Una yaguareté vivía en una sierra y bajaba cuando quería cazar. Un día encontró a un buey y tuvo ganas de atacarlo por sorpresa. Para acercarse, empezó a conversar.
—Compadre, tú que conoces el monte, ¿viste a un compañero tuyo que vivía por aquí? Era amigo mío y hace días que no lo encuentro.
—Ayer estuvimos juntos en el bebedero —respondió el buey—. Seguro me está esperando. Si quieres, vamos.
La yaguareté desconfió.
—Ahí no voy. Tengo hambre, no hay carneros para cazar y además vive cerca un enemigo mío.
—¿Quién?
—Un labrador con cara de poder matar treinta yaguaretés. ¿Qué quedaría de mí? Y por ahí no hay árboles donde refugiarme.
—Si tienes miedo, será porque hiciste algo —dijo el buey—. Quien nada debe, nada teme.
La yaguareté le recordó una ocasión en que había atrapado a un ternero. Tres perros salieron tras ella; uno ladraba tanto que casi la aturdía. Solo pudo descansar cuando trepó a un árbol. Intentaba alcanzarlos con las garras, pero los perros retrocedían y no se dejaban atrapar.
—Entonces solo eres valiente donde hay árboles —replicó el buey—. Vamos hacia el claro.
—Me estás llevando demasiado lejos del monte. Parece que desconfías de mí.
Mientras hablaban, ella buscaba acercarse a los árboles y él prefería el terreno abierto. Finalmente se alejaron cada uno por su lado, todavía desconfiando del otro.



