¿Qué información guarda el sacristán hasta la tercera respuesta?
  • ¿Por qué su respuesta sobre el este y el oeste funciona como un juego?

Una mirada adulta

Las respuestas desplazan la autoridad desde el volumen de la voz y la vestimenta hacia la agilidad verbal. La segunda limita simbólicamente la grandeza del rey mediante una referencia religiosa compartida. El intercambio de cargos pertenece al orden reparador del cuento, no a una descripción institucional.

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