Un galápago toca una guitarrita junto al árbol para recordar el nombre de la fruta.

Brasil · Sergipe · Sílvio Romero (1885) · Cuento tradicional

El galápago y el nombre de la fruta

Cuentos de la colección de Sílvio Romero

3 min de lectura14+ años · edad orientativa
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En el monte crecía una fruta que todos los animales querían probar. Pero había una condición: nadie podía comerla sin saber antes su nombre.

Una mujer que vivía cerca del árbol lo conocía. Los animales iban a preguntarle y salían repitiéndolo. Sin embargo, al llegar al árbol ya lo habían olvidado.

No era simple mala memoria. Cuando cada visitante se alejaba, la mujer lo llamaba a gritos:

—¡Amigo, ese no es el nombre!

Y decía otros, hasta confundirlo por completo.

Desde la puerta de su casa de barro, una mujer grita sonriente mientras un coatí se detiene en el camino, confundido.

Solo faltaba probar al galápago. Fueron a buscarlo entre burlas: si los demás habían fallado, ¿cómo iba a lograrlo él? El galápago salió llevando una guitarrita.

—¿Cómo se llama la fruta? —preguntó al llegar.

—Boyoyó-boyoyó-quizama-quizú —respondió la mujer.

El galápago empezó a tocar y cantar aquel nombre. Ella gritó otras palabras, pero él siguió con su canción hasta el árbol. Había conseguido recordar lo que todos olvidaban.

Allí lo esperaba una yaguareté.

—Tú no puedes trepar. Deja que suba yo a recoger la fruta y después me das una parte como pago.

El galápago aceptó. Pero ella llenó su saco y se fue sin darle nada. Él la siguió, furioso. Cuando llegaron a un río, le hizo una propuesta:

En lo alto del árbol, una yaguareté llena un saco de frutas mientras abajo el galápago estira el cuello y espera.

—Dame el saco. Yo nado mejor y puedo llevarlo hasta la otra orilla. Después cruzas tú.

La yaguareté aceptó. Apenas llegó al otro lado, el galápago desapareció con toda la fruta.

El galápago cruza el río con el saco de frutas sobre el caparazón mientras, en la orilla, la yaguareté se queda boquiabierta.

Ella decidió matarlo. Al enterarse, él se escondió debajo de una gran raíz, en el lugar donde su enemiga acostumbraba descansar. Cuando llegó, la yaguareté empezó a llamarlo.

—¡Amigo Galápago!

—¡Aquí! —respondió una voz muy cerca.

Ella miró a ambos lados y no vio a nadie. Volvió a llamar; volvió a oír la respuesta. Asustada, llegó a creer que le contestaba su propio trasero.

—¡Cállate! —le ordenó.

Bajo una gran raíz, la yaguareté se da vuelta para regañar a su propia cola mientras el galápago asoma escondido detrás de ella.

Pero cada vez que llamaba al galápago, la voz respondía. Pasó un mono y la yaguareté le contó que su trasero no la obedecía. Le pidió que lo castigara a azotes.

El mono la golpeó tanto que terminó matándola. Solo entonces el galápago quedó satisfecho.

Fin

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Con chicos

El galápago resuelve un problema de memoria con una canción. Después usa otras habilidades para engañar y vengarse. Que tenga ingenio no vuelve justo todo lo que hace.

  • ¿Cómo lo ayuda la música cuando la mujer intenta confundirlo?
  • ¿En qué momento la disputa deja de tratarse solamente de la fruta?

Una mirada adulta

La primera victoria podría cerrar un cuento sobre memoria, pero esta versión continúa hacia apropiación y represalia mortal. El absurdo corporal vuelve cómico un error de percepción cuyas consecuencias no lo son. Conservar esa segunda mitad evita reemplazar el relato por una fábula amable distinta.

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