Una joven vendedora contempla la luz de un fósforo en una calle nevada.

Hans Christian Andersen · Dinamarca · Cuento de autor

La pequeña vendedora de fósforos

Hans Christian Andersen · Adaptación

5 min de lectura12+ años · edad orientativa
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Era la última noche del año. Nevaba, y el viento doblaba por las esquinas como si también tuviera apuro por llegar a casa. Una chica caminaba sola con un puñado de cajitas de fósforos. Nadie le había comprado nada en todo el día.

Había salido con unas pantuflas demasiado grandes, que antes habían sido de su madre. Al cruzar la calle tuvo que apartarse de dos carruajes y las perdió. Una desapareció entre las ruedas; un chico se llevó la otra, diciendo que le serviría de cuna cuando tuviera hijos. Ahora la nieve le mojaba los pies desnudos.

En una calle nevada, la chica salta hacia atrás para esquivar dos carruajes mientras un chico se lleva una de sus zapatillas.

Las luces de las casas dibujaban rectángulos amarillos sobre la calle. Detrás de algunas ventanas se veía una mesa preparada. El olor a comida caliente llegaba hasta la acera. La chica tenía hambre, pero todavía gritaba de tanto en tanto:

—¿Fósforos? ¿Quién compra fósforos?

Al fin se sentó en un hueco entre dos edificios y recogió las piernas contra el cuerpo. No se animaba a volver sin dinero. Su padre se enojaría y podía pegarle. Además, en la casa también hacía frío: el viento entraba por los agujeros del techo, aunque los hubieran tapado con trapos y paja.

Tenía los dedos tan duros que apenas podía doblarlos. Un solo fósforo, pensó, le daría un poco de calor. Sacó uno y lo raspó contra la pared.

La llama apareció de golpe, pequeña y clara. La chica puso la mano alrededor. Le pareció estar sentada delante de una estufa enorme, con herrajes de bronce y una puerta por la que brillaban las brasas. Extendió los pies para calentarlos.

Sentada en un rincón, la chica mira la llama de un fósforo y ve una gran estufa luminosa delante de sus pies.

El fósforo se apagó. La estufa desapareció. Entre los dedos le quedó una varillita negra.

Encendió otro. Esta vez la pared se volvió transparente. Del otro lado había una mesa cubierta por un mantel blanco y, sobre ella, un ganso asado. El ganso bajó de la fuente y caminó hacia ella, todavía con el cuchillo y el tenedor en el lomo, como si hasta la comida quisiera acercarse.

A través de la pared transparente, un ganso asado baja de la mesa y camina hacia la chica.

La llama murió. Volvieron la pared fría y la noche.

Encendió un tercer fósforo. Ahora estaba bajo un árbol de Navidad, más grande y luminoso que cualquiera que hubiera visto. Miles de velitas brillaban entre las ramas. La chica levantó las manos. Las luces subieron, se alejaron y se convirtieron en estrellas.

Una de ellas cruzó el cielo dejando una raya de fuego.

—Alguien está muriendo —susurró.

Su abuela le había dicho una vez que, cuando caía una estrella, un alma subía hacia Dios. La abuela había muerto. Era la única persona que la había tratado siempre con ternura.

Encendió otro fósforo. Y allí estaba ella, en el resplandor: su abuela, serena, con los brazos abiertos.

En la luz de un fósforo aparece la abuela con los brazos abiertos y la chica se estira hacia ella llorando de alegría.

—¡Abuela! —dijo la chica—. Llévame contigo. Cuando se apague el fósforo, vas a desaparecer como la estufa, la comida y el árbol.

Para retenerla, encendió todos los fósforos que quedaban en el manojo. Hubo tanta luz que la pared pareció abrirse de verdad. En aquella claridad, la abuela la levantó. La chica sintió que ya no había frío ni hambre ni miedo. Juntas subieron, en su visión, hacia un lugar donde nada podía hacerle daño.

La abuela sostiene a la chica en brazos y ambas suben, rodeadas de luz, por encima de los techos nevados.

A la mañana siguiente, la encontraron sentada en el rincón. Había muerto de frío durante la noche. En sus manos estaban los fósforos consumidos.

—Quiso calentarse —dijo alguien.

La gente que pasó aquella mañana de Año Nuevo pudo ver las cajitas vacías y el cuerpo inmóvil. No pudo ver la estufa, ni el árbol, ni los brazos de la abuela que la chica había encontrado en la luz.

Por la mañana, varias personas de espaldas se reúnen en silencio frente a un rincón nevado; en la nieve hay cajitas de fósforos vacías.
Fin

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Con chicos

Cada fósforo muestra algo que a la chica le falta: calor, comida, una celebración y el abrazo de su abuela. Esas imágenes pueden conmover, pero la mañana trae un hecho que no desaparece: la chica murió de frío. Podemos detenernos en la distancia entre lo que ella vive y lo que ven los demás. No hace falta encontrar una enseñanza tranquilizadora para hablar de un final así.

  • ¿Qué diferencias encuentras entre lo que ve la chica con cada llama y lo que ve la gente por la mañana?
  • ¿Qué momentos anteriores al final te hacen pensar en una ayuda que podría haber llegado?

Una mirada adulta

Las ventanas iluminadas separan la abundancia doméstica del cuerpo que queda a la intemperie. Cada fósforo abre por un instante esa frontera: ofrece calor, alimento y, por último, la presencia de quien supo querer a la chica. La visión de la abuela reúne ternura y amparo religioso, pero el relato conserva a la vez el hecho irreparable de la muerte por frío. Ese consuelo no absuelve a la ciudad ni vuelve deseable el desenlace. Tampoco la casa promete refugio, atravesada por la pobreza y el miedo al padre. Los transeúntes ven los fósforos consumidos; el lector conoce una vida interior que para ellos ha permanecido invisible.

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